El padre de Pedro era un fumador empedernido. Él lo miraba con atención. Su figura rodeada siempre por volutas de humo lucía importante y especial a los ojos del pequeño. Por eso no hizo falta demasiado para que siguiera sus pasos. Cuando Pedro tenía 9 años su padre se descuidó, dejó una bacha de Delicados a la mano del niño y él, raudo, tomó el fragmento todavía humeante.

Las circunstancias son caprichosas y quisieron que el entonces feliz hallazgo se diera en compañía de sus primos, seis niños entre 7 y 12 años que veían la bacha como un trofeo que estaban por recibir. Fue suficiente para que cada quien le diera una probada. Pedro se sintió superior a los demás porque no le raspó y pudo darle el golpe sin problemas, mientras que el resto luchaban con la irremediable tos. Sin embargo, todos estaban contentos. Después de todo y en su percepción, al fumar se convertían en adultos.

Pero la travesura infantil no pasó desapercibida. Pronto se enteró su hermano mayor quien era la figura de autoridad de facto. El regaño no se hizo esperar, no sólo porque estaba fumando a esa edad, sino porque, además, le había compartido a sus primos. Así, el estigma cayó sobre él: era la mala influencia.

Foto: Ludmila Tavares

Foto: Ludmila Tavares

A pesar de la llamada de atención, siguió consumiendo tabaco, según podía hacerse de algunas monedas al ir por mandados. A escondidas, en el trayecto entre la primaria y su casa, se fumaba un cigarro de vez en cuando. Pero antes de llegar a su destino, tenía la precaución de revolcarse en el pasto. En su cabeza, la medida era suficiente para que se le quitara el olor.

Tal vez su incipiente carrera como fumador hubiese seguido sin contratiempos de no ser porque una vez, ya cumplidos los 12, le robó a su hermano cinco pesos de cambio. Llegó a la tienda dispuesto a comprar dulces, pero el antojo del cigarro fue mayor, así que se lo compró. No contaba con que su hermano se daría cuenta de la falta de dinero y que iría a buscarlo, encontrándolo in fraganti. Sin mediar palabra, le cruzó el rostro con un golpe tan fuerte que casi lo tiró. A punta de porrazos y de gritos lo regresó a su casa y le amenazó con no darle dinero nunca más.

Pedro ya entraba a la adolescencia y, si bien, decidió darle un descanso al cigarro, pronto se encontró con la oportunidad para probar alcohol. Tenía 13 años. Su cuñado trabajaba como sonidero y un día volvió temprano a casa. Enfiestado, con una botella de tequila Casco Viejo y un par de cocas familiares, decidió seguir la juerga, esta vez al lado del puberto. Empezó a conectar sus aparatos para poner música de pronto vio que le hacía falta un cable. Decidió regresar por él, pero antes de salir un entusiasta Pedro le dijo:

—¿Qué pedo? ¿Me vas a dar barra libre?

—Sí, güey —respondió—. Tómate una.

Pedro no supo a qué se refería con una, pensó que se trataba de la botella, así que se empezó a servir con la mano bastante suelta. Todo lo que él sabía sobre la bebida era que las cubas se preparaban con refresco y alcohol, entonces él le daba unos golpes a la botella de tequila y le agregaba un chorrito de refresco. En cosa de 45 minutos consumió tres cuartos de botella. Estaba al cuidado de su sobrina, de escasos 6 años. Conforme tomaba, veía a la niña más y más borrosa. Al cabo de un tiempo, brincaba y jugaba como pequeño con ella. Todo era risas y diversión hasta que regresó su cuñado.

—¿Qué pedo, güey?

Al mirar a su sobrino político en evidente estado de ebriedad, se dio cuenta de lo que había pasado:

—¡Hijo de tu puta madre! ¡Te la acabaste!

—Noooo —dijo Pedro con esfuerzo, tratando de darse a entender en el lenguaje que tan bien conocen las personas pasadas de copas—, ahí queda to´vía, hic.

—¡Métete a dormir, cabrón! ¡No mames!

