La Plaza de San Matías, en el Pueblo de Iztacalco, guarda una probadita de lo que alguna vez fue la periferia de la antigua Ciudad de México hace unos 100 años —está apenas a unos ocho kilómetros del Centro Histórico—. Las construcciones a su alrededor están pintadas de blanco en la parte superior y ocre en la inferior, lo que las hace lucir nostálgicas, como un pueblito, igual a los que describía Juan Rulfo, uno de los grandes maestros de la narrativa hispanoamericana del Siglo XX, en sus cuentos, atrapado en el tiempo y en la urbe. Su kiosco parece esperar a la banda de músicos que entonaba melodías para los turistas que navegaban en buque sobre el desaparecido Canal de la Viga a finales del Siglo XIX. El busto en bronce de Miguel Hidalgo, develado por Benito Juárez, parece el monumento principal de las pequeñas plazas provincianas. Y corona este cuadro el templo de San Matías, construido en el Siglo XVI.

A un costado de esta iglesia se encuentra el edificio que albergó la primera delegación de Iztacalco. Ahí estaba la cárcel, el juzgado y la policía montada. Desde 1974 es la Casa de Cultura de los Siete Barrios. Es prácticamente el centro cultural del pueblo de Iztacalco compuesto por siete territorios, siete barrios, cada uno con su santo y su fiesta patronal: La Asunción, Santa Cruz, los Reyes, Santiago Atoyac, San Francisco Xicaltongo, San Miguel y San Sebastián Zapotla. Esta construcción guarda sus historias de fantasmas y aparecidos que, por sus características, un día alcanzarán la categoría de leyendas.

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Cuentan que los veladores no duraban en el trabajo más de dos días en el recién inaugurado centro cultural, allá por 1974. Frases como “me siento muy mal”, “vivo muy lejos”, “tengo diabetes”, eran los pretextos para abandonar el puesto. Ahí está Aquilino Vega, quien una noche, luego de cerrar las puertas y prepararse para descansar —sí, en México el velador descansa en las horas de trabajo—, miró que del baño, que estaba al otro lado del patio, salió una mujer. Apenado se acercó a ella, pues no se cercioró antes si quedaban o no visitantes dentro del inmueble. La dama vestida de blanco lo escuchó, le sonrió y se dirigió a la fuente que aún hoy se ve en el centro del patio. Al sentarse en la estructura de cantera la mujer desapareció, se esfumó. A los pocos días el hombre cambió de trabajo.

Otro exvelador describe que en una navidad, para estar a tono con la época, se colgaron unas 10 macetas con flores de nochebuena para adornar el interior del edificio. De repente una de ellas cayó al piso. Molesto, el trabajador pensó en la muchacha que no había colocado bien esa flor y su recipiente de plástico café. La estaba situando de nuevo en su lugar cuando empezaron a caer una a una el resto de las macetas. Dias después un nuevo sujeto llegó a ocupar el puesto de centinela nocturno.

Uno más narra que una noche, después de su recorrido por las instalaciones, se sentó en una silla, se abrigó porque le pegaba mucho el frío y se quedó dormido; se sentía muy cansado. Horas después, con los ojos cerrados por el sueño, su cuerpo se comenzó a curvar. Se encontraba en posición fetal. Tenía frío. Mucho, a pesar de la gruesa chaqueta que lo cubría. Cuando abrió los ojos se dio cuenta que estaba tirado a medio patio, en el piso de loseta, junto a la fuente y sin chamarra u otra prenda gruesa para cubrirse.

