La fuerza de la devoción

De Chalma sabía tres cosas: que era un lugar de peregrinación cercano a Malinalco, Estado de México; que estando ahí te ponían una corona de flores en la cabeza y el dicho aquél de “ni yendo a bailar a Chalma”. Las primeras dos cosas las supe porque siendo niña, me llevaron a Malinalco y al pasar por ahí había mucha gente y me pusieron una corona de flores que me pareció di-vi-na. El resto, cultura popular, supongo. Casi 30 años después ahí estaba yo, a la mitad del camino entre aquél santuario y la delegación sureña del Distrito Federal llamada Milpa Alta. ¿Qué hacía yo ahí? ¿De dónde me había salido lo peregrina? Fue algo así como una coincidencia, un amigo llamado Valentín me invitó a una caminata de tres días que resultó ser una peregrinación.

—Bueno ¿y qué se celebra o por qué vamos esos días o qué de qué? —le pregunté intrigada a Valentín.

—-Es por el día de Reyes, la mera fiesta es el 5 de enero en la noche y por eso debemos salir tres días antes —respondió Valentín, pacientemente.

Así me enteré que los peregrinos van a Chalma varias veces al año: Navidad, Reyes, Miércoles de Ceniza, primer viernes de Cuaresma, Semana Santa, Pentecostés, 1 de julio (día del Señor de Chalma), 28 de agosto (día de San Agustín) y 29 septiembre (San Miguel Arcángel).

—A mí no me gusta ir en marzo porque va menos gente y es más probable que te asalten —aclaró Valentín.

FOTOS PEREGRINOS CERRO2

Así las cosas, Valentín, Ángel (mi pareja) y yo salimos de Milpa Alta el sábado 2 de enero en la noche para empezar a caminar y caminar y caminar hasta algo llamado Agua de Cadena, en donde pudimos descansar un par de horas. Pero todavía faltaba mucho para llegar a Chalma así que el domingo 3 de enero, pasando el medio día, continuamos con rumbo a nuestro destino final.

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A esas alturas ya estaba muy cansada pero traté de consolarme con la información de que entre Agua de Cadena y Santa Martha, el lugar en el que pasaríamos la noche, sólo había un cerro; el problema fue que resultó ser “El” cerro, un lugar con pendientes pronunciadas que primero hacían una tortuosa subida y después una temible bajada. Fue la primera vez del trayecto en el que vi sufrir a otros peregrinos: se esperaban, bajan el paso, incluso se amarraban trapos a las piernas.

Ángel es bueno para las subidas, yo para las bajadas. Él ideó un sistema para ayudarme a subir: puso su bufanda alrededor de la su cintura y me dio los extremos. Así, yo podía usarlo de apoyo cuesta arriba, facilitando el ascenso. La idea funcionó. Fue pesada pero soportable.

En la cima, vimos muchas cruces, ofrendas que dejan los peregrinos en su travesía. Seguimos caminando y Valentín nos dijo que esa había sido la última subida pesada. Ya eran como las tres de la tarde y teníamos que llegar a Santa Martha antes del anochecer. Era el momento de la bajada. Empezamos el trayecto cuesta abajo. Me acerqué a Valentín, quien reanudó la conversación.

—Mira, a partir de aquí caminé descalzo de regreso a Milpa Alta —dijo, señalando una vuelta en medio del cerro—. Es que esa vez traía botas y me iba a regresar luego pero me encontré a unos amigos y me dijeron que me esperara. Pasamos dos días juntos y cuando me quise regresar ya no tenía dinero para el camión, así que me tuve que ir con los que volvían a Milpa Alta caminando, pero las botas me lastimaron y mejor me las quité. El resto del camino me lo aventé descalzo y les ayudé a cargar un nicho.

FOTO PEREGRINOS cerro

Lo vi con admiración. Caminar desde ahí hasta Milpa Alta es de por sí una tarea bastante ardua, encima hacerlo descalzo me parecía casi una locura.

Más adelante, empecé a ver casas de campaña. Valentín me explicó que mucha gente acampaba en las faldas del cerro, que se organizaban por barrios y en la noche había cena y baile, pero que hacía mucho frío.