A punta de golpes y empujones lo llevó hasta la cama para que durmiera, contra la voluntad del recién iniciado ebrio. Al fin se quedó quieto y resignado en la cama. Pronto se durmió. Pero en el sueño estaba orinando. La sensación era tan placentera que el cuerpo lo registró como una autorización para vaciar la vejiga. El joven ni se inmutó y la abundante meada lo mojo de los pies al cuello.

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Tal vez todo se hubiera quedado ahí de no ser porque al otro día tenían la visita de una prima que regresaba de Estados Unidos y que les llevaba obsequios de “el otro lado”. Su hermana, ignorando la situación, se encaminó a la habitación para despertarlo, pero el cuñado se interpuso en el trayecto:

—No. Yo lo despierto, yo lo despierto. No hay pedo.

Abrió la puerta, se acercó al joven y dijo:

—¡Párate, hijo de la chingada! Métete a bañar.

Pero Pedro seguía intoxicado. Escuchaba la voz lejos, como al final de un pasillo, y su cuerpo no respondía. El cuñado insistió:

—No mames. Tienes que estar bien. Viene tu prima y tu hermano te mandó cosas.

La palabra “hermano” fue mágica. Al escucharla, el miedo pudo más que la ebriedad y se paró con esfuerzo.

—¿Cómo que mi hermano? No, no, no. ¿Qué hago? —dijo el joven aturdido.

—Métete a bañar —respondió el cómplice— y te lavas bien el hocico, como cinco veces.

Todavía tambaleándose, se metió a bañar. El agua hizo lo suyo. Eliminó los residuos de orines y de alcohol. Se lavó insistentemente la boca, tal como se lo indicaron. Se cambió y recibió a las visitas. Todo transcurrió con relativa calma y franca camaradería. Sólo el esposo de la prima comentó:

—Oye, hueles como a crudo.

Pedro replicó de inmediato:

—No. Quién sabe. He de estar mal del hígado.

Esa fue la primer borrachera del joven, aunque después de la experiencia decidió que, en ese momento, el alcohol no era lo suyo y lo volvió a probar hasta dos años después. Pero la mariguana no corrió con la misma suerte. Esa sí que le gustaba.

Así como probó el alcohol por primera vez a los 13 años, lo hizo con la mariguana. Después de todo, ya había entrado a la secundaria y se sentía mayor. Una vez más, el azar quiso que se encontrara una bacha. Iba caminando por la calle y la vio solitaria sobre una bardita. Al mirarla pensó que eran restos de Delicado, como aquella que había fumado por primera vez. La bajó y empezó a fumar. Pronto se dio cuenta que eso no sabía a cigarro, pero de todas maneras se lo terminó.

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Foto: Nicolas Troncoso López

Fue el mejor cigarro de su vida hasta ese momento. Todo lo empezó a ver brillante y esplendoroso, el cielo, las plantas, los pájaros. Incluso los árboles se movían con él. Sentía que estaba en el espacio y que con cada paso podía llegar a la luna. Necesitaba más de eso, pero no sabía dónde conseguir. Entonces lo mandaron por las tortillas. No podía oponerse así que fue. Al llegar, notó un olor raro que salía de detrás de las máquinas. El aroma a mariguana es inconfundible. Pedro se asomó y empezó a tocar en el mostrador gritando: se roban las tortillas. Después de un rato salió a atenderlo el señor Miguel, dueño de la tortillería. Le pidió un kilo y un favor:

—Oiga, don Miguel, hágame un paro, regáleme su bachita, ¿no?

El tortillero lo miró sorprendido, lo conocía desde pequeño y ahora estaba ahí, frente a él, pidiendo un poco de droga.

—¿A poco fumas, pinche escuincle? —dijo incrédulo.

—Sí —respondió el niño y agregó en tono suplicante—, regáleme una. Si usted no raja, yo tampoco.

La seriedad en la sentencia fue suficiente. El señor Miguel le regaló su primer “gallo” armado. Pedro estaba emocionado, pensó que le duraría todo un año. En realidad se acabó a las tres semanas, pero ya tenía el camino marcado. La respuesta era simple: ir por tortillas.

