—¿Onta…? No la veo —una traviesa risa escapa de la mente al abdomen.

—¿Onta? —vuelve a repetir Javier, presidente de la Liga de Fútbol para Ciegos y Débiles Visuales “Ignacio Trigueros”. La Liga toma el nombre de la Escuela Nacional de Ciegos, ubicada en el Centro Histórico de la Ciudad de México.

—No la veo… —insiste.

La ligera risa pronto fue culpa. No encuentra la pelota.

Hace más de 15 años que Javier Mosqueda es ciego, hace 10 que fundó la Liga. La ceguera le llegó como chascarrillo en funeral: grosero e inesperado. En una cascarita, después del trabajo, el balón se impactó a gran velocidad contra su rostro y las córneas sufrieron un daño irreversible. Como en la lotería, el doctor le dijo: “Es una en un millón”.

—El fútbol es más que una distracción —me dice— es un núcleo que une a los invidentes en la vida cotidiana.

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Futbol ciego 1

Javier estrecha mi mano y le explico que quiero realizar un reportaje. No sólo acepta, sino que me invita a jugar un partido en la cancha de fútbol rápido del Deportivo Mina, en la colonia Guerrero.

—Pa’ que veas qué se siente —se burla como retándome.

Y es que Javier no es un amateur. Lleva el pecho bien inflado y dice: “No acepto que me hagan menos que a los demás. Me han llamado conflictivo porque defiendo mis derechos”.

Su historial deportivo respalda sus palabras: participó en los Juegos Paralímpicos de Colima 2001, en la categoría de fútbol para ciegos. Antes era carpintero y ahora, comerciante. El cambio y contraste entre ver y no ver no extinguen su pasión por el deporte.

Futbol ciego 6

Javier me coloca un antifaz antes de instalarme en el terreno de juego. Me sitúa ahí, como una estatua: solo. Somos seis contra seis pero el sol también juega, asándonos la nuca y fustigando la espalda.

Hay nada. Frente a mí hay un lienzo negro que la mente despliega para dibujar. Hay miedo. Estoy en la punta de la lengua de un precipicio. Las nubes no se distinguen por esa costra que se ha devorado las alturas. Doy un paso y mi cuerpo se tensa. Alzo los brazos por instinto, como si extrañara la realidad y abrazara el vacío. Soy un personaje de Saramago.

No se podrían nombrar pasos a los movimientos de mis pies porque avanzan aferrándose a los suelos. El borde de la cancha es rastreado por las yemas de mis dedos y avanzo con más seguridad cuando me sujeto a ella, pero es una seguridad tan tímida que podría esfumarse en cualquier segundo.

El árbitro da vida a su silbato y la pelota va, nos susurra a todos, ella juega con nosotros, nos atrae, los papeles se han invertido. Somos un montón de metales en la cancha y la esférica, un imán. En su estómago hay unos balines que suenan como la lluvia desplomándose en techos de lámina. Y así avanzamos. Y yo caigo en esa debilidad tan mía de temerle a lo venidero, a lo desconocido.

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Futbol ciego 2

Todos juegan con naturalidad, todos excepto yo. No ubico ni el corazón. Estoy perdido en un bosque. Temo tropezar o ser derribado por los jugadores invisibles.

—Para quien es ciego de nacimiento es más difícil aprender a jugar, pero yo adapté lo que sabía del fútbol —me explica Javier.

Para mí es como volver a nacer, volver a aprender. Doy mis primeros pasos, camino y, más tarde, corro. Y es aquí donde vengo a entender que los oídos son los ojos que nos proveen de ese otro mundo, del balido de la tierra, de la utopía de los libros, del ensamblaje de personajes que danzan y se revuelcan en la radio, ese otro mundo tan cerca de mí: la imaginación.

¡La he tocado al fin! Mi pie derecho roza la pelota en un momento que se extiende, escucho el timbre del balón.

—¡Te llegan! —grita el More, el capitán del equipo.

El More es débil visual. Tiene una visibilidad de 40 o 50 por ciento; es como aquel ciego que curó Jesús en Betsaida, “veo a los hombres como árboles, pero los veo que andan”. Y el More se encarga de ubicarnos dentro del campo, de guiarnos hacia la portería.

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Futbol ciego 5

Y sí, me llegan. Vuelvo a ser una estatua, tan entera y expectante.

—¡Gol!

La duda y oscuridad siguen ahí, encoladas a mis pupilas, buscando la verdad. En este bosque tan sombrío donde no hallo la salida, pronto, las ramas de la desesperación me toman y me contengo, pero ya de cerca vuelven y me rindo fácilmente.

Entonces me quedo ahí, escuchando, observando. No la veo. Soy un cachivache, un tronco, una maleta, un pecho frío, en medio de aquellos profesionales. A pesar de eso, el equipo en el que juego, Cruz Azul, gana cuatro a tres al rival, Leones Negros.

Luego de cada partido, como liturgia, siguen las Coronas en la vinatería de don Polo. No tomo, pero como diría Galeano: “Me quedo con esa melancolía irremediable que todos sentimos después del amor y al final del partido”.

El partido termina y la vida sigue para los ciegos. Y es que a pesar de no ver, Javier Mosqueda sentencia: “Lo único que no se puede ver es lo que no se quiere ver”.

Todas las fotos son del autor

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