Los zapatos levantan polvo al cruzar un campo de futbol llanero del Río de Los Remedios; es necesario esquivar los pelotazos para llegar a mi destino: “el nuevo circo de Cepillín”. Los gritos del entrenador que reprocha a un pequeño centro delantero estar fuera de posición se entremezclan con el sonido de la bocina que reproduce una y otra vez un fragmento la canción infantil: “En la feria de Cepillín/ me encontré una guitarra/ taratara la guitarra/ bumbum el acordeón/ chiquitín chiquitín/ en la feria de Cepillín”. La imagen del niño regañado, al punto del llanto, contrasta con la entrada de un lugar que es para su diversión.

Levanto la cabeza y visualizo a un hombre trepado en la parte más alta de una de las carpas, que destaca por sus franjas de colores verdes y rosas. No puedo evitar pensar qué pasaría si perdiera el equilibrio y terminara 15 metros abajo; pero no, aún sin arnés parece sostenerse en pie mejor que cualquier equilibrista del circo.

Me asomo a la taquilla que se encuentra dentro de un camión morado para pedir informes. Sólo veo dos ventanitas abiertas a medias y cubiertas por un pedazo de cartón. Decido entrar al circo y me topo con algunos botes azules con agua, una manguera, cubetas y a un lado de una lona los amplificadores, luces y cables abandonados en el suelo. Gente va y viene y un camper aparca en una esquina. Predomina el olor a tierra mojada que ayuda a menguar la polvareda.

Voy a entrevistar a Cepillín, el único payaso de la tele que nos hacía llorar cuando éramos niños. Aún recuerdo cuando escuchaba en la consola de mi padre un vinilo de 33 revoluciones con las canciones de mi payaso favorito. En mi imaginario siempre vivirá el clásico final de “Papi, di por qué” donde se escucha un “Mami” seguido de un sentido sollozo que me dio una sacudida emocional. Me advierten que su vuelo de Acapulco viene retrasado y tardará unas horas en llegar. Entonces hay tiempo para echar un vistazo a lo que hay detrás del circo. Camino por los huecos que dejan los postes inclinados que soportan una de las tres carpas. Seis trabajadores se coordinan para levantar el toldo principal y es entonces cuando reparo que el circo acaba de ser instalado. Ángel, uno de ellos, comenta que en armar la carpa se tardan un día, y todo el circo, día y medio. Llegaron hace dos días y en punto de las cinco de la tarde, a tan sólo dos horas de iniciar la función, parece que falta mucho para terminar. Romina, de seis años, hija de otro trabajador, brinca y juega en el terregal y me dice que es “bailarina de clase mundial”.

Romina y trabajadores

Llama mi atención el camper de donde entran y salen dos espigadas niñas con talante de bailarinas. Una de ellas me invita a pasar. Subo tres escaloncitos tambaleantes y me encuentro con la “casa” de las niñas circenses. La cama yace al final del pasillo. Los tonos ocres del tapiz de las paredes contrastan con los cuadros que retratan pinturas florales y la cálida iluminación. El olor a perfume y el vestuario me convencen de que se trata de un verdadero camerino de artistas.

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La primera que me recibe es Amanda, bailarina de 12 años de edad que actúa en el espectáculo del trampolín americano. Aunque está a punto de maquillarse no para de correr de un lado a otro para mostrarme lo que hay en su entorno. Por fin elige sentarse en su sala, se coloca dos diúrex, uno en cada ojo, para no perder el limite en donde caerá la sombra, y comienza a platicarme que en el circo trabajan alrededor de 30 personas. Le pregunto si estudia y responde que sí, que el Consejo Nacional de Fomento Educativo (Conafe) les imparte clases gracias a un convenio que surgió en 1998 con la Unión Nacional de Empresarios y Artistas de Circo. Actualmente el Conafe tiene instructores en 54 circos y atiende a una población de 476 alumnos en niveles de preescolar, primaria y secundaria.

