La puerta a Tacubaya, para la mayoría de los habitantes de la Ciudad de México, es el metro. Pero no todas las salidas conducen a este barrio. Muchas llevan al paradero, donde el ruido de los motores de microbuses, camiones y taxis; el crujir de las fritangas en el aceite quemado, los gritos de los vendedores ambulantes y del cacharpo (¡súbale, súbale, Santa Fe, Constituyenteeees!), hacen que uno entienda la frase bíblica: “En el principio era el caos”.

La salida que lleva al barrio es la que dice calle Erasmo Castellanos. Ahí Tacubaya recibe a la gente con una plaza, que a pesar de estar rehabilitada, contar con la música duranguense de un local de discos pirata y puestos de comida, dulces y otros comercios, aún parece triste. El piso de piedra rosada y algunas bancas sirven de asiento a pequeños grupos de indigentes, que con la mirada perdida por el activo y el alcohol, probablemente tratan de olvidar eso qué los hizo convertirse en sombras del paisaje urbano.

Al fondo están, como dormidos, algunos cisnes verdes y azules, y un dragón que en vez de cola tiene otra cabeza que escupe fuego de plástico. Cobran vida por ahí de las cuatro o cinco de la tarde, gracias a los cables que los encargados de esta feria permanente colocan en los postes de luz, como si fueran las delgadas sondas que van del suero al brazo del paciente para mantenerlo vivo.

Tacubaya Miguel ángel morales

Foto Miguel Ángel Morales

La plaza se llama Charles de Gaulle, pero la gente del barrio poco o nada sabe de este general que, años antes de visitar México, conminó a su pueblo para combatir a la Alemania nazi por una Francia libre. Para ellos esta plaza siempre será el Jardín Cartagena, igual que hace más de 60 años, cuando del piso se levantaban nubes de polvo con el más ligero soplo; cuando en lugar de la feria reinaba la carpa Teatro Salón Obrero, donde a mediados de octubre de 1946 debutó el joven cantante Gabriel Siria. Ese muchacho aquí se hizo llamar Javier Luquín. Meses después México y el mundo lo conocerían como Javier Solís.

A un lado de la plaza, cruzando la calle Erasmo Castellanos, está el mercado Gonzalo Peña Manterola, al que pocos conocen con ese nombre, aunque lleva más de 50 años con él. Seguro casi nadie sabe que este personaje, durante la década de los 50, dirigió la oficina de mercados del Distrito Federal. Para todos éste es el mercado Cartagena.

Antes de entrar hay que pasar una aduana de locales extendidos por la acera, que venden mochilas y zapatos. Aquí comienza la cantaleta:

—Pásele, cómo qué busca; pregunte, sin compromiso; qué modelo le muestro, escójale.

Y la frase que nunca falla, aunque uno de rubio sólo tenga el pelo que se pegó en la ropa cuando el cocker miel de la vecina se sacudió:

—Mire, güero, una mochila.

En cuanto uno cruza la primera puerta, el mercado da la primera sorpresa. Aquí no huele a cebolla, jitomate, chile y carne cruda. Los orificios nasales son golpeados por el olor a champú, a barniz de uñas y a gel para el cabello, de ese que venden por kilo. Es la Meca del estilo en el barrio de Tacubaya. Cual si fuera la Quinta Avenida neoyorquina, aquí se camina entre decenas de salones de belleza, pero en cuatro pasillos de mercado. Y así como los famosos de la alta peluquería peinan a Meg Ryan o Angelina Jolie, las señoras, egresadas como cultoras de belleza del curso que imparte el centro comunitario, ofrecen un cambio de imagen por sólo 40 pesos, a la voz de “ándele joven, lo voy a dejar bien guapo”.

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Si alguien tiene duda sobre el estilo que desea, sólo es cuestión de ver los cortes dibujados a lápiz en grandes carteles, donde los cráneos de los modelos están casi al rape. Lo único que los salva de lucir pelones son algunas líneas curvas de pequeños cabellos, que forman figuras retorcidas o caracoleadas. Corte tribal, le llaman.

Aunque no haya clientes, el local no permanece vacío. Siempre están sentados, como si esperaran su turno, tres, cuatro y hasta cinco gorilas de peluche en color café y negro; por ahí también se cuela uno que otro albino. Todos tienen sonrisa de tela y grandes ojos de plástico que crean una mirada tierna, como quien pide un abrazo, o un plátano en su caso.

Y una vez que uno ha quedado guapo y bien peinado, en los siguientes pasillos se puede adquirir ropa y, sobre todo, zapatos, muchos zapatos. Desde huaraches de piel tejida con suela de llanta, hasta las versiones económicas de las grandes firmas de tenis que, a decir de los locatarios, “si los miras bien, no le piden nada a los originales”.

Hay tenis “de moda, de novedad” y zapatos que la gente se puede medir “sin compromiso”:

—Para qué le doy el precio. Mejor pruébeselos -dicen las vendedoras. Y si uno muestra interés, hasta un descuento se consigue-. Nomás para que me persigne.

Al salir de nuevo a la calle uno ya no es el mismo. Luego de un corte hecho con la mejor intención, pero que en nada se parece al de los carteles pegados en los salones de belleza; y unos tenis de los que nadie sabrá su origen pirata, uno comienza a caminar balanceando el cuerpo de un lado a otro en cada paso. Así, al estilo Tacubaya.

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