Hace ya algún tiempo mi camino de rutina me obligaba a pasar frente a un lugar donde a cualquier hora, día de la semana, sábado de fiesta, domingo familiar, lunes de asueto, las escalinatas de la entrada eran imposibles de transitar. Siempre una doble fila de autos en avenida Cuauhtémoc esquina con Viaducto frente a la plaza Parque Delta.

La pregunta no era solo mía, en lugares totalmente opuestos con personas que no tenían nada que ver una de la otra también se cuestionaban ¿qué tipo de comida venden ahí? ¿qué es lo que regalan?

Un día escuché a mi instructor en el gimnasio decir extrañado que él sólo se formaría por descubrir el misterio, también mis compañeros de trabajo comentaban que tal vez vendían una paella riquísima o cortes de carne. Eso me llevó a comenzar tan grande expedición.

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Una noche, con la resignación a cuestas a sabiendas que la espera sería muy larga, decidí tomar un boleto en aquel artefacto rojo igual que el despachador de turnos del supermercado. El número era el terrible 64 en una fila enorme de personas, entre parejas, familias enteras y grupos de amigos. Mi tiempo estimado era de dos horas, pero mi curiosidad era más grande que mi poca paciencia para entrar a un establecimiento.

Prendí un cigarro, no tardó en consumirse cuando un mesero gritó mi turno. No lo podía creer, sólo pasaron diez minutos y no dos horas como pensaba. Ahí estaba yo con las puertas abiertas a mis pies y un letrero de bienvenida color verde y oro que decía “La casa de Toño”.

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Con paredes claras, lámparas y mesas por todos lados, lejos de parecer un restaurante de comida rápida aquello era muy acogedor, parecía una casa con un comedor enorme donde convivíamos desconocidos de todos los estratos, credos y condiciones sociales.

La carta llegó junto con la sonrisa de un mesero. En ese momento descubrí aquel misterio, su especialidad era el pozole rojo con sus derivados: de cabeza, maciza, surtido o mixto y el vegetariano con flor de calabaza, granos de elote y champiñones. Eso para abrir mi apetito. Pero también llamaban mi atención los sopes especiales con cochinita pibil, las quesadillas, tostadas de hongos o una orden de flautas surtidas con carne, papa y pollo. Una mujer que compartía el espacio conmigo, me recomendó “lo mejor es el postre, el flan de la abuela. Deje un espacio”.

Hay sabores que no se pueden poner en palabras. Saben a lo que son, pero con un ingrediente adicional, ese toque casero que todos añoramos como cuando niños. Si uno cierra los ojos y lo come con confianza, sentirá cómo un frescor placentero le sube a la cabeza.

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Foto Alan Flickr

Pues ese placer gastronómico no era sólo el atractivo, el verdadero encanto del lugar era la diversidad, la convivencia entre la humanidad, las historias contadas en cada mesa.

Tantas y tantas historias que a diario se pueden contar en una mesa, tal como la de Toño, el dueño de este lugar que un sábado del mes de marzo de 1983, a los 18 años emprendió su negocio únicamente con un anafre, un comal y algunos guisos mexicanos para vender quesadillas, guisos preparados por su madre, su abuela y Aurora, persona muy allegada a la familia, en la calle Floresta de la colonia Clavería.

Debido al éxito, continuó trabajando en el zaguán de su casa, a sólo unos metros de donde estaba el primer puesto en la calle. Una vez establecido en este nuevo lugar, su fama creció de tal forma que decidió prescindir de su carrera académica en derecho, para formalizar y continuar de lleno con el restaurante de antojitos mexicanos.

Si, ésta es la historia de un mexicano como tantos en el país que ha logrado vencer las adversidades y posicionar el sazón de su familia en el gusto de muchos, y también del mío.

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Si, aquel lugar me conquistó, así como ha conquistado a miles de capitalinos, de todos los niveles y condiciones, por su rapidez en el servicio y la calidad de los platillos. Al probar cada uno es como un apapacho en un día de frío.

Por fin aquella noche descifre el enigma, aquel en el que todas las noches una inmensa fila espera en las escalinatas del lugar sin importar el clima, la hora, ni el momento, porque las ganas de repetir más de una vez, y a un precio accesible, el pozole, las quesadillas, los tacos de cochinita pibil, las flautas y las tostadas bien valen la pena esperar unos cuantos minutos o hasta horas.

Y todo como en la vida, el postre siempre es lo más esperado. Y sí, el magistral y supremo sabor del flan de la abuela a cualquiera le hará regresar por un instante a los momentos más felices de la infancia.

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