Llegamos a la carretera cerca de las cinco de la tarde.

—Ya vamos a llegar a Santa Martha, a este ritmo llegaremos como en media hora —dijo Valentín.

Media hora más caminando no me parecía cerca de nada. Sólo habíamos dormido una hora y entre subir y bajar el cerro se nos habían pasado casi cinco horas. Estaba cansada, soñolienta y con hambre, pero no había más remedio. Teníamos que seguir caminando. Era eso o buscar refugio en alguno de los campamentos vecinos, con los conocidos que Valentín se había encontrado hasta ese momento.

FOTO PEREGRINOS

Anduvimos al lado de la carretera y luego nos internamos en un camino que corría paralelo. Valentín me platicó de aquella vez que había dado vuelta en la esquina equivocada y había terminado perdido entre los cerros de las inmediaciones de Santa Martha.

—¿Ves ese cerro de por allá? —me dijo señalando a lo lejos—, bueno, pues por ahí estaba yo.

Debe ser terrible perderte en esas circunstancias. Bastante se ha caminado desde Milpa Alta como para que encima te hagas un par de horas más por un error. Agradecí ir con guía experimentado, quien ya se había perdido antes para que a nosotros no nos pasara lo mismo. Empezamos a caminar por una calle en la que se anunciaba la renta de habitaciones para peregrinos. Al fin estábamos en Santa Martha.

Ángel y yo seguimos mecánicamente a Valentín, quien buscaba la casa en la que ya se había quedado en otras ocasiones. Al llegar, resultó que el área común (la más barata) ya estaba ocupada, sólo quedaba una habitación con una cama por 300 pesos la noche. Decidimos buscar en otro lado. Tras un par de intentos infructuosos, encontramos una habitación bastante grande con una cama matrimonial por 200 pesos. En la habitación había un montón de cartones, los cuales hicieron las veces de colchón para Valentín. El problema es que no había cobijas. En la cama sólo había una escuálida colcha. También había algo así como un delgadísimo cobertor que le cedimos a Valentín. Tampoco tenía cortinas. Por si fuera poco, entre la parte superior de la ventana y el techo no había pared así que el viento frío, los bichos y cualquier transeúnte que pasara por ahí, podía entrar a nuestro cuarto sin empacho. Pero eso era mejor que nada, incluso era mejor que buscar algún refugio en las faldas del cerro.

Estábamos sucios, hambrientos y cansados. Decidimos combatir los males uno por uno. Primero buscamos un sitio para darnos un baño y apartamos nuestro lugar, mientras se duchaban los que estaban antes que nosotros; luego fuimos a la tienda más cercana a comprar shampoo y jabón. De paso, aprovechamos para ver qué vendían de comer por el rumbo. Al regresar al lugar de las regaderas, ya había casi una docena de personas que esperaban su turno. Por fortuna, respetaron el nuestro.

FOTO GELATINAS

Una vez limpios, lo duro fue ver si primero dormíamos o comíamos. Decidimos comer para dormir de corrido hasta las 4 de la mañana, hora a la que estaba programado regresar al camino. Valentín y yo fuimos por la cena. Enfrente de la tienda en la que habíamos comprado los productos de limpieza, pedimos un par de quesadillas. Ángel se había quedado en la habitación, cuidando las cosas. Valentín y yo cenamos en el local y pedí las enchiladas para llevar. Regresamos a la habitación, le extendí las enchiladas a Ángel, quien se dispuso a comerlas. Valentín jaló una mesa plegable que estaba a la mano para recargarla en la puerta, pues no tenía llave. Sabíamos que si alguien quería entrar, eso no lo detendría, pero al menos nos alertaría ante el intruso.

