El pasado 28 de octubre se celebró el desfile de día de muertos en la CDMX. El recorrido comenzó en la Estela de Luz para finalizar en el Zócalo. En el mismo marco, se realizó un reconocimiento a la entrega espontánea de la ciudadanía por el sismo del pasado 19 de septiembre.

El desfile se dividió en los segmentos de “La muerte Viva” con elementos del México prehispánico, colonial, revolucionario y de la época actual y el “Carnaval de Calaveras”, a cargo de las productoras Callejón Salao y Ánima Inc.

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Todo comenzó a las cuatro de la tarde, pero la gente se apareció horas antes para agarrar buen lugar. Algunos llevaron sillas, otros compraron banquitos y los más abusados cargaron con su escalera plegable. Poco a poco se fue formando una muralla humana que definía el trayecto por donde pasarían seis carros alegóricos, ocho marionetas gigantes, más de 1500 voluntarios, 10 inflables gigantes, una carroza, siete carros empujables y hasta mariachis.

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De pronto, todo Reforma se encontraba de fiesta, la gente gritaba, cantaba y hasta bailaba al son de La vida es un carnaval de Celia Cruz. Y es que justo en eso se convirtió el festejo, en un carnaval donde todos gozaban y festejaban. Los aplausos, gritos y chiflidos de los integrantes de los carros alegóricos alimentaban aún más la emoción del pópulo y los dejaban con la piel chinita en espera del siguiente participante del desfile.

No había un solo rincón donde la gente no se abriera paso para poder asomarse y ver las enormes marionetas. Unos se trepaban a los árboles, otros se colgaban de las esculturas o se subían a los techos de los puestos de revistas para poder tener mejor vista. De un momento a otro, Reforma se convirtió en una jungla colorida y vivaracha. Se podía apreciar cómo todos movían el bote y a pesar de no conocerse compartían el gozo de estar ahí.

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Había de todo, niños saludando a “El Santo”, quien bailaba gustoso haciendo un striptease para el público. Los fieles admiradores de Rius quienes contemplaron el carro alegórico que se hizo en conmemoración de su muerte. Algunas parejas de catrines enamorados que de a ratos se daban besos y de a ratos divisaban cómo iba el desfile. Perros disfrazados, catrines extranjeros, niñas amachinadas en los árboles, bebés en los hombros de sus papás y una pareja que, para no perder ni un segundo del evento, decidió colocarse sobre un bote de basura y desde ahí vivir la experiencia.

Todo el mundo quería captar el momento y llevárselo de recuerdo en sus cámaras o teléfonos celulares. Altos y chaparros se estiraban como si quisieran tocar el cielo para conseguir una toma digna de lo que en ese momento acontecía: un desfile extraído de Hollywood, que pretende convertirse en una tradición.

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