Me asomé a la ventana para oír con mayor detenimiento. No era la primera vez que lo escuchaba, pero sí era la primera vez que le oía tocar su versión de “Amor Eterno”, el famoso tema de Juan Gabriel. Allá iba el hombre, saxofón en mano y acompañado de una niña de unos siete años quien se encargaba de extender la mano para pedir una moneda a los transeúntes que iban pasando.

Tras concluir su interpretación se acercó a la entrada del edificio para tocar la puerta en espera de que alguien le abriera para pedir “una cooperación”, departamento por departamento. Pero no tuvo suerte. Nadie le abrió.

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Acostumbrado al rechazo, el hombre de unos 35 años de edad, siguió su andar por entre los edificios de la Unidad Habitacional Lomas de Plateros, convirtiendo su paso en el recuerdo de una tradición que poco a poco se ha ido perdiendo en la Ciudad de México, la del músico ambulante, la del lírico que sale a la calle a trabajar de la única forma que conoce.

Dijo llamarse Arturo Ramírez, y cuando le pregunté su procedencia, me dijo que era originario del estado de Puebla, que en realidad era campesino, y que cuando no estaba sembrando le gustaba venir a la ciudad a ganarse unos pesos.

—¿Cómo le va con la música?

—Pues no muy bien.

—¿Cuánto saca al día?

—Unos cien pesos, ciento cincuenta.

—Me imagino que no le alcanza para mantener a la familia

—No, pos casi no.

—¿Y cuántos hijos tiene?

—Nomás dos.

Se detuvo a la mitad de las escaleras para poder responder a mis preguntas, pero seguía siendo parco en sus respuestas.

—¿Es usted de aquí de la capital o bien de otra parte?

—De aquí de Puebla, de Chila de las Flores.

—¿Cuánto tiempo tiene viviendo aquí en la capital?

—No, pues sólo vengo unos quince días y me regreso, allá chambeo.

—¿Y a qué se dedica allá?

—Ahorita vamos a empezar a trabajar la tierra, a labrar.

—¡Ahhh!, ¿entonces es usted campesino?, ¿y qué siembra?

—Sí, campesino. Siembro maíz, frijol y calabazas.

—¿Y con qué le va mejor, con la música o con la sembrada?

—Pos con la sembrada, yo creo, nomás que allá es por temporada, o sea, cada vez que llueve.

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Me explicó que visitaba la ciudad cada dos meses y, cuando mucho, permanecía quince días; que sus jornadas en la capital eran de prácticamente 12 horas diarias caminando entre edificios y juntando un pocos pesos; que era totalmente lírico, que sí sabía leer el español, pero que no sabía leer partituras; y que su vida era ir del campo a la ciudad y de regreso, en una auténtica crónica urbana con olor a los maizales poblanos y con la piel curtida por el sol chilango.

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