Apagamos la luz y nos dispusimos a dormir. Para mí, fue imposible. El frío se sentía más crudo que en el monte, quizás porque no estaba en movimiento. Tenía los pies helados y por más que los acercaba a Ángel, no lograba calentarlos ni un poco. Él también estaba congelado. Para acabarla de amolar, un grupo de señores se instalaron justo afuera de la habitación y se pusieron a platicar. Entre el ruido de afuera, el frío y la inseguridad del lugar, dormir se convirtió más en un acto de necedad. Escuché los ronquidos de Valentín y de Ángel. Me dio envidia. Cerré los ojos y respiré. Era lo único que se me ocurría hacer en esos momentos. Al final, el cansancio me venció.

Valentín nos despertó a las cuatro de la mañana, según lo programado. Yo no tenía ni ganas ni fuerzas para salir de la cama. Valentín insistió. Ya era lunes 4 de enero. Llevábamos tres días en esa travesía y, según lo programado, por fin llegaríamos a Chalma. Esa idea fue la que me hizo levantarme: saber que al fin llegaríamos a nuestro destino. Recogimos nuestras cosas y salimos de la improvisada habitación.

Afuera vendían gelatinas.

—¿Cómo se les ocurre vender gelatinas con este frío? —observó Ángel.

Yo tampoco lo entendí pero al parecer era un producto muy popular. Valentín compró un café y un tamal. Ángel y yo nos abstuvimos. Tomamos la carretera, en la que ya había peregrinos caminando. Decidimos ir despacio para no agotarnos en las primeras horas. Ángel tenía una lesión en el pie derecho y le costaba mucho trabajo caminar. Más adelante, volvimos a dejar la carretera y tomamos un camino lodoso. Valentín me contó que antes era mucho peor, era más estrecho y corría por ahí un arroyuelo que convertía todo en un lodazal, haciendo muy difícil ese tramo de la caminata.

FOTO SANTA LUCÍA

A lo lejos vimos una iglesia iluminada con luces neón, dándole un aire espectral. Era Santa Lucía. Valentín y yo intentamos apretar el paso pero Ángel tenía serios problemas para mantener ese ritmo. Decidí regresarme y caminar a su lado. Después de todo, él me había empujado el día anterior en las subidas; era justo que yo fuera su cayado en las bajadas. Valentín tuvo que armarse de paciencia para no dejarnos atrás. A mí me dio un poco de pena. Le propusimos a Ángel que tomara un camión a Chalma pero se ofendió. Entonces le sugerí a Valentín que él se adelantara y no quiso hacerlo. Seguimos caminando los tres juntos.

El amanecer nos alcanzó en algún lugar de Ocuilan, Estado de México. Supongo que para entretenerse, Valentín empezó a decir los cultivos, flores y plantas que salían en el camino. Identificó un montón de campos de chícharos, nos contó cómo se raspaba el maguey para sacar el pulque y hasta nos encontramos a un señor que justo lo hacía en ese momento. Después encontró unas zarzamoras silvestres. Ángel y él se pusieron a cosechar los frutos que ya estaban listos. Se comieron algunos y guardaron el resto.

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Otra vez vimos un puesto de gelatinas. Ángel y yo teníamos hambre así que decidimos probar. Las gelatinas nos dieron fuerza para seguir hasta el siguiente pueblo con “puesto de atención al peregrino”: Santa Mónica. Cuando llegamos a donde estaban las mesas de las distintas mayordomías, empezamos a sentir que moriríamos, sólo había carne y nosotros somos vegetarianos: tacos de carnitas, tacos de suadero, tacos de bistec. Vimos a todos los peregrinos que se formaban para tener un par de tacos. Nosotros decidimos tomar un café y sentarnos a descansar. Necesitábamos comer algo así que repasamos las mesas. Encontramos una en la que daban tacos de bistec, acompañados con arroz y frijoles. La solución era sencilla: pedimos tacos de arroz con frijoles. Estaban buenísimos. Tomamos un último café y un último cocol antes de continuar.

Foto Carnitas

A Ángel le seguía doliendo mucho el pie, así que en cuanto vi una tienda en la que vendían medicamento, hice una parada técnica para comprar algunos analgésicos y desinflamatorios. Se tomó el medicamento, aunque no mejoró. Algo es algo.