Aprendió a identificar a las personas que fuman mariguana en la calle porque llevan la mano en forma de “cuevita”. Ahí es donde esconden el cigarro que, en esa posición, se puede fumar y ocultar sin problemas. Así conoció a sus nuevos mejores amigos. Estaba caminando por la calle y llevaba su porro en la mano. Enfrente vio a unos jóvenes mayores que él y se puso nervioso. Por temor a que lo descubrieran, empezó a caminar más rápido, dándoles alcance pronto. Los miró de reojo y notó que la posición de la mano era igual a la suya. Aliviado, levantó el gallo, lo mostró y dijo:

—Salud.

—Salud.

Respondieron amablemente los jóvenes. Entonces empezaron a platicar. Ya iban en la prepa, quedaba por el mismo rumbo así que tomaron la costumbre de encontrarse en la mañana para consumir juntos en el trayecto.

“Un gran hombre”

En algún momento, uno de ellos le preguntó:

—Güey, ¿qué pedo? ¿Tienes más amiguitos que fumen?

Pedro no tenía amigos. Era el típico niño gordo retraído al que todos le hacían burla.

—No. Soy el único.

Los nuevos amigos le invitaron a que consiguiera más amiguitos que fumaran, a cambio, le regalarían su dotación. Pedro aceptó. Empezó a enganchar a sus compañeros de salón.

—¿Qué tranza? Vamos a fumar, ¿no? ¿A poco no fumas? ¿Quieres probar algo?

Eran parte de sus líneas para empezar a vender. En otras ocasiones recurría a la mera curiosidad de los adolescentes. Los invitaba a jugar al parque en donde ya lo estaban esperando los otros. Al llegar, jugaban un rato a la pelota y al poco tiempo los amigos mayores le hablaban, entonces se acercaba. Todos se desconcertaban ante eso. ¿Por qué ellos, que a todas luces son mayores, le hablan “al pinche gordito”? Pedro y sus amigos empezaban a fumar. El resto se acercaba curioso. Les ofrecían y fin de la historia. Un miembro nuevo a la cartera de clientes.

Foto: Laura Chambueta

Foto: Laura Chambueta

Para Pedro era fácil. Lo veían como el gordito inofensivo. Además, era un igual, no una amenaza. Todos tenían el mismo humor, la misma estatura, la misma cara de ingenuidad. Al terminar el primer año de secundaria, Pedro ya tenía 15 clientes fijos, pero todavía no estaba bien posicionado, ni sabía bien del negocio. Para tercero, ya le surtía a media escuela. Vendía bolsas de 30 pesos que medían 15 por 15 centímetros. Él lo vio como el negocio de su vida, no sólo tenía dinero, también tenía drogas gratis y el respeto y la “amistad” de todos. Vender droga lo hizo popular.

Pero no era el único proveedor de la escuela. También estaba Paquito, a quien conocía desde la infancia porque era su vecino y con quien llegó a un arreglo, prometiendo que no iban a tener problemas por eso y que serían amigos toda la vida. El otro proveedor era de una colonia aledaña, así que para evitar problemas con él sólo tuvo que decirle a sus amigos mayores y ellos se encargaron de aclarar las cosas. Además, uno de ellos vendía “piedra” —crack— , así que no se disputaban el mercado.

En tercer año ya no sólo vendía en la escuela, también se extendió al parque y se puso a dos cuadras de su casa. Caminaba por ahí sin rumbo fijo. La publicidad de boca en boca ya había hecho su parte, no hay mejor recomendación que “ese güey vende y trae buen material”, así que la gente ya lo conocía. Ante el auge del negocio, amplió las opciones, además de mariguana empezó a vender cocaína, piedra y unos chochos verdes que jamás ha vuelto a ver, pero que le gustaban mucho.

La gente se le acercaba.

—¿Tú eres el gordito?

—Sí, ¿cuántas?

—Dos.

—¿Suaves o duras?

