Hace años trabajaba en un restaurante, Morena Mía, ubicado en Extremadura número 160, en la colonia Insurgentes Mixcoac, a dos cuadras de Patriotismo. Es un restaurante manejado por un matrimonio. Ella es mexicana y él es francés.

Mientras trabajé ahí, vi pasar muchas personalidades diferentes. Cuando trabajas en un restaurante de la Ciudad de México, te das cuenta que la gente va a desahogar su estrés de la vida diaria contra los meseros. Nos encanta ver lo malo y resaltar lo que se puede hacer mejor.
Había señoras que te criticaban desde cómo partías el limón hasta la cantidad de col que le echabas a su sopa de verduras. Había jóvenes que se dedicaban a pavonearse por su conocimiento del café. Chavos “fresas” que presumían y al momento de pagar contaban las monedas.

En especial llamó mi atención un señor llamado Casimiro. Un viejito raboverde que se sienta en la mesa de la esquina, junto a la ventana, para ver pasar a las chavas de la Universidad Panamericana. Tiene un innumerable catálogo de chistes pervertidos para sonrojarte y hasta coquetea con algunas chicas.

IMG_2194
Le encanta quejarse del activismo que Eli, la dueña del lugar, proclama cada vez que él llega. Cuando se sienta en su lugar preferido, bromea sobre quitar el letrero de Ayotzinapa que Eli pegó desde hace un año.

LEE: También de dolor se canta. La música no se olvida de los 43 normalistas

Su piel morena está marcada por los años. El pelo blanco como la nieve se desliza finamente hacia atrás. Ni un mechón de la mata invade su rostro. Unos grandes ojos negros te lanzan miradas de vez en vez para seguir la plática que entabla contigo. La mayoría del tiempo se dirigen hacia la ventana del lugar para ver qué pasa por las calles. Estos ojos se rodean por el resultado de muchas noches sin dormir. Puede ser por la necesidad económica o los problemas amorosos, pero lo que haya sido le han dejado necesidad de meditar.

Las camisas de botones no son lo suyo. Sus playeras me encantan, pues tienen impresos a Mickey Mouse, al Pato Donald, al perro Pluto, etcétera. Las cubre con chamarras impermeables para no enfermarse. Sus jeans son iguales. No sé si son los mismos o tiene muchos pantalones del mismo estilo y marca, como en las películas de personajes perfeccionistas o que se preocupan por repetir exactamente igual sus acciones.

No sé en qué momento come. La mayoría del tiempo se la pasa platicando conmigo, con Eli, el Güero, Jorge o con la señora que esté a un lado de su mesa. Además es muy curioso cuando pide. Le desagrada el pollo, los huevos sólo le gustan estrellados. Postre solo si es brownie y leche solo si es deslactosada, porque es intolerante. Es curioso, porque las gelatinas que le gustan están llenas de leche y el capuchino nunca me lo pidió deslactosado, ni se quejó de que le hiciera daño.

A un lado de su silla tiene recargado su bastón negro. Cuando llega batalla para subir el gran escalón que divide el local de la banqueta. Cojea, saluda a todos los que estén sentados y trabajando. Se espera el tiempo necesario a que su mesa justo en el ventanal esté desocupada.

16976152_10154299808978144_374572440_n
Es extraño pensar que por más impertinente que es, siempre que lo veo pasar por la puerta del local, me saca una sonrisa y un apretón de manos.

Hoy en especial, ya que no soy mesero, sino cliente, me siento a platicar con él sobre sus miles de aventuras alrededor de México y el mundo y los supuestos restaurantes que abrió al pasar el tiempo. Ya perdí la cuenta de cuantas hazañas logró en su juventud.

LEE: Un sabroso y buen danzón

En lo más profundo del corazón pienso que la separación con su esposa y sus hijos se debió a lo incómodos que son sus comentarios. Y seguro lo mujeriego no sólo es una cualidad, sino una práctica. Mi instinto feminista me lleva a pensar que fue un patán con su esposa y su hija.

Pero hoy mi perspectiva cambió. Llego al restaurante y lo veo sentado con una señora que a pesar de su edad se nota que en sus mejores años fue una belleza. Platican sin descanso y puedo ver en sus ojos un contorno rojo y una lágrima al borde del derrame.

Eli se acerca y me mantiene al tanto. Es su esposa. No se han divorciado, pero ya no viven juntos ni se ven. Él me había hablado de ella, pero nunca había tenido el gusto de conocerla. Cuando lo veo siento su soledad salir evaporada de su cuerpo. Está con nosotros y purifica su alma conviviendo con más gente. En cuanto ella se para puedo ver en él la ruta que sigue una lágrima al caer del ojo hacia la boca. Desvío la mirada por respeto a su privacidad.

Se queda solo, con la mirada hacia la ventana, observando los carros pasar. Su mujer se ha ido y él está con cuatro desconocidos que le hemos llegado a tener aprecio por tener corazón de pollo.

Eli se acerca y me cuenta. Su hijo no le habla mas que para pedirle dinero. Su hija le marca dos veces al mes para ver cómo está, por lástima. Su esposa lo ve en navidad y dos veces más al año.
Detrás de esa perversión y doble sentido existe un niño perdido y solo. Las jornadas de horas enteras que se pasa platicando en el café, los chistes morbosos y sus groserías son su forma de darle para adelante.

Para mí fue un acontecimiento importante, conocí al verdadero hombre detrás del nombre. Conocí un alma en busca de cariño. Entendí que todos tenemos algo que esconder. Me paré de mi mesa, pagué mi cuenta y pasé a despedirme de él. Me miró a los ojos y casi miro un atisbo de cariño hacia mí. Don Casimiro se despide con la mano y yo me voy con un sabor de confusión. Decido apreciar más a mis seres queridos.

Comments

comments