Según Valentín, era el último jalón antes de llegar a Chalma y nos advirtió que era una bajada bastante traicionera pero resultó que alguien en el gobierno pensó que era una buena idea arreglar y pavimentar el camino. Ángel respiró aliviado. Eso facilitaba su descenso.

A pesar de que habían arreglado el camino, la pendiente estaba considerablemente inclinada, así que había que hacer fuerza en las rodillas para no caer de bruces. Era eso o caminar de espaldas, cosa que me resulta francamente odiosa. Vi el primer puesto en el que ofrecían coronas de flores.

—Ándele, llévesela de una vez para que la camine —dijo la vendedora.

Me gustó la corona, era colorida y las flores se veían bastante frescas, pero me pareció que era demasiado pronto, todavía no llegábamos ni al Ahuehuete, que es donde se supone que se consiguen esas coronas.

Foto templo Balneario 4

Seguimos bajando y conforme lo hacíamos, las coronas de flores estaban más caras y marchitas. Lamenté no haber comprado la primera que vi. Más adelante, elegí una de flores amarillas con rojo que me compró Ángel, aunque, a decir verdad, no tenía idea de qué significaba eso de la corona.

Finalmente llegamos al Ahuehuete. Fue fácil identificarlo. Es un gran árbol con una fuente en la que los peregrinos se remojan. Ángel vio pulque y se compró un vaso. Valentín hizo lo propio. Yo me alejé de ellos con cara de fuchi. Fue entonces cuando leí la placa que está justo al lado del Ahuehuete y me enteré que no se bailaba en Chalma, sino ahí.

Foto Placa Ahuehuete

El lugar estaba lleno de peregrinos. La música tropical de algún puesto aledaño estaba a todo volumen. La gente se refrescaba en la fuente. Varios se aventaban entre ellos, reían, bromeaban. Vi un grupo de jóvenes que en el camino se turnaban para cargar un estandarte, lanzándose agua y chapoteando, como críos. Salieron de la fuente y posaron sin camisa para la foto. Uno de ellos se acercó a Valentín, que estaba sentado a mi lado. Valentín nos presentó, intercambiaron opiniones sobre cómo había estado el camino, el chico se despidió y se regresó con sus compañeros que ya se estaban vistiendo. Otro señor pasó a nuestro lado y saludó a Valentín, era su pariente. De nuevo las presentaciones, las observaciones sobre el camino y la despedida. Era como una gran familia que se reencontraba bajo el cobijo del ancestral árbol.

Tras el pulque, Ángel se sentía mucho mejor así que era un buen momento para regresar al camino. Podría pensarse que del Ahuehuete al santuario del Señor de Chalma ya no es nada, particularmente si partiste de Milpa Alta, pero a esas alturas es algo, es mucho, es un esfuerzo que implica poner a trabajar al cuerpo fatigado de tres días de mal dormir y mal comer, con un cansancio acumulado en las plantas de los pies, convirtiendo los últimos kilómetros en toda una prueba de fuerza de voluntad.

En algún punto del camino anterior, Ángel se había apirañado una vara que hacía las veces de cayado; con la vara de un lado, conmigo del otro y el pulque en su interior, el último tramo dejó de ser un tormento. De cualquier forma, avanzamos despacio porque el camino seguía en reparaciones y además estaba muy inclinado. Entonces encontramos otra cosa curiosa, algo así como vandalismo religioso. Los peregrinos robaban las placas con los nombres de sus calles y los ponían en algún árbol en el camino, era una especie de ofrenda. Iztapalapa era la delegación con más presencia. No encontramos ninguna de nuestra colonia, pero vimos una de la calle Pera de Santa María la Ribera. Ángel me pidió que posara para la foto:

—Anda, tu barrio te respalda —agregó.

Foto Placa Arbol

Yo sonreí y posé, era gracioso, de una forma un tanto retorcida. También vimos que ahí cada vez era más frecuente que las mujeres pasaran cargando las cajas con los estandartes, Cristos y nichos. Hasta antes de Santa Martha, ese era una tarea exclusiva del género masculino. Al menos yo no vi mujeres cargando en esa parte del trayecto. Eso sí, me resultaba particularmente impactante las filas de hombres delgados, jóvenes y de baja estatura que traían a cuestas los pendones y los nichos, deteniendo el peso en la frente con una banda ancha y colorida. Ahora, cuando las mujeres cargaban, siempre había un hombre o dos a su lado, que estaban al pendiente y las apoyaban, en caso de requerir ayuda.