La transacción se hacía rápido y sin llamar la atención. Aprendió pronto los distintos nombres que les dan a las drogas. Si querían mariguana, pedían mota, yerba, café, cualquier cosa que tuviera que ver con algo verde. Si era piedra, algo firme: duras, muelas, pilas. Coca: blanca, suave, nieve. Pastillas: nenas, ruedas, tachas. LSD: ajo, aceite, acero, ácido, cuadro. Además, la experiencia le hizo reconocer al tipo de consumidor por su fisonomía, lo cual hacía más fácil el intercambio. Por la noche, llegaban sus amigos para hacer cuentas. Entregaba el dinero y el material que había sobrado, y le daban su parte.

A los 15 años el negocio ya iba viento en popa. El plan maestro de convertirse en “un gran hombre” se estaba cumpliendo. A menudo fantaseaba con la idea de comprar una pelota de a kilo de coca y empezar a venderla o cortarla. Así podría independizarse, ganaría mucho dinero, tendría casas, mujeres, camionetas. Todo lo que quisiera.

Foto: Juanedc

Foto: Juanedc

Pero no sólo era buen vendedor, también era un asiduo consumidor y en su casa empezaban a notar los ojos rojos y el corazón contento. Cuando le preguntaban qué tenía, el respondía que extrañaba a su mamá, que murió cuando él tenía 6 años. El tema de la madre es delicado, así que dejaron de preguntar.

Tenía la mercancía a la mano y la posibilidad de consumirla gratis, así que no la desaprovechó. Le gustaban mucho los chochos de un color verde intenso. Cuando se los comió, no sintió nada, así que siguió caminando. De pronto, algo en su cerebro se activó, fue como un toque de campana que empezó la fiesta. Era mágico. Todo se llenaba de colores brillantes, las líneas rectas se hacían curvas, todo se movía con él.

La primera vez que probó coca no fue tan placentero. Estaba en el baño de la escuela, armando su plan maestro para ser un gran hombre. Tenía un papel de cocaína —el gramo se divide en puntos. Diez puntos son un gramo. Un papel bien surtido trae dos puntos— y decidió probarla. Los baños eran un cuadro escatológico para estómagos duros. No tenían puertas, estaban rotos y pintados, los excusados llenos de mierda. La mierda también cubría las paredes en forma de letreros. Ahí, en medio de todo eso, estaba Pedro con su papel de coca. Empezó a molerla como veía que lo hacían sus clientes. Cuando terminó de moler y para no desperdiciar ni un poco, inhaló todo. Al instante, se le durmió la nariz y la lengua, la garganta le supo amarga, las manos le empezaron a sudar y sintió mucho frío. El instinto lo llevó a vaciar todo el contenido de sus intestinos. Defecó plácidamente. Cuando terminó, regresó al salón de clases. Él no sabía qué estaba pasando. Tenía la mandíbula trabada y sentía que todos lo observaban. Empezó a entrar en pánico y se salió.

Era la primera vez que la experiencia con alguna sustancia no era agradable. Como no le gustó pensó que lo había hecho mal, que debía ser diferente. Así, aprendió a dosificar el papel con las llaves y a inhalar de a poco.

Adiós al plan maestro

Estaba en la recta final para terminar la secundaria. Tenía 15 años y pronto sería un gran hombre, entonces sus amigos pasaron por él a la escuela en coche, porque el negocio iba muy bien.

—Vente, güey, vamos a dar la vuelta.

Él se subió despreocupado y lo llevaron a Tacuba, por el metro Panteones. Se estacionaron, le dieron una mochila y le dijeron:

—¿Quieres saber cómo se ve un cuarto de hachís?

—¿Un cuarto de qué? —preguntó—, ¿qué es eso?

Pedro ni siquiera sabía de qué hablaban. Nunca en su vida había escucha del hachís, mucho menos sabía como se veía. Los amigos abrieron la mochila escolar y sacaron un ladrillito negro.

—¿Y ese pinche tabique crudo qué?

Dijo Pedro, incrédulo.

—Esto es hachís. Tienes que ir a esa casa —le señalaron un departamento—. Vas, preguntas por fulano de tal y dejas la mochila ahí.

—Simón.

Pedro, confiado y acostumbrado al manejo de drogas y a seguir sus órdenes, hizo exactamente lo que le dijeron. Pero cuando quiso salir, en la puerta del edificio ya lo estaban esperando un par de sujetos mal encarados, con anillos, cadenas, lentes oscuros y bigotes prominentes. Lo sujetaron con fuerza.