En ese momento llega su hermana Natalie, quien tiene 15 años y una vida en el circo. Me recibe con una sonrisa que retrata la inocencia de su corta edad, pero que en nada menoscaba su lucidez verbal y madurez intelectual. Con seguridad afirma que su labor en el circo no se limita a una sola actividad, pues es bailarina, hace números de altura y hula hoop o hula hula. Si bien la preparación física le demanda tiempo, no es un factor que le impida salir a divertirse y conocer sitios y plazas de las ciudades de la República Mexicana que ella recorre constantemente junto con otras cuatro familias. Natalie y sus dos hermanas “nacieron en el circo”. Desde pequeñas han estado inmersas en esta actividad y ninguna de las dos repara en decir que aman esta vida. “El circo se fundó un año antes de que yo naciera y conforme fui creciendo fui aprendiendo nuevas cosas y preparándome”.

Me asalta la curiosidad de saber cómo es un día en la vida de un circense. Con gran naturalidad me dice que es bonito y ajetreado. “Me levanto a las siete a la escuela, salgo a las nueve y las 10 tomo clases con un maestro que viene a enseñarnos pasos de baile y luego me dedico a actividades del aseo. Me baño, me maquillo y ya es hora de trabajar. Algunas veces salgo a comer fuera, voy a las plazas a divertirme. Mucha gente piensa que vivimos encarcelados y que todo lo tenemos que hacer referente al circo, pero no es así. Ésta es simplemente una forma de vivir”. Con una enorme sonrisa se permite hacer un comparativo con mi trabajo. Me desarma: “te aseguro que tú trabajas más que yo. Tú trabajas todo el día y yo solamente ocupo dos horas de mi vida”.

Entrada circo ok

Maquillarse y vestirse le lleva una hora con 40 minutos y los calentamientos duran entre 10 y 15 minutos. “Bailo lo que la empresa me ponga. Nos adaptamos a los tiempos. Ahora ensayamos un espectáculo con velos, bastones y un baile de reggaeton”. Cuando le pregunto si piensa dedicarse a esto toda su vida no duda en responder que sí. “Cuando naces para algo no hay quién te saque de ahí. En esta actividad ni cuando te lastimas paras por el ímpetu y porque el cuerpo lo pide”. Me platica de aquella vez que tuvo una caída en uno de los actos que amenazó con sacarla de escena tres meses. “La gente de circo somos demasiado hiperactivos. No pude. A la semana ya estaba bailando porque me encanta”.

Natalie también cursa la secundaria, con el sistema de el Conafe, y como no hay más adolescentes que estudien ese nivel, por el momento toma clases sola. Alguna vez intentó estudiar en un sistema escolarizado en Guadalajara, pero se le hizo un poco tedioso y aburrido. “Los niños circenses tenemos otras habilidades y somos más inteligentes para algunas cosas”. Además ella no cambiaría la vida del circo porque, dice, le da alegría a la gente, cuando más preocupada está.

Ya que afirma que pondera la preocupación de la gente, le pregunto qué es lo que a ella le preocupa o le pone triste. “Me da un poco de tristeza saber que ya no podemos darle alegría a la gente a través de los animales”.

Quizá tenga razón cuando afirma que mucha gente que no tenía la posibilidad de asistir a un zoológico aquí los podía ver e interactuar. “Era como un zoológico abierto al público”. De nuevo la elocuencia de la niña circense sale a flote cuando asegura que el costo de mantener a un animal para nada se compara con el precio de una entrada al circo, de 150 pesos por persona. “Nosotros teníamos mucho cuidado con los animales, les dábamos de comer pollo, porque al darles carne nos podían atacar”.