Vi un par de personas que iban descalzas. El que más llamó mi atención iba vestido con ropa alusiva a “las chivas”, el equipo de futbol, de pies a cabeza, hasta la mochila era del equipo.

—Tal vez está pidiendo por su equipo —Bromeó Ángel.

Otro detalle que llamó mi atención es que los hombres también portaban coronas de flores. Seguía sin saber el significado pero, a todas luces, no era un tema de género.

En la orilla de la carretera empezamos a ver puestos en los que vendían crucifijos como los que los jóvenes iban cargando. A pesar del tamaño, no costaban más de cien pesos. También pasamos un par de restaurantes con alberca, un centro chelero atiborrado y un estacionamiento. Entonces, al fin, después de tanto, vimos la calle principal que lleva al santuario del Señor de Chalma.

FOTO PEREGRINOS chica carga cruz

Necesitábamos encontrar un lugar para pasar la noche así que Ángel me nombró responsable de cotización de habitaciones. Encontré una bastante decente por 180 pesos la noche. Tal vez habría más baratas, pero tal vez no. Decidimos no arriesgarnos y renté el lugar. Con ese tema resuelto, seguimos caminando cuesta abajo, rumbo al santuario. Teníamos hambre. Valentín propuso una parada para comer unos tlacoyos porque no recordaba que hubiera puestos más adelante. Eligió un buen lugar. La pasta de haba estaba recién hecha, con frutos cosechados al día. El sabor del tlacoyo de haba era peculiarmente fresco. Todos pedimos dos, con su generosa guarnición de nopales. Con las necesidades corporales cubiertas, seguimos bajando rumbo al santuario.

Entramos por la primera puerta que se nos cruzó. Para llegar al templo, debíamos bajar un montón de escaleras. Me gustó mucho la vista: dos gigantescas columnas sobre pedestales, un balcón que se asomaba en la fachada y debajo la leyenda “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cansados y yo os aliviaré”. El templo del siglo XVII de paredes blancas y torres a los costados, enclavado entre cerros, flanqueado por una gran hospedería de un lado y el río del otro, era mucho más grande y antiguo de lo que imaginé, de hecho, la hospedería fue una sorpresa que no esperaba.

—¿La próxima vez nos quedamos aquí? —preguntó Ángel con entusiasmo infantil.

“Vaya. Con que habrá una próxima vez”, pensé.

Bajamos al atrio y vimos a varias personas que iban de rodillas hasta el templo. Había una fila para entrar y me formé. Valentín se acercó y dijo:

—Yo ya me persigné. Los espero de éste lado —y señaló unas bancas a la derecha.

Ángel se formó conmigo y conforme nos acercábamos vimos que el guardia de honor de la puerta pedía a las personas que dejaran sus coronas de flores en unas columnas dispuestas para el caso. Yo todavía no estaba lista para desprenderme de la corona, así que me la quité y la pasé “de contrabando”.

Foto Templo 2 chida portada

Entramos al templo y la fila nos condujo hasta enfrente del altar. Cuando vi al Señor de Chalma me sentí un poco contrariada, en mi cabeza era negro. Según yo y mi cabeza el Señor de Chalma debía ser negro pero no, era un crucifico más o menos igual a los muchos que he visto en mi vida, con piel clara, cabello largo y taparrabos blanco ricamente adornado. De cualquier forma me emocioné, había caminado muchísimo para llegar hasta ahí y lo menos que podía hacer era arrodillarme y dar gracias porque había soportado un trayecto de poco menos de 90 kilómetros.

Ahí, arrodillada frente al Señor de Chalma, me di cuenta de mi fortaleza y también de quienes me acompañaron en el trayecto, conocidos y desconocidos.

