Eran las dos de la mañana y yo estaba encerrada en una estación de tren en Japón. Me quedé fría. Pensé que todo se trataba de un error, que, quizá, seguía dormida en el tren y estaba soñando. Mire unas escaleras y las subí con la esperanza de encontrarme con otra salida: una abierta. La esperanza murió pronto, sólo eran las escaleras que conducen a los andenes. Regresé al pasillo que llevaba a la salida, desesperada.

A pesar de la desalentadora situación, entendí que entrar en pánico no ayudaba, así que mejor analicé mis opciones: buscar a alguien para que me dejara salir o quedarme a pasar la noche ahí. La segunda opción me pareció la más tentadora, después de todo era de madrugada y en unas cuantas horas debía salir de ahí mismo rumbo al puerto de Nagahama, desde donde sale el bote con destino a Aoshima, Ehime, la isla de los gatos.

En realidad, la aventura empezó unos días atrás, justo cuando tomé mi mochila y me fui a recorrer Japón en busca de la isla de los gatos. Primero llegué a Miyazaki por error. Y no me arrepiento, lo pasé muy bien y conocí a gente muy agradable. Después me fui a Kirishima y de ahí recompuse el rumbo hacia la isla de los gatos pero pasando primero por Hiroshima, Miyajima y Okunoshima, la isla de los conejos. Prácticamente habían pasado cinco días desde que salí de Osaka en busca de la isla de los gatos y todavía no llegaba ahí. El destino no me la estaba poniendo fácil.

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Una vez que decidí quedarme en la estación, busqué un rincón en el que la corriente de aire no fuera demasiada y me senté en el piso. Después noté que mis nalgas estaban llenas de algo pegajoso. Entonces reí. Claro, no era suficiente con estar varada en una estación, encima debía sentarme en uno de los poquísimos chicles tirados en el piso de Japón.

Me levanté, traté de limpiarme y de reacomodar el refugio improvisado. Puse las hojas de itinerario en el piso para evitar que otra sustancia viscosa se adhiriera a mi trasero y, de ser posible, amortiguara el frío. No llevaba mucha ropa y el otoño nuevo de principios de octubre ya se estaba dejando sentir, así que ni los papeles en el piso, ni cubrirme con el impermeable sirvieron para quitarme el frío.

Hubiera podido resistir estoicamente ahí la baja temperatura, la incomodidad y el sueño, quedándome las dos o tres horas que faltaban para que abrieran, de no ser porque me quedé sin batería. El celular estaba muriendo y el cargador de emergencia había agonizado. Eso representaba la gran tragedia de la noche. Verán, yo iba a la isla de los gatos a sacar fotos. Fue una promesa que hice antes de partir al oriente. Sin celular, no podría sacar fotos; sin fotos, todo lo que había pasado para llegar ahí era inútil. No podía permitir que eso pasara, así que me levanté y empecé a buscar un enchufe.

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Regresé al baño sólo para ver que no había dónde conectar el aparato ahí. Revisé los alrededores, al lado de las máquinas expendedoras de bebidas y comida, sin éxito. Cerca de la taquilla, nada. Noté entonces que había varios hombres trabajando en las vías, a lo lejos. Fue hasta ese momento que presté atención al ruido seco del martilleo constante. Sentí esperanza. Tal vez al verme ahí, alguien iría a preguntar qué pasaba y me podrían abrir las puertas de la estación.

El plan no funcionó, ellos siguieron ignorándome, como si fuera invisible. Y tal vez lo era en esos momentos. Me acomodé en una banca de madera y saqué mi set de costura. La mochila de viaje llevaba más peso de lo que podía soportar y se había abierto de arriba, la cosí con cuidado, también cosí la manga de mi camisa de manta que se había abierto cuando me caí en las escaleras de Miyajima. Una vez que estuve satisfecha con mis tareas de costura, revisé todas mis cosas, las acomodé y me levanté de nuevo.

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Miré mi celular y la pila se acercaba peligrosamente al 10 por ciento. No podía encontrar enchufes en la estación así que estaba decidido: tenía que salir de ahí a como diera lugar. Tuve una idea casi absurda: tal vez si me ponía a fotografiar la estación y me paseaba de un lado a otro, podría llamar la atención de alguien, quizá el velador, y me sacarían de ahí de inmediato. Eso hice.

