—No, no es el anticongelante. Es el ventilador que ya no funciona.

Dijo el mecánico que llegó a mi rescate aquella noche lluviosa cuando me quedé varada en Avenida Chivatitos rumbo a Polanco. Recuerdo que llegó en su moto azul y un uniforme que hacía juego con ella; a pesar de que en un principio dudé de sus buenas intenciones, respiré aliviada cuando vi que su credencial lo identificaba como mecánico del servicio vial gratuito de Telmex.
—Entonces, ¿ni intento arrancarlo? ¿No le podemos hacer nada? —Le pregunté con la esperanza de que con algún truco mágico-mecánico pudiera echar a andar mi pobre chevy humeante.
—Pues, la verdad no, porque ya está puenteado, ya debe de estar quemado. Creo que más bien hay que pedir una grúa. ¿Hasta dónde va?
—¡Uy! Hasta el sur, ahí por San Angel —Respondí con un dolor punzante en el codo, ya me estaba imaginando el costo de la grúa.
—¡Híjole! Le va a salir carito ¿Tiene el número de alguna o quiere que le pida una aquí en la radio?

Me puse un poco nerviosa ¿qué tal que este señor y el de la grúa está coludidos? ¿Qué tal que me están tratando de estafar? Vivimos en México, la paranoia es nuestra compañera. Según las estadísticas que presenta la Secretaría de Gobernación, la Procuraduría General de Justicia tiene registrados sólo en enero y febrero de este año, 2.609 denuncias de robo a transeúntes con violencia y 1.147 sin violencia en la Ciudad de México ¡3,756 denuncias en total sólo en los primeros meses del año! Sin contar los que no se han denunciado.

No me quedó de otra que confiar. Nuestro país es violento, pero sin duda siempre hay alguien dispuesto a ayudar. El hombre me pidió una grúa y se quedó conmigo hasta que llegó mi nuevo transporte.

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De la cabina del conductor bajó un hombre de estatura media, muy delgado, canoso, un tanto frágil, de mirada triste. Enganchó el coche con gran habilidad y lo subió a la plataforma en pocos minutos. El motociclista se despidió de mí con un fuerte apretón de mano. Me dijo que todo iba a estar bien, que con toda confianza me podía subir a la grúa con el chofer.

Acomodados en la cabina de la grúa el chofer me preguntó cómo irnos. Le di varias opciones para que eligiera pero me dejó la responsabilidad a mí. Como no se trataba de un taxi y la tarifa ya estaba establecida, le daba igual cuánto nos podríamos tardar en llegar.

Al ver el tráfico detenido en Circuito Interior le dije un poco apenada:
—Uff, espero haber elegido el mejor camino, aunque en esta ciudad ya nunca se sabe.
—Ya nunca se sabe señorita. Lo mejor es ir tranquilo, porque en serio ya está de locos. Por ejemplo, mire ese ciclista, a pesar de que ya tiene un carril, ahí va como loco atravesándose por todos los carriles y si uno le reclama se ponen muy mal. Y es que además todo está mal planeado, ese carril de ciclistas es un absurdo en algunas avenidas. Yo mejor voy tranquilo.
—Usted que anda todo el día en el tráfico debe ser desesperante de pronto, tiene un trabajo difícil, me parece.
—Tsss sí, es difícil, he visto más muertos en este trabajo que cuando era policía. Me han tocado accidentes muy feos. Y no sabe, la gente es bien intolerante. Hay veces que tengo que acomodar la grúa para subir un coche en calles o avenidas muy pequeñas y la verdad es que uno sí estorba, pero pues hay que retirarlo ¿no? Y los automovilistas en lugar de entender, ahí están recordándole su mamá a uno. No entienden que si me dejan hacer rápido mi trabajo hasta les estoy ayudando, imagínese si no quitáramos los coches accidentados, se haría más tráfico que el que hace uno cuando se está maniobrando. Yo me armo de paciencia, pero no se crea, a mí no me gusta que abusen de mí. Y si no me queda de otra y me tengo que defender, pues me defiendo. El otro día me bajé cuando un señor me reclamó, se puso muy mal señorita. Me bajé, me quité la camisa y le dije “¡órale va! Ya, arreglemos esto” Y ya cuando vio que iba enserio, se calmó, se dio la media vuelta y se fue. Trato de ir calmado, en serio. Cuando veo que la cosa está muy difícil, mejor prendo un cigarro. No tengo otro vicio más que ese, es el que me ayuda a aguantar.