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FOTO SR CHALMA y CABALLOS

Me levanté y me formé en una fila aledaña. No sabía a dónde conducía, pero debía ser interesante porque había un montón de gente esperando. La fila nos llevó hasta un padre que nos salpicó con agua bendita y luego a una bifurcación, para un lado estaba una fuente con grandes pinturas colgadas en las paredes laterales y para el otro lado la salida. Fuimos a la fuente y después miramos las pinturas. Un señor que estaba en una mesa colocada en el extremo nos vio muy interesados en el lugar y empezó a soltar un discurso que se le notaba muy practicado:

—¿Saben qué significa Chalma? —preguntó de manera retórica pues ni siquiera nos permitió responder—. Quiere decir “lugar de arena y cuevas”. ¡Y es que aquí hay mucho de las dos! ¿Sabían que antes de que llegaran los españoles aquí se hacían adoraciones paganas a Oztoteotl y Tlazacotl? —y otra vez se siguió de corrido sin que pudiéramos responder algo—, pero por obra y gracias de Dios, en 1539, apareció la bendita imagen de nuestro Señor de Chalma, con los ídolos destruidos a sus pies —nosotros sólo asentíamos con la cabeza y abríamos mucho los ojos, en señal de sorpresa—. Desde entonces empezaron a venir muchas personas a verlo y como es muy milagroso, adquirió fama y cada vez recibían más y más peregrinos así que los padres agustinos, que eran los que estaban aquí, decidieron construir este bendito santuario, porque ni modo que las personas enfermas o los viejitos fueran hasta la cueva, ¿verdad? —de nuevo, asentimos con la cabeza—, y en 1683 se terminó de construir el primer santuario. Ahí está todo en un libro que venden en la tienda del templo, cómprenlo.

Después de semejante comercial, perdimos el interés por las pinturas y salimos por un puente. Desde ahí, se podía ver a la gente retozando en el río que corría al lado del templo.

Foto templo Balneario 5

—¡Mira, una iglesia-balneario! —gritó Ángel, señalando a la gente que estaba chapoteando en el río.

Sonreí con la observación. Era verdad. El santuario tenía más bien pinta de centro vacacional. Nos aproximamos a la salida y vi un salón cerrado con muchas pinturas en la pared. Decidimos acercarnos. Eran retablos, pinturas que la gente deja por favores recibidos. Uno de nuestros favoritos fue aquél que decía: “Al Señor de Chalma le dedico este retrablito en agradecimiento por permitir que mi hijo naciera cuando me puse muy grave en su santuario con siete meses de embarazo”. En la pintura se veían un par de cerros verdes, al Señor de Chalma a la derecha, una cruz, un par de rectángulos naranjas que hacían las veces de templo, una ambulancia, una mujer tirada en el piso desangrándose, y dos personas hincadas, rezando.

Foto retablos

Antes de salir, le pregunté a uno de los guardias de honor el significado de las coronas de flores. Me dijo que se las ponían aquellos que iban por primera vez y que antes, hace muchos años, así era como se identificaban a los peregrinos y eso servía para que la gente del pueblo supiera que era gente buena y les ayudara. Se supone que se tenían que dejar a la entrada del templo como parte del ritual, una especie de ofrenda por el favor de llegar con bien al destino. Con la explicación y tras pensar en las complicaciones de llevármela a casa, decidí dejarla en las columnas de la entrada, justo como el resto de la gente.

Nos encontramos de nuevo con Valentín, quien nos mostró dónde quedaba la terminal. Él quería partir esa tarde y había bastantes camiones que salían rumbo a Milpa Alta.

—A mí lo que me gusta es la caminata —dijo sonriendo.

Y sonriendo se despidió de nosotros. Nos dejó ahí, en medio de la multitud que pasaba casi corriendo a nuestro costado, cargando Cristos y pendones. En un remolino de puestos de palaquetas hechas con piloncillo, jaleas, tamarindos y demás dulces tradicionales “y le regalamos la bolsita del recuerdo”, decían los comerciantes. Nos quedamos parados entre carteles que decían “¡Chