Hace unos años durante un taller de crónica periodística el escritor y periodista Humberto Musacchio leyó a su clase un texto de José Alvarado sobre lo ocurrido el 2 de octubre de 1968 en Tlatelolco.

“Había belleza y luz en las almas de los muchachos muertos. Querían hacer de México morada de justicia y verdad, la libertad, el pan y el alfabeto para los oprimidos y olvidados. Un país libre de la miseria y el engaño…”.

De repente empezó a titubear. Se quitaba los lentes, los volvía a colocar en su rostro, carraspeaba.

“Y ahora son fisiologías interrumpidas dentro de pieles ultrajadas…”.

Mientras leía recordaba esas escenas que le tocaron vivir. Él estuvo en medio de la ráfaga, del fuego cruzado en aquella plaza que ha sido escenario de varias masacres. Vio cuerpos sangrantes, escucho voces heridas, sitió la muerte y el puño de la represión.

“Algún día habrá una lámpara votiva en memoria de todos ellos.”.

El periodista no pudo más. La voz se le quebró. Pidió que una compañera del taller siguiera con la lectura.

Por primera vez, luego de los kilómetros andados durante los años de marchas conmemorativas, de gritar a todo pulmón consignas para que aquel suceso no se conviertas en un no me acuerdo, de recordar a los caídos esa noche; todos los ahí presentes, los alumnos de Musacchio, comprendieron lo que realmente significa la frase “2 de octubre no se olvida…”.

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