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El chofer hizo un silencio y volvió a ser la persona tímida que vi cuando llegó por mí. Se quedó mirando al horizonte, pensativo. La altura de la grúa nos permitía ver sobre los demás coches, así que podíamos apreciar la horda de automóviles y sus luces a nuestro al rededor, íbamos a tardar en llegar a nuestro destino. El hombre suspiró y retomó la conversación:

—A veces quisiera saber cómo es en otras ciudades. Me ha tocado llevar extranjeros, un alemán por ejemplo, que hasta me invitó a su país, me dijo: “cuando quieras te invito para que conozcas, no vas a tener que pagar nada”. Y sí me hubiera gustado ir, pero pues ya no soy solo. Tengo que cuidar a mi hijo, tengo que ver por él desde que su mamá nos dejó.
—¿Es muy chiquito su hijo?
—No, ya es un joven, ya va a la secundaria, pero pues también por eso no lo puedo dejar mucho. Ya quisiera yo poderme ir de viaje.
—¿Y qué tal se porta? ¿Es buen chico?
—Sí es bien portado la verdad, no me da problemas, está en la edad en la que quiere estudiar todo, ahorita está conque quiere ser DJ, como ve mi equipo de cuando yo iba a los bailes, pues ya también quiere. Yo le digo que puede ser lo quiera siempre y cuando le eche ganas. Es tranquilo como yo, aunque también tiene su carácter, tampoco le gusta que abusen de él. Hace no mucho estaba en la casa cuando un vecino me vino a avisar que mi hijo andaba en pleito y que corro a ver en qué andaba y pues se iba a garrar con el papá de una chamaca. El señor ese andaba diciendo que mi hijo había embarazado a su hija y ya le estaban echando bronca y pues no, mi hijo no tenía nada que ver con esa niña. Como no le gustó que le anduvieran inventando cosas, agarró mi pistola de cuando era policía y se fue a defender. Yo la verdad salí al quite, eso sí, le arrebaté la pistola y ya después le dije a ese señor: “¡De aquí alguien no va a salir vivo y le aseguro que no voy a ser yo y menos mi hijo así que mejor te tranquilizas y dejamos así las cosas!” Y sí señorita, ahí acabó la cosa.

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Miraba atónita al chofer, me costaba trabajo imaginarlo en una situación así, era difícil pensar a ese hombre de voz y físico frágil amenazando con tanto coraje y determinación a alguien.

—¿Entonces era policía?
—Sí señorita, varios años. Pero lo dejé porque la verdad ya no me convenía.Le digo que ahora ya tengo que hacerme cargo de mi hijo y la labor de policía tiene muchos riesgos, y es un ambiente muy pesado. Y la paga por todo eso no vale la pena, ahí está uno arriesgando la vida y para qué. Mire, una vez estuve en un asalto y perseguimos a los ladrones y me tocó echar tiros y sí le di a uno. Cuando regresamos al cuartel yo pensé que nos iban a felicitar y así, pero no, igual nos hicieron pagar cada uno de los casquillos disparados. ¡Imagínese! Así uno no puede hacer bien la chamba. Ya la piensa uno dos veces antes de hacer las cosas.

En el estudio “Las debilidades de la Fuerza Pública de la Ciudad de México” escrito por la Antropóloga y Psicoanalista Elena Azaola, investigadora del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social, se recabaron testimonios de 250 policías. Se menciona que la mayoría de ellos expresan inconformidad porque no se les proporciona el equipo que requieren, ni uniformes, o porque los que se les da son insuficientes y de mala calidad. Uno de los testimonios menciona que son ellos mismos los que compran lámparas, pilas, todo lo necesario para “entrar a un callejón” Otro menciona que los delincuentes portan mejores armas y que se tiene que pagar diez pesos por cada casquillo percutido.

En el 2016 en Animal Político se publicó el reportaje: “¿Por qué los delitos quedan impunes en la CDMX? Policías narran qué pasa en el MP” Ahí se menciona que un policía de investigación gana entre 12 y 17 mil pesos mensuales, pero que se les hace una serie de descuentos para solventar gastos que van desde material de oficina, hasta pagos de licencias de conducir o multas que suceden cuando se pasan un alto durante una persecución. También se narra que sólo se les da treinta balas al año y pagan una renta de 800 pesos mensuales para dos equipos celulares con internet.
Como dice el chofer de la grúa, ser policía es arriesgado y no conviene.