La treta funcionó y a los pocos minutos salió un hombre de una oficina y me empezó a gritar que la estación estaba cerrada, que qué hacía ahí, que debía irme. Fue la única vez que vi a un japonés fuera de sí, abría tanto como podía sus rasgados ojos y con la cara roja por la ira me repetía una y otra vez que la estación estaba cerrada y que yo no debía estar ahí. El furibundo japonés abrió una de las puertas de entrada a la estación y me echó de ahí cual si fuera perro callejero, no sin antes notificarme que la estación abría a las 4:15 de la mañana. Ya eran más de las tres, así que no faltaba tanto.

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Una vez afuera, me acerqué al mapa de los alrededores que estaba al exterior de la estación. En otros lugares, ese mapa tiene información útil para casos como el mío: muestra los hoteles cercanos, hostales, café internet y demás servicios 24 horas en los que se puede pasar la noche. Pero no en éste.

Decidí caminar hacia donde estaba la calle más iluminada, con suerte, encontraría un café internet 24 horas. Soy una mujer afortunada. No tuve que caminar demasiado para encontrarlo. Estaba dentro de un centro comercial que a esas horas sólo tenía portero y ese local abierto. Entré al café internet. El personal no hablaba inglés aunque no era como que lo necesitáramos. Pedí dos horas en la cafetería. Me dieron la tabla con la ubicación, el número de asiento y la hora de entrada: 3:25. Supuse que sería suficiente para descansar un poco y cargar el celular antes de salir en el primer tren con rumbo a la isla de los gatos.

Los sillones estaban cómodos pero entre la luz y el aire acondicionado tan frío resultó imposible dormir. Puse a cargar mi celular y la pila adicional. Elegí un manga, casi al azar, y empecé un bonito ir y venir a la barra de bebidas, que son gratis. Incluso me di el lujo de rellenar mi botella plástica con té fresco. De buena gana hubiera tomado un baño, pero los que sólo pedimos cafetería no tenemos acceso a las duchas.

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Aquí hago un alto; ni que todos supieran de Japón lo mismo que yo. Verán, cuando investigué antes del viaje encontré varios artículos en los que decían que pasar la noche en un internet 24 horas era una opción cómoda y barata. Así que ahí voy, con mis ilusiones puestas en artículos en internet sólo para que encontrar que ni lo uno, ni lo otro. Eso lo supe la noche que me quedé en uno en Osaka, mala noche que me salió en 3 mil yenes (más de lo que pagas en un hostal decoroso). Tal vez para los salaryman (oficinistas) trasnochados o para los turistas que pagan 10 mil yenes la noche, tres mil yenes les parezca poco, pero para un mochilero como yo, que paga dos mil 500 yenes por una noche en hostal, tres mil yenes por cuatro horas en una cabina de 1.60 por 1.60, con luz prendida y un reclinable, es francamente un robo. Como para estas alturas ya sabía de qué se trataba eso, no pensaba pagar por un privado, cuando podía ahorrarme unos yenes entrando sólo a cafetería.

Así que ahí estaba yo, rellenando mi botella de té, tomando café, recorriendo los privados llenos de oficinistas, cargando mi celular, muriendo de frío, hasta que me dieron las cinco y veinte, hora a la que me levanté, guardé mis cosas y me dispuse a pagar mil 90 yenes.

Regresé a la estación deseando no encontrarme con el japonés que me corrió (no, no lo encontré). Abordé el tren de las 6:04 para ir al puerto de Nagahama, Ehime, desde donde sale el barco con rumbo a la isla de los gatos. Iba feliz. Por fin, después de tanto, estaría ahí.

Doce estaciones después, llegué a Iyo-Nagahama como a las siete y cuarto. No había señalamiento alguno en inglés, sólo algunas figuras de gato aquí y allá con información en japonés. Pregunté por el lugar y me dijeron que debía cruzar la calle y caminar derecho. Eso hice.

Al llegar al embarcadero, encontré una oficina cerrada con artículos sobre la isla de los gatos, en japonés, pegados en los vidrios de las puertas. Vi el letrero que decía los horarios. Quise pensar que había entendido mal porque según el cartel, sólo había dos viajes al día y el primer viaje (al que yo iba) regresaba 10 minutos después. Sí, 10 minutos después. Eso quería decir que había recorrido medio Japón para estar en una isla con gatos por sólo 10 minutos.

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Mis temores fueron confirmados pronto, el que conducía la barcaza se acercó para decirme en japonés que sólo estaría 10 minutos en la isla y que, además, ese día no saldría el viaje vespertino. Yo acepté, ya había ido demasiado lejos y no pensaba dar marcha atrás justo estando tan cerca. Seguí mirando los carteles y se me acercó otro señor para decirme otra vez en japonés que sólo estaría 10 minutos y que no habría otra salida ese día. Volví a asentir resignada, aunque al parecer nadie me creía.

