El terremoto del 85 me encontró desayunando. Era un día de escuela, hacía poco que mi ciclo de cuarto año de primaria había comenzado. Tenía ocho años. De repente, mientras tomaba mi licuado, la tierra comenzó a moverse y mis papás nos sacaron a la calle. Nos quedamos pasmados en la puerta de la casa, sintiendo todo ese movimiento bajo nuestros pies y mirando cómo la camioneta de mi hermano mayor, una pick up que estaba estacionada afuera, se alejaba, permitiéndonos ver parte de los cimientos de la casa. Vivíamos en una colonia popular en Nezahualcóyotl, muy cerca de los límites con la delegación Gustavo A. Madero.

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Foto: Notimex-Arturo Monroy

Foto: Notimex-Arturo Monroy

En cuanto dejó de temblar, mi mamá comenzó a preocuparse: no había manera de comunicarnos con una de mis hermanas, que salió rumbo a su trabajo una hora antes. No había luz, tampoco teléfono. Se preocupó aun más cuando pensó en mi hermano y en mi sobrina, que hacía unos días comenzaron a cursar la secundaria, en una escuela que estaba al lado del Teatro Blanquita, en Eje Central.

Mi hermano mayor tomó las llaves de la camioneta y junto con mi madre salieron rumbo a la secundaria. En determinado punto, muy cerca del Centro Histórico, la policía ya no les permitió continuar; tuvieron que bajar y seguir a pie hasta la escuela. Cuando estuvieron en casa, mi hermano pudo contarnos que vio derrumbarse uno de los edificios de Tlatelolco desde el último piso de la escuela, donde estaba su salón. Mi mamá platicaba de destrozos, de edificios caídos. Mi hermana, que llegó más tarde a casa porque ya no pudo entrar al metro Balbuena, de lo que había escuchado al llegar a la estación.

No recuerdo cuánto tiempo estuvimos sin servicios, no sé si fue un día, dos o más. Solo sé que yo sí vi en televisión los edificios caídos, la gente ayudando, los bebés sobrevivientes, el gobierno rebasado. Creo que mis papás no habían escuchado del estrés postraumático ni de lo que pudiese generar en nosotros y en ellos.

Hacía menos de un año, en noviembre del 84, que habían pasado las explosiones en San Juan Ixhuatepec, San Juanico, donde hubo muchas víctimas calcinadas, otras tantas quemadas severamente y que, en resumen, también lo habían perdido todo. He escuchado a politólogos y analistas decir que la crisis impidió que el gobierno afrontara la tragedia, pero a fin de cuentas ¿algo o alguien te prepara para esto? No lo creo. Y menos cuando se te presenta otro evento similar, al día siguiente, como fue en ese año.

Mi escuela no resultó dañada, pero la de mi hermano sí. De hecho, no regresaron a ese lugar y tanto él como mi sobrina concluyeron la secundaria en aulas prefabricadas, que se instalaron cerca de Tepito. Creo que fue la única “pérdida” que tuvimos, si se le puede llamar así. Tengo presentes a nuestros vecinos, que tenían una hija que vivía en Tlatelolco y que con horror y dolor vio a su pequeña de 13 años caer al vacío al momento de derrumbarse su edificio. Recuerdo haber asistido a los rosarios y ver la ira, el dolor, el resentimiento, el sufrimiento reflejados en su expresión. Me impactó.

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Un año después acompañé a mi mamá a hacer algún trámite y recorrimos en el metro la Calzada de Tlalpan. Al llegar a San Antonio Abad, aún podía percibirse en el ambiente un olor a muerte y una sensación extraña y dolorosa que no tiene comparación. No he vuelto a experimentar así.

Un aniversario muy doloroso

No es lo mismo ver la vida a través de la mirada de un niño. No es lo mismo vivir una tragedia a los ocho años que a los 40. Claro que no. El sismo del 19 de septiembre de 2017 me tocó fuera de casa.

Unos días antes, al regresar del trabajo, otro auto golpeó el nuestro. Ese día dejamos el coche en el taller. Apenas dimos unos pasos fuera de él cuando sonó la alerta sísmica. Sin embargo, ya se sentía el movimiento. El instinto hizo que me sujetara fuerte del brazo de mi marido. Parecíamos borrachos. Vimos personas arrodilladas a media calle, mujeres y niños llorando, gente que corría a las escuelas para recoger a sus hijos, coches a punto de estamparse unos con otros a causa del caos.

Como pudimos, tomamos un microbús de regreso a casa y al llegar mis hijastros estaban tranquilos: habían seguido las recomendaciones que les dimos después del temblor del 7 de septiembre y salieron a la calle con todo y perro, alejándose de ventanas, postes y cables. Igual que en aquel momento, no había luz y los datos de internet iban y venían, pero nos mantuvimos informados gracias a un radio de baterías, de esos con lámpara incluida. Fuimos a abastecernos con hielo para guardar las cosas que podían echarse a perder del refrigerador, también compramos velas. Los documentos importantes ya los teníamos a la mano, en caso de necesitarlos.

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Nos dolió mucho las consecuencias del derrumbe del colegio Enrique Rébsamen: pensar en los niños atrapados fue algo muy fuerte y más cuando tienes seres en casa que, de una u otra manera, dependen de ti. Eso cambia la perspectiva. Tal vez para muchos la necesidad de salir a ayudar fue más grande; para nosotros, la prioridad era nuestra familia. Además sabíamos que esto no terminaría en una semana, que nos esperan meses, por decir lo menos, de trabajo de reconstrucción. Básicamente, durante estos días nos dedicamos a difundir información. Sé que no hay pretexto y aunque sea poco, se puede hacer algo.

A una semana, ni mi marido ni yo hemos regresado a nuestros centros de trabajo, ambos lugares son edificios viejos. El mío, dicen mis compañeros, está desnivelado y hay que esperar los peritajes. El de mi marido, aparte de la edad de construcción, está muy cerca del multifamiliar de Tlalpan y del Soriana colapsados. Primero no había paso y ahora también Protección Civil debe verificarlo. No tenemos fecha confirmada de regreso.

He de decir que tuve que dejar de ver noticias. Ya no me sentía bien: no tenía apetito, sufrí insomnio y quería llorar. De hecho no he podido expulsar una lágrima. Lo que sí puedo hacer, en este momento, es seguir apoyando. Reitero que es una labor que no va a terminar en poco tiempo, más allá de lo que nos gustaría pensar a todos.

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Si bien de un sismo a otro —qué fuerte medir el tiempo en sismos— hemos avanzado en cuestiones de protección civil, aún falta mucho por hacer, sobre todo en ese mal que nos adolece desde hace tanto: la corrupción.

De lo vivido, me quedo con la impresionante solidaridad de la gente desbordada en las calles, esa que otra vez, de sismo a sismo, ha demostrado seguir intacta, increíblemente fuerte. Esa que hace sentir en carne propia el dolor ajeno y dar, incluso, más allá de tus posibilidades. Esa que a lo largo y ancho del mundo, nos identifica hoy como mexicanos. La tarea es continuar y hacer que todos estos cambios que estamos viviendo, generacionales o no, sean para bien. Con eso me quedo. ¡#FuerzaMéxico!

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