¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos! reza la consigna de los familiares de los estudiantes desaparecidos en Iguala; reclamo, además, que exponencialmente se han apropiado quienes directa o indirectamente conocen el horror de vivir en un México donde nos tenemos que conformar con la certeza de estar hoy, porque mañana quién sabe: la desaparición como un acto de magia macabra que nos acecha.

De acuerdo a la narrativa oficial, fundamentada en una verdad jurídica a medias y expresada con una falta de sensibilidad inconmensurable, la suerte de los normalistas, es decir de sus cuerpos, es poco menos que dantesca: se dice que fueron secuestrados, flagelados (uno de ellos fue desollado vivo), ejecutados, asfixiados e incinerados, y que sus cenizas fueron tiradas al cauce de un río.

marcha-20-nov-5

Ante estos acontecimientos cabe la pregunta de cuál es la concepción o concepciones del cuerpo, esa materialidad de las personas, en contextos de violencia. Qué significa tal nivel de saña propinado contra un semejante. Qué razones pudo tener alguien para quitarle la piel, los ojos y la vida a un estudiante de esa forma, pero también de cualquier otra.

Lo que ha sucedido con los cuerpos de los normalistas, que en sentido estricto representan el quid de la cuestión que reclaman los familiares, no sólo corresponde a un razonamiento práctico de policías-delincuentes en el sentido de secuestrar personas y, literalmente, deshacerse de ellas pretendiendo dejar el menor rastro posible, sino que tiene que ver con una estrategia de exhibición de imágenes producidas por individuos que obedecen a un proyecto de dominación fundamentado en la lógica de que mientras más horror más escarmiento.

Se ha gritado en todos los tonos que ¡Fue el Estado! Pero también podemos pensar que, contrariamente, fue la ausencia del Estado, o más bien la existencia de una especie de Estado de sitio o excepción, lo que generó las condiciones para que se diera la historia que conocemos. Y precisamente en éste último “tipo” de Estado, que se presenta con claridad en varias regiones del país, ciertos individuos se auto otorgan prerrogativas sobre la facultad de decidir quién no merece vivir y de qué forma debe morir.

marcha-20-nov-2

Así tenemos que en esta lógica de dominación y violencia que se adjudica el derecho de la destrucción material de los cuerpos, justamente éstos últimos son concebidos como el medio, pero también como el mensaje: el medio para eliminar a los otros, pero el mensaje del valor que le doy a la forma en que se produce esa eliminación.

Acaso el ejemplo más claro de esto sea el caso de Julio César Mondragón, el estudiante normalista que fue encontrado en la calle con la piel del rostro desprendida y los ojos extraídos. Con esta acción, propia de un carnicero, su rostro quedó del mismo color que su camisa, pero también del mismo color de la banda con la que, de acuerdo a la declaración de algunos detenidos, estaban involucrados los normalistas: Los Rojos.

marcha-20-nov-1

Dominación y castigo a través de una disciplina corporal extrema, es decir, el ejercicio del poder fuera de la ley mediante el maltrato y la destrucción material de los cuerpos. En este sentido se entiende a la violencia como la manifestación de la fuerza de un poder fáctico para la negación del otro. Violencia que por otra parte es convertida en un espectáculo público para mostrar quién verdaderamente es capaz de imponer el “orden”.

En esta dimensión de la corporalidad y la violencia, pareciera que en el caso de Ayotzinapa la discusión se centró por momentos justamente en resolver el enigma del paradero de los cuerpos de los normalistas, como si todo se evidenciara y todo se resolviera con la sola aparición de los estudiantes, es decir como si la verdad histórica de lo acontecido no fuera estrictamente necesaria.

Que si es posible incinerar a 43 personas con solo llantas y basura, que si son necesarios no sé cuantos grados centígrados para que los cuerpos hayan quedado reducidas a las cenizas que dicen que quedaron, que si se necesitan herramientas especiales de trituración, que si es posible identificar a una persona a través de unos cuantos restos óseos, que si bla, bla, bla

marcha-20-nov-3

Tan la preocupación gira en torno a los cuerpos, que ahora la única opinión que podía “resolver” este caso no es jurídica, política ni mediática, sino estrictamente técnica: la última palabra la tendrán los forenses, los únicos legítimamente calificados para dar luz sobre un asunto que tiene al gobierno de rodillas y la indignación a flor de piel en millones de mexicanos. Qué son las marchas si no el hecho de hacer memoria con los pies por parte de miles de cuerpos unidos por la indignación y el dolor.

La reflexión a que nos conduce esta historia y otras miles más es sobre la fragilidad de la materialidad humana. En esta simulación de la democracia en que vivimos destacan las múltiples formas en que se dispone de los enemigos del poder a través del maltrato de sus cuerpos. El ultraje y la calcinación como recursos disciplinarios y advertencias materiales para aquellos quienes no se presten a los juegos de los ejercicios alternativos de control y poder.

Comments

comments