Camello 4

Natalie me asalta con preguntas: “¿A dónde se llevaron a los animales? dijeron que el Partido Verde crearía santuarios; ¿en dónde están? Nosotros teníamos más de 10 animales; entre ellos siete tigres, llamas y ponys, pero había otro circo de Los Hermanos Aguilar que tenía más de cien animales y los tenían preciosos. ¿Los van a cuidar como nosotros? Cuando empezamos a ampararnos exigimos que hicieran una revisión minuciosa y a los circos que los tuvieran mal cuidados se los quitarían. Si se los quitan a la gente que los cuida se van a morir porque están acostumbrados a estar en otro hábitat”.

Natalie defiende su postura como una congresista en una curul y se queja del desempleo en el cual quedaron muchos trabajadores, específicamente domadores, y de la falta de sensibilidad de los políticos que muchas veces hacen cosas por el hecho de ganar votos. Y cómo refutarle cuando indignada me platica que “en las marchas el PVEM repartía camisetas y manipulaba a la gente para que se pusiera en contra de los cirqueros, hasta llegar al punto de los golpes y gritarles asesinos”.

La contundencia de la defensa de Natalie hacia los animales habla de un apego emocional que quizá muchos no entendemos. “Yo tenía un tigre que se llamaba Bigotes. Si tú te acercabas y lo empezabas a chiquear te correspondía. Nunca fue agresivo porque fue educado con amor. Es como cuando educas a un hijo, si lo golpeas lo vuelves agresivo”.

En su sitio web, el PVEM explica que la modificación de las leyes generales de Vida Silvestre y del Equilibrio Ecológico y la Protección al Ambiente “no pretenden que el circo desaparezca, si no que los espectáculos evolucionen, utilizando el talento humano: payasos, trapecistas, contorsionistas, malabaristas, entre otros, para el entretenimiento familiar, sin la necesidad de poner en riesgo el bienestar de los animales”. Advierte que esta ley “es favorable no sólo en materia de protección animal, ya que también brinda oportunidades de abrir fuentes de empleo en las compañías circenses, dando espacio a payasos, trapecistas, acróbatas, magos y más”. Antes de la ley, en todo el país operaban más de 500 circos, de los cuales sólo 199 tenían registrado ante autoridades federales el uso de animales.

Para Natalie y otros circenses la realidad dista mucho de ser como lo afirma el partido, porque así lo constatan la inasistencia del público a estos espectáculos, desde que fue aprobada la ley, y el cuestionamiento que ha quedado sin respuesta:l ¿en dónde quedaron los animales? Los actores circenses han luchado por todos los medios por mantenerse. Cuando le pregunto a Natalie si ella cree que el futuro de los circos está en riesgo, responde que no: “los actores de circo somos muy fuertes para mantenernos a flote y superar cualquier obstáculo. No nos vamos a dejar caer y mucho menos a dejar a la gente sin trabajo y patrimonio, y al público sin darle un buen espectáculo”. Y concluye con un cuestionamiento: “La gente rica y algunos políticos cazan por gusto, los toros es arte, ¿por qué entonces el circo no puede tener animales?

Circo 1

La tradición de tener animales en el circo se remonta a la época romana. En aquél entonces miles de animales eran traídos de la India y el norte de África para ser asesinados de una manera cruel y sanguinaria. El show solía comenzar en sus primeros años con la mera exhibición de animales exóticos de tierras lejanas que el público desconocía. Los animales amaestrados por los cuidadores podían realizar, como en el circo, acrobacias o coreografías que divertían a los asistentes. El circo, como lo conocemos ahora, apareció por primera vez en Gran Bretaña en 1770, y en el siglo siguiente la actividad circense se extendió a gran número de países. Los antiguos saltimbanquis, juglares y magos fueron los precursores de los artistas de circo actuales y los payasos o clowns incluían una serie de chistes, piruetas y números musicales que atraían a grandes y pequeños.