Regresé al baño de la estación y de ahí de vuelta al puerto para tomar la nave con rumbo a la famosa isla de los gatos. Me encontré a unas estudiantes japonesas que me dijeron, está vez en inglés, que sólo serían 10 minutos. Les dije que ya sabía y que estaba bien, que era suficiente para tomar fotos (la única razón por la que estaba yo ahí).

Exactamente a las ocho abordamos la barcaza. Tuve que pagar 1360 yenes por el viaje redondo a la isla, francamente un escándalo, considerando que era el doble de lo que pagué para ir a la isla de los conejos en donde, dicho sea de paso, al menos estuve un par de horas. Tomé asiento con el resto de pasajeros, decididos amantes de los gatos: dos hombres maduros solos, una pareja a mi lado, las tres chicas japonesa que me hablaron, un fotógrafo japonés con quien viajé en el tren, seis jóvenes de China y un señor que, al parecer, tiene la página de Facebook de la isla y va a sacar fotos una vez al mes. Nos dieron revistas con reportajes sobre la isla y fotografías genéricas de gatos, todos dijeron al unísono: ¡kawaii! (lindo). Todos menos yo porque no me tocó revista.

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Llegamos a la isla a la hora que dictaba el cartel: 8:35. Teníamos exactamente 10 minutos para sacar tantas fotos de gatos como se pudiera. Los gatos aguardaban nuestra llegada desde el muelle. Todos salimos con nuestras cámaras listas. En cuanto tocamos suelo, empezamos a disparar. Era una franca lucha con la cámara y los gatos.

Caminamos hasta la calle más cercana. No se nos permitió ir más allá. Cuatro lugareñas también esperaban pacientes al montón de fanáticos de gatos. Se dejaban tomar fotos, posaban, daban de comer a los gatos, como una obra mal montada, como un acto repetido hasta el cansancio y sin emoción.

Los gatos sólo merodeaban y eran gatos: peleaban, tomaban la comida, pedían más. A veces, miraban con curiosidad a los extraños que los perseguían con aparatos para sacar fotos; otras, la mayoría, sólo nos ignoraban.

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Era difícil sacar fotos con el celular. Los gatos se movían muy rápido, tenía la luz en contra y en cada toma salían los demás visitantes haciendo lo suyo, o sus zapatos, o sus piernas, o sus traseros.

Pero ya estaba ahí y no había sido fácil. Los demás visitantes sonreían y acariciaban a los gatos. Yo también los acaricié. Tal vez mi humor no era el mejor en ese momento, sin embargo, con sólo sentir la tersura del pelaje gatuno pude relajarme y sonreír, recordar que era algo que quería hacer, que era afortunada al estar ahí, aunque fuera poco tiempo.

Los diez minutos pasaron pronto. El silbato de la embarcación sonó. Todos caminaron mecánicamente hacia ella; algunos seguían empecinados en tomar fotos de gatos. Pregunté su nombre a las mujeres que estaban con los felinos. Ellas sonrieron condescendientes y nada respondieron. El silbato llamó de nuevo y yo debía irme. Ellas lo sabían. También los gatos que maullaban por un poco más de comida.

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Subí al barco y regresé a mi asiento. El señor de la página de Facebook me mostró orgulloso sus fotografías. Yo seguía un poco taciturna. Me preguntaba si había valido la pena el desgaste, el viaje, la noche horrenda.

Llegamos al puerto y todos se fueron. Yo me negué a moverme de ahí. Al menos desayunaría al lado del mar. Después de beber té con leche y comer unas galletas, me acerqué al hombre que comandaba la nave y que en esos momentos dirigía el trabajo de limpieza. Le pregunté sobre la isla. El sólo me respondió que ese día la marea estaba muy brava y que por eso no se hacía el viaje de la tarde, que si quería saber más preguntara en la estación. Pero en la estación no había nadie a quien preguntarle, ni en la oficina con carteles pegados. Nadie sabía nada.

Regresé a la estación y abordé el tren; sentada, mirando el mar, me pregunté cómo habían hecho los reporteros que hicieron famosa la isla para sacar tan buenas fotos. Seguramente ellos tuvieron más de 10 minutos, pudieron recorrer la isla y no había más visitantes que estorbaran. Recorrí mentalmente todo lo que había pasado para llegar a esa isla y sonreí. Habían sido buenas aventuras. Japón tiene más islas de gatos, quizá en el próximo viaje vaya a otra; después de todo, tuve cinco días de diversión por 10 minutos de gatos; tal vez si voy preparada, la próxima vez hasta pueda tomar buenas fotografías.

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