Abordamos el taxi cerca del malecón de Mahahual, una comunidad de apenas trescientas personas ubicada en el municipio de Othón P. Blanco, Quintana Roo. La voz de Camilo Sesto entonaba uno de sus temas de amor dolorosos. Íbamos rumbo al Telecom el único lugar donde podíamos disponer de efectivo. En el pueblo no funciona ni un cajero y las personas te advierten: “Si encuentras uno que sirva ten cuidado porque luego no tienen efectivo y aún así en tu tarjeta te cobran lo que a según retiraste, mejor vayan al Telecom o al hotel que está a la salida, cerca de la carretera”. Así que eso hicimos.

En lo que mis compañeros de viaje bajaron a retirar dinero yo me quedé en el taxi de don Armando. Mejor esperar en un coche con aire acondicionado que sentarme en la banqueta y morir de calor.

—Ya no hay cantantes como Camilo ¿verdad señor? —Comenté al chofer sin saber que con esa línea iniciaría una plática con muchas confesiones personales.
—No señorita, ya nadie hace esas canciones, la verdad. Este disco me lo compré en Cancún hace ocho años y cada que puedo lo escucho, me gusta mucho.
—¿Y qué hacía usted en Cancún, es de ahí?
—No, yo soy de Chiapas, de un lugar muy cerquita de la capital. Y usted ¿De dónde es?
—Del D.F. bueno, de la Ciudad de México, ya sabe que nos cambiaron el nombre. Soy chilanga.
—¿Y qué tal el frío?
—No tanto. La verdad, ha estado llevadero, pero para mí nada como el calorcito de la playa, no me gusta el frío.

Entonces llegaron los recuerdos de don Armando.

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—Uy, yo fui a la Ciudad por ahí del año ochenta y cinco. Manejaba un camión de carga, llevaba pescado cuando se descompuso por ahí a las afueras de Puebla. Me tuvieron que arrastrar con una grúa hasta un taller mecánico en el D.F. Ahí me quedé viviendo en el taller como un mes, ayudando en la chamba y ya cuando quedó listo el camión me dijo el dueño del taller: “Ándale Armando ya quédate a trabajar conmigo”. Pero yo le dije que no, que ni aunque me pagara un millón de pesos me quedaba. ¡Hace mucho frío! De ahí me fui un tiempo a Miami, luego a Cancún que tampoco me gustó y luego mi patrón de ahí me invitó para acá a Mahahual. Dije que sí y me puse a trabajar en una construcción de una casa. Cuando la terminamos me dijo que tenía la concesión de un taxi para que lo trabajara, que si me quería quedar y pues le dije que sí. La verdad se sorprendió de que aceptara “¿En serio prefieres quedarte aquí que regresarte a Cancún?” Y pues aquí estoy, me quedé.

Don Armando es una de esas personas que convierten a Quintana Roo en el segundo estado que recibe más migrantes en la República. Según un censo del INEGI del 2010, de cada 100 personas que llegan al Estado, 15 son de Chiapas. El Centro de Investigaciones Económicas y Políticas de Acción Comunitarias calcula que cada día unas doscientas personas dejan Chiapas porque no encuentran trabajo y se mudan a estados que resultan atractivos por sus actividades dedicadas al turismo. Por eso de todos los viajes que hicimos en taxi durante nuestras vacaciones, sólo un chofer era mahahualense.

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—Y la vida es más tranquila aquí ¿no don Armando?
—Pues sí, pero ya me cansé del taxi. En cuanto tenga yo mi concesión me retiro, ya.
—¿Y a qué se va a dedicar?
—No pues, seguiría chapeando, limpiando terrenos, limpiando playa. Matando los pollos que tengo en casa y bueno, podría trabajar cuidando ranchos. Hasta hace poco me pagaban siete mil pesos por cuidar uno, iba una vez a la semana, pero lo dejé porque ya no me daba tiempo y la verdad es muy cansado. En la casa hay mucho que hacer. Y bueno, también soy albañil.
—¿Y vive acá sólo? ¿No tiene familia? —Cuestioné un poco a sabiendas de la respuesta.

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—No señorita, yo soy solo, siempre he sido solo. He tenido una vida rara. Yo no conocí a mi padre. Murió cuando era yo muy chico y mi mamá me educó bien, me llevaba de la manita al templo; pero a los catorce años me fui de la casa por primera vez, empecé a hacer lo que quise. No era una buena vida. Y ya, un tiempo volví a la casa, volví a los buenos pasos por un par de años, por mi madre, la verdad. Hasta que ella murió. Ahí fue cuando estuve a punto de ir por el camino malo otra vez, hasta que me pregunté: ¿Cuál es el caso? Mi madre murió tranquila porque yo ya estaba bien, así que corregí.

Así que ya no voy a fiestas, no salgo, solo trabajo, trabajo, trabajo. Solo eso. Ayer por ejemplo, fue mi cumpleaños y me quisieron invitar a cenar y yo dije: “No gracias, mejor me quedo en casa, me preparo unos huevos y me voy a dormir temprano”. Y eso hice.

Pero no crea, a veces me da un no sé qué, el otro día le hablé a los de las cervezas y les dije: “Me traes toda una nevera llena, llena, pero una de las neveras grandes, le pones unos ocho cartones”. El de las chelas me preguntó que si iba a armar relajo y le dije: “¡Sí! conmigo mismo, ahí si no me acabo toda la cerveza ya nomás vienen a recoger mi cadáver”.

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Pero algo, no sé qué me hizo reaccionar y dije: “¿Qué estoy haciendo? Con este dinerito me puedo ir mejor de viaje, pasear, ver a la familia”. Y eso hice.

— Pero seguro ha sido muy feliz, con tanto viaje, tanto que ha visto
—¡Nombre! Yo no sé lo que es la felicidad. Tal vez sólo la probé ese tiempo con mi madre, pero se me fue muy rápido, me duró poco tiempo. No sé, soy un tipo raro, creo que me gusta ir solo por la vida, no sé si eso esté mal, pero así me gusta.

Cuando regresaron mis compañeros volvimos a agarrar camino; Camilo Sesto seguía sufriendo. Cuando nos dejó cerca de la cancha en el centro de Mahahual le agradecí su plática y le pedí que fuera a celebrar su cumpleaños. Se rió tímidamente y me dijo que sí, que lo haría. Honestamente, no le creí.

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