A México llegó en 1808, casi justo en la época de la Independencia, con el Real Circo de Equitación del Inglés Philip Lailson, quien traía un espectáculo con ejercicios acrobáticos sobre caballos dentro de un redondel de madera. Artistas de diversas nacionalidades llegaron a nuestro país haciendo gala de habilidades como contorsión, prestidigitación y ascensiones aerostáticas. El primer circo mexicano fue el Circo Olímpico de José Soledad Aycardo, el cual nació en 1841 y perduró 25 años.

Si algo hay que agradecerle a la época porfiriana fue que permitió el desarrollo de esta actividad. Con la llegada del ferrocarril y el desarrollo de la navegación a vapor los artistas recorrían grandes distancias con facilidad. La historia documenta que con la Revolución Mexicana se suspendió el arribo de circos extranjeros, lo cual ayudó a las empresas nacionales a crecer, incluso al amparo de las balas rebeldes, como sucedió con la Beas Modelo, la más grande todos los tiempos, apoyada por Francisco Villa. Este circo empleó el modelo estadounidense de tres pistas, las carpas de exhibición y los juegos mecánicos (como la montaña rusa) y dispuso de un zoológico surtido y cuantioso. En él trabajaron varias familias, algunas reconocidas en el medio, y otras que, con el tiempo, se convirtieron en empresarias.

Palomitas

Así surgieron los circos de Los Atayde, Los Hermanos Vázquez y Los Fuentes Gasca, que hasta nuestros días se conforman como emporios circenses y para quienes la prohibición del uso de animales domesticados de circo fue un duro golpe a su economía. Si esto sucedió con las grandes empresas, las pequeñas parecen tener suerte de sobrevivir para contarlo.

En diciembre de 2014, el Congreso de la Unión aprobó la reforma que modifica las leyes generales de Vida Silvestre y del Equilibrio Ecológico y la Protección al Ambiente. A partir de su promulgación se otorgó seis meses para su entrada en vigor, periodo que permitió a los congresos estatales ajustarla de acuerdo a la ley de cada entidad. En este contexto, la última función con animales de El Circo Hermanos Cedeño, familiares de Natalie y Amanda, se dio el 7 de julio en Chimalhuacán, Estado de México. El domador de circo, Junior, al borde del llanto, agradeció a los espectadores por el apoyo, lamentó que el PVEM haya utilizado el maltrato animal con fines electorales y que haya utilizado imágenes de maltrato, las cuales no corresponden a México. La presentación se alargó por tres horas.

Mimí en circo

En el actual Circo de los Hermanos Cedeño es hora de que inicie el show. Llego a mi butaca, no sin antes reparar en el asombro que me produce ver en qué se convirtió el desorden del inicio. Todo estaba en su lugar. La alfombra que tapiza el polvo del suelo y las cortinas guindas le dan al escenario cierto toque de majestuosidad.

Mientras compro unas palomitas no paro de pensar en las reflexiones de Natalie. La polémica por la prohibición de los animales se cerró y cada quien puede tener una postura diferente respecto al derecho de los animales por una vida en cautiverio o en libertad. Lo cierto es que el circo, al que yo no había acudido en años, sigue conservando un encanto particular y no sólo se debe a los payasos y a las luces sino a los obreros, los extras, los que venden los boletos en taquilla y las palomitas, a los niños que acompañan a sus padres en el proceso y a todo lo que conforma el espectáculo detrás de bambalinas y que hacen que el circo permanezca y se reinvente a pesar de los tiempos, las leyes e ideologías.

Mi reflexión se apaga al mismo tiempo que las luces. Aparece en escena una Natalie enfundada en un atuendo de odalisca. Los velos azules se mueven al unísono de la brillantina incrustada en su tela. Es feliz haciendo lo que le gusta; es plena y genuina. Los animales han sido suplantados por una botarga que asemeja a un camello manejado por un par de hombres dentro de él. Le sale humo de sus piernas y pasea con una niña sentada en su joroba. El resto de los niños aplaude y ríe a carcajadas.

Fotos: Jorge Rodríguez

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