La noche comenzó a caer en la ciudad y el tráfico común de la hora de la salida de las oficinas era intenso. Mientras conducía mi auto comencé a recordar la primera vez que supe de “El Lago de los Cisnes” y esto fue en mi infancia. Cuando era una niña y mi mamá me mandaba a clases de baile. Las niñas de la clase de a lado ensayaban todo el tiempo el famoso Opus 20/ Acto 2 – No.10 Scène (Moderato) de la obra de Tchaikovsky una y otra vez. Siempre quise bailarlo, pero por alguna extraña razón no me tocó.

El tránsito por fin se liberó y fue así como llegué a la puerta Gandhí del bosque de Chapultepec, justo frente al museo Tamayo, sobre Paseo de la Reforma. Después de encontrar un lugar para dejar mi auto, comencé a caminar hacia el lago menor del bosque, las luces de colores ya se veían y la emoción de los más pequeños se notaba.

Frente a mi caminaba una familia con una niña que llevaba puesto un traje de princesa en color morado:

—¿Verdad que yo también he bailado El Lago de los Cisnes?, ¿verdad que yo también soy una princesa? —dijo la pequeña su mamá casi gritando de emoción.

Y mientras más me acercaba a la zona de entrada del espectáculo, noté que pese a que muchos creen que el ballet es exclusivo de algunos círculos sociales, la realidad es que, al menos en esta obra, que se presentará hasta el 29 de marzo, no es así.

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No era la primera vez que me tocaba cubrir un evento de la Compañía Nacional de Danza, de hecho, es una fuente a la que acudo recurrentemente, pero en esta ocasión era distinto. Días antes la directora, Laura Morelos, me había contado que el espectáculo había cambiado mucho, que tenían sorpresas y yo iba con toda la emoción de verlos. En efecto, el escenario ahora es mucho más grande que años en anteriores, lo interesante de esta puesta en escena es que además de ver un gran espectáculo, está adornado y acompañado de la naturaleza de uno de los pulmones de la ciudad.

Primera llamada….

En cuanto comienzan las “llamadas” la gente se entusiasma.

—¿Se prenderá todo el escenario? —Dice una señora muy emocionada.

Segunda llamada….

—Mira papá, se ve ahí una bailarina, ¿ya la viste? —dice una niña tratando de estirar todo su cuerpo para ver más.

Tercera llamada… comenzamos.

El castillo se ilumina y los gráficos mostrados en una serie de proyecciones nos hacen sentir en un salón de fiestas medieval. Y es así como aparece la corte del príncipe Sigfrido que baila en una fiesta donde la reina —madre del príncipe— le regala una ballesta. El chico decide ir de cacería al bosque con sus amigos sin imaginar que lo que encontraría en ese lugar le cambiaría la vida.

El clima es agradable, comienza a hacer calor por las mañanas y por las noches el fresco hace ver la función con más comodidad, y es que en está ocasión, además de la gran ejecución en la danza, se decidió jugar con la nueva tecnología al tener una mega pantalla en forma de castillo para hacer un maping (proyecciones diseñadas por computadora sobre una pantalla blanca), pirotecnia y luces LED por todo el lago.

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Cuando Sigfrido llega al lago se encuentra con Odette —la reina de los cisnes— acompañada de su corte y comienzan a bailar de forma sutil pero con mucha fuerza. Los giros y pies en punta son tan precisos que hace parecer que los pasos son sencillos.

Sigfrido queda totalmente cautivado con la delicadeza de Odette y la persigue por todo el bosque, se conocen y se enamoran, mientras que la corte de cisnes adorna el momento con una coreografía sincronizada. Los tutús en color blanco son tan vaporosos que en verdad sientes que ves a una parvada de cisnes nadando frente a ti. Lo que Sigfrido no sabe es que este bosque está hechizado: el brujo Von Rothbart ha lanzado un conjuro en contra de Odette al ver que el príncipe, en edad casadera, decide tomarla como esposa.

Odette queda transforma en cisne y Sigfrido, pensando que se trata de su amada reina de los cisnes, se enamora de Odile la hija del brujo . Y es así como se alejan del lago.

Los niños se quedan sin palabras, calladitos y totalmente atentos a lo que sucede. De pronto se escapan pequeños suspiros y las caras lo dicen todo, están asombrados por lo que sus ojos están percibiendo.
Nuevamente la reina ofrece un baile en su palacio. El motivo especial es que Sigfrido tiene que elegir a la joven que será su esposa y así pasa un grupo de chicas las cuales muestran lo mejor de sí para convencer al príncipe: que un coqueteo con el abanico, que una sonrisa, un pestañeo un arabesque. Pero éste ya eligió y se lo hace saber a su madre. De pronto el brujo llega a la fiesta acompañado de Odile, el Cisne Negro, y está hace su aparición de forma espectacular, con mucha fuerza y poder de seducción.

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Su vestuario es en color negro con franjas rojas, la actitud lo dice todo, ella está dispuesta a tener al príncipe y lo demuestra con cada movimiento de brazos.

El Lago de los Cisnes se hizo aún más popular desde 2010, cuando Darren Aronofsky lanzó al cine una versión distinta y retorcida de la obra, en la que Natalie Portman encarna a una bailarina un poco desequilibrada. De ese tiempo a la fecha el ver en la obra la ejecución del cisne negro siempre es algo que sorprende e impacta, puesto que la carga de maldad combinada con perfección asombra a todos los espectadores.

Odile embruja a todos en la corte y es que los giros y saltos que da en su “solo” impactan tanto a la reina como a Sigfrido, quien sigue hechizado. Es momento de darle a la dama un ramo de rosas blancas como símbolo de su compromiso. De pronto los recuerdos comienzan a llegar a él: esa no es la mujer que ama. En las pantallas aparece el Cisne Blanco en forma de un recuerdo o sueño, lo cual hace reaccionar al príncipe, quiendecide dejar a Odile para buscar a su amada Odette.

—¡Ella no es la verdadera! ¡Es la mala! —susurra una niña al ver que el príncipe está equivocado.

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Al llegar al bosque el hechizo se ha roto y Sigfrido ve al Cisne Blanco en forma de mujer.Es momento de celebrarlo bailando. El amor triunfó y el brujo se quedó con las ganas de ser parte de la familia real.

El espectáculo ha llegado a su gran final el castillo se vuelve a iluminar con todos los bailarines en escena —un aproximado de 70 personas— y la gente les aplaude totalmente emocionados. Cierra con broche de oro un pequeño bote en forma de cisne gigante que se mueve en las aguas del lago menor del bosque de Chapultepec.

Con una sonrisa me despido de Chapultepec confirmando mi amor por la danza y por los espectáculos mexicanos, los cuales compiten sin problema con los shows internacionales.

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