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—Pero no se crea, sí he visto cosas feas pero también hay cosas bonitas. Me acuerdo de mi tiempo en la policía montada que me tocaba cuidar a los caballos. Y cuando quería un dinerito extra me iba a limpiar las suciedades de los animalitos. Ahí me tocaban unos cuarenta, cincuenta pesos extra. Claro que nuestro jefe se llevaba bastante más, hasta un fajo se llevaba. También aprendí a hacer rescate en helicóptero y con una compañera hicimos buenos trucos en los caballos.
— Entonces ¿Sólo dejó la policía por su hijo?
—No, una vez vi la madriza que le pusieron a un chavo. Yo entré al baño sin darme cuenta que en el cuarto de a lado lo estaban golpeando. No sabe cómo lo tenían, muy mal, muy mal. Cuando uno de mis compañeros me vio se me abalanzó para preguntarme qué había visto y me sacó la pistola para amenazarme. Ya como pude lo calmé. Fue ahí cuando decidí que eso ya no era para mí. Y aquí estoy ahora de gruero.
—Con razón ya el tráfico se lo toma con calma, definitivamente ahora lleva una vida más tranquila ¿no?
—Pues ni tanto, la verdad. Hace unos años me tocó pasar por un señor que tenía que llevar su camioneta hasta Toluca. Venía con sus escoltas pero les dio la orden de irse. Ahí íbamos bien tranquilos en la carretera cuando me percaté que nos venía siguiendo un coche. Los iba mirando por el retrovisor y le pregunté al señor si sus escoltas al final nos habían acompañado. Él se puso muy nervioso y del susto se tiró al suelo de ahí de donde está usted señorita. Yo la verdad me di cuenta de que si no me ponía abusado nos iban a matar a los dos, ¿usted cree que a mí me iban a dejar vivo? Así que le pregunté al señor “¿Me da permiso para proceder?” Y él me dijo “¿Traes con qué?” Y pues sí, esa tarde pensaba vender uno de los recuerditos que me había guardado de la policía, y por eso la traía escondida entre el respaldo y el asiento. Así que le dije: “Sí jefe traigo con qué ¿Procedo? Y me dio la autorización y me dijo que él se hacía responsable de lo que pudiera pasar. Así que cuando se nos emparejó el coche yo disparé. Ya nada más vi cómo se salían del camino y cómo se volteaba el coche. No supe más hasta que llegamos a Toluca. Los escoltas cuando llegaron nos dijeron que sí se había muerto uno.
—Pero ¿Qué pasó? ¿No lo acusaron? ¿No se metió en problemas usted?
—Afortunadamente no, imagínese, como esa gente es poderosa logró que los escoltas se hicieran responsables de todo y no pasó a mayores para mí. El señor ya hasta me quería contratar, estaba sorprendido que no dudé, que no me tembló la mano para disparar. Cómo me iba a temblar si para eso me entrenaron.

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Una vez más el silencio nos acompañó. Ya no quería hacerle más preguntas sobre sus experiencias policiacas. Cohibe saber que se está en compañía de alguien que ha matado. Así que cambié la plática.

—Oiga, entonces ¿Le gusta bailar? ¿A qué tipos de baile va?
—Sí, si me gusta. Hace mucho me iba a las fiestas de los sonideros. Sobre todo ahí en Neza o en Tepito con los del sonido La Changa ¿Sí los ubica? Pero pues ya no es lo mismo. Antes sí se iba a bailar. Hacíamos coreografías bien bonitas. Hasta los gays hacían unos bailes increíbles, me gustaba mucho verlos. Ahora el ambiente ya no me gusta. Las muchachas en lugar de ir a divertirse se van a tomar. Un día fui a un baile en Tacubaya y no, las chavas bien borrachas y hasta metiéndose otras cosas. Entonces así no se me antoja ir.
—¿Pero le está enseñando a su hijo a mezclar?
—Pues sí, poco a poco me he hecho de mi equipo. Algunas cosas me las han vendido unos amigos. Un día de ellos me habló para decirme: “Filiberto, ahí tengo unos metros de cable, te los dejo a 100 pesos” y ya lo fui a ver y sí estaban buenos, u otro que en la basura encontró unas bocinas buenas e igual me las dejó muy baratas, y así, poco a poco. Ahora además mi hijo conecta su computadora para poner su música.

Platicamos un rato más de otros temas, de lo aburrido que puede ser el trabajo de ‘gruero’ cuando no hay muchas llamadas de rescate como la mía. Cuenta que las noches se hacen muy largas porque el aburrimiento apremia ya que no se puede dormir y no se puede mover de su lugar por si alguien llama.

Cuando llegamos hizo gala de sus maniobras, logró acomodar mi coche frente a la casa ubicada en una calle estrecha. Afortunadamente no hubo automovilistas ansiosos por avanzar, nadie tocó el claxon, lo dejaron trabajar en paz. Le agradecí mucho la ayuda y a cambio él me agradeció la plática, dice que ya a nadie le gusta charlar y menos escuchar.

Antes de entrar volteé a ver al chofer para despedirme una vez más. Él no me vio porque estaba recargado sobre la puerta de su grúa, encendiendo un cigarro.

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