Eran pasadas las seis de la tarde cuando subió pausadamente los escalones que conducen al atrio de la iglesia. Portaba una chamarra de piel tipo cazadora y un sombrero estilo jipijapa, de esos de media ala fabricados con hojas trenzadas de palmera que van rematados con una cinta oscura. Su figura alta y su halo de artista lo hacían destacar entre la multitud. Apenas se percataron de su presencia, un par de chicas lo abordaron para pedirle que les concediera una foto con ellas, a lo cual accedió gustoso.

Aquella tarde era la primera vez que Arturo Márquez, “El Maestro Márquez”, visitaba Santa María Tecuanulco, una tierra de músicos enclavada en la serranía de Texcoco, a unos 45 kilómetros de la Ciudad de México. Fue invitado para participar como jurado del concurso de bandas sinfónicas que año con año se realiza con motivo de la fiesta del pueblo.

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Foto 1

Para situarnos en la acción es menester decir que Tecuanulco es una pequeña comunidad de origen prehispánico. Se trata de un pueblo muy reconocido en el centro de México por la calidad de sus artesanos florales y, sobre todo, de sus músicos, que son parte importante de bandas sinfónicas delegacionales como las de Iztapalapa y Azcapotzalco, y de bandas municipales como las de Nezahualcóyotl y Tlalnepantla. También varios de ellos tocan en orquestas como la Sinfónica Nacional, de Ópera de Bellas Artes, del Instituto Politécnico Nacional y la Filarmónica de la UNAM.

Después de varias fotos más, el Maestro Márquez entró a la iglesia y caminó por el costado izquierdo casi hasta llegar al altar. Miraba atentamente hacia arriba y a su alrededor, y su rostro no podía disimular la admiración por la cantidad y hermosura de los arreglos florales que decoraban el interior del templo.

Mientras tanto, las bandas concursantes, una de la comunidad vecina de Santa Catarina del Monte y otra del pueblo de San Felipe Otlaltepec, del estado de Puebla, hacían las últimas afinaciones a sus instrumentos. Participarían precisamente interpretando la obra más conocida del Maestro Márquez, el Danzón No. 2, pieza que solamente es antecedida en fama por el Huapango de José Pablo Moncayo, la obra sinfónica nacionalista por antonomasia.

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Foto 2

Luego, viene la entrega de los trofeos y la inevitable sesión de fotos con el Maestro. Son casi las nueve de la noche, y cuando todo indicaba que el concurso de bandas llegaría a su fin, sorpresivamente y completamente fuera de programa, el maestro de ceremonias hace un anuncio: el Maestro Márquez, en reconocimiento a la calidad de los músicos que participaron y en agradecimiento a la calidez que el público le brindó, dirigirá su propia obra con la banda ganadora del concurso. El júbilo de los asistentes toma nuevos bríos y aquellos que ya disponían la retirada regresan presurosos en el entendido de que están ante un momento histórico.

Así es como por tercera ocasión en aquella noche del 22 de julio de 2013 sonó el Danzón No. 2 en el atrio de la iglesia de Santa María Tecuanulco. Cómo habrá sido de especial aquella última interpretación, que hasta un neófito de la apreciación musical como yo, perfectamente pudo distinguir que se trataba de algo sublime e irrepetible.

En estos días aciagos que nos está tocando vivir no está demás escuchar nuevamente el Danzón No. 2 y recordar que su espíritu nace de la esperanza de que haya más justicia en este nuestro México. Adelante.

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