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Entre estos sucesos extraños destaca el que vivió el maestro Francisco Cázares Alvarado, cronista de Iztacalco. Un día de 1975, el entonces director de la Casa de Cultura de los Siete Barrios, el arquitecto José Hernández, le hizo notar que cada último viernes de mes, exactamente a las 12 del día, llegaba un hombre a las afueras del inmueble y se colocaba en la salida que da a la calle San Miguel, justo donde se encontraba un riel que databa de la época de la Revolución. El sujeto usaba la vestimenta de los judíos ortodoxos: saco largo, pantalón, zapatos y un sombrero de ala ancha, todo en color negro, a excepción de la camisa blanca. Por supuesto, no le faltaba la barba que tenía crecida casi hasta el pecho ni los mechones largos que nacían en las patillas —las llamadas peyot—, que suelen arreglar como caireles. Se colocaba con la espalda hacia la pared, sin recargarse, con un libro grueso entre sus manos, abierto, probablemente la Torá, el libro sagrado del pueblo judío. En seguida comenzaba a balancear el cuerpo hacia adelante y atrás —en realidad oscilaba sin moverse de su lugar—, con la mirada en el libro. El hombre oraba. Luego de 15 minutos cerraba el texto y se iba caminando hacia la Calzada de la Viga. El cronista y el arquitecto acordaron preguntarle al sujeto sobre su extraño ritual la próxima vez que vieran.

Por esos días, al llevar a cabo obras de restauración en el inmueble, una excavación puso al descubierto la parte superior de una pirámide y una serie de tumbas. Al principio se pensó que se trataba de cadáveres enterrados por la policía montada, que tal vez se le pasó la mano con el castigo a alguno de sus detenido. Sin embrago, a los pies de los esqueletos se encontraron objetos rituales: collares, sahumerios, xoloscuintles de barro y demás artículos. En total hallaron 13 osamentas —dos de niño y el resto de adultos— y se concluyó que se trataba de sepulcros indígenas que datan de 1450.

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Un viernes en que estaban sacando los esqueletos, artículos, pequeñas esculturas de obsidiana y otros objetos, apareció de nuevo el judío con su acostumbrado ritual. Al verlo, Francisco Cázares y José Hernández salieron a su encuentro para preguntarle quién era y por qué hacia esa extraña ceremonia ahí. Al dirigir el primer “Señor, buenas tardes”, el sujeto huyó. El cronista y el arquitecto lo siguieron. Mientras corría, al judío se le cayó una extraña moneda de plata, grande, con símbolos que recordaban a los del Zodiaco, un sol y algunos triángulos.

—¡Señor, tiró su moneda! —gritaron los hombres mientras trataban de darle alcance. Pero el judío no detuvo su carrera.

Al dar la vuelta sobre Calzada de la Viga no lo vieron más. Sin embargo, en ese tramo no existe alguna otra calle que desemboque sobre la vialidad. Extrañamente el judío había desaparecido.

Los hombres regresaron a la calle de San Miguel, ahí junto al riel. Su curiosidad había aumentado. Vieron la hora y el reloj marcaba las 12:15. Así que el arquitecto se paró en el mismo sitio y posición que el judío. Entonces el director de la Casa de Cultura empezó a balancear el cuerpo hacia adelante y atrás. Francisco se lo hizo notar.

—Arquitecto, ¿porqué realiza los movimientos que hacen los judíos al rezar?

—¡No! ¡Yo no soy! ¡Alguien me está moviendo! ¡Siento algo raro!

Las manos del arquitecto empezaron a amoratarse. Francisco reaccionó y lo jaló del brazo. Y mientras José Hernández se recuperaba, el cronista tomó su lugar en el riel. Notó que algo parecido a una fuerza le movía la espalda y la cabeza, vio que sus manos comenzaban a adquirir tono morado y empezó a sentirse muy débil. De un jalón, el arquitecto lo quitó de ese lugar.

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Días después alguien se llevó el riel. Francisco investigó pero nadie vio quien hurtó el objeto. La moneda fue llevada a varios expertos y representantes de la comunidad judía en México para que la examinaran, pero nadie, hasta la fecha, ha sabido interpretar los símbolos que tiene grabados. Sólo atinan a decir que tiene referencias cósmicas y religiosas.

El judío jamás regresó por el Pueblo de Iztacalco y curiosamente, después de este incidente, no volvieron a espantar o aparecer espectros en la Casa de Cultura de los Siete Barrios.

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