—¡Ahora sí ya valiste verga!

Lo subieron a un coche de la policía judicial y lo llevaron al rumbo de Tepito. Ahí, lo encerraron en un cuarto de vecindad. Pedro no sabía qué estaba pasando y no tuvo más remedio que esperar. Al poco tiempo, entró uno de los sujetos y lo empezó a golpear. Entre golpe y golpe, le decía que se lo iba a cargar la chingada por vender drogas y que ya iba directo al tutelar. Los golpes fueron tantos, que lo dejaron llorando en el piso, en posición fetal. Cuando el hombre lo vio así, dejó de pegarle, en cambio, lo levantó por la cintura, le bajó los pantalones y lo penetró con fuerza sobre la cama. Cuando el líquido blanco llenó el juvenil recto, el hombre se paró y le volvió a pegar hasta el cansancio. Entonces se fue.

Pedro escuchó cómo se cerraba la puerta. Había dejado de llorar. Ni siquiera tenía lágrimas. Estaba completamente en blanco. Un par de horas después, entró otro hombre y pensó con terror que volvería a ser violado, pero no. Solamente le dio otra golpiza, acto que, en esas circunstancias, lo hizo sentir aliviado. Llegó la noche sin darse cuenta, se quedó dormido. A la mañana siguiente, escuchó el ruido de unas llaves al caer. Se levantó a ver y, en efecto, las llaves estaban ahí, a sus pies. La tomó, abrió la puerta y salió corriendo. No sabe cómo, pero llegó al metro Revolución. Pidió ayuda para regresar a su casa.

Foto:  Jgoge

Foto: Jgoge

A partir de ese día, el sueño se derrumbó. Mientras era penetrado decidió que no quería eso. No estaba dispuesto a pagar el precio para ser un gran hombre, al menos no así. Dejó de ir a la escuela. No quería ver a nadie. Ya no tenía dinero ni amigos.

Un día, los jóvenes para quienes vendía lo encontraron en la calle y lo subieron al vehículo.

—¿Dónde está el dinero? ¿Dónde está el hachís?

Preguntaron con violencia. Pedro sólo pudo responder:

—No mamen, están sobre ustedes.

Entonces les contó lo que pasó, sin entrar en detalles. Ellos lo dejaron ir. Un par de semanas después, la policía los detuvo y los metió a la cárcel.

A pocos meses para terminar la secundaria, Pedro decidió alejarse de todo, de la escuela, de los conocidos, del cigarro, de las drogas y del alcohol. Consiguió un trabajo como cerillo en un supermercado cercano a su casa. Fue a hablar con todos los maestros, les dijo que tenía problemas familiares y que ya no podía seguir yendo. Les pidió que sólo le aplicaran los exámenes. La mayoría aceptó, excepto el de matemáticas. Él se negó rotundamente, argumentando que ir a la escuela era su obligación y lo único que debía hacer a su edad.

Sus compañeros de generación salieron. Él inventó todas las mentiras posibles para que en su casa no se enteraran de su deserción escolar. Un conocido suyo hizo las veces de hermano ante las autoridades magisteriales e intercedió por él.

Volvió a hablar con su profesor de matemáticas.

—Mire, la neta es que yo no voy a estudiar, no me gusta la escuela. Yo voy a trabajar, ese es mi pedo, es mi vida y necesito que me apliques el extraordinario o cómo le hacemos.

El profesor, resignado, respondió:

—Entiendo que tengas pedos y si ya te vas a dedicar a chambear, saca tu certificado. Consigue el libro “Historia e historias de matemáticas” y con eso te pongo seis en tu extraordinario y sacas tu certificado.

Era todo lo que Pedro quería, una salida. Fue a Copilco, compró el libro, regresó a la escuela, lo entregó al profesor y presentó su examen. El maestro le recomendó:

—No lo vayas a marcar mucho para que yo lo responda por ti y valga tu seis.

Así lo hizo. Así consiguió su certificado de secundaria y así decidió que vender droga no era el plan maestro para ser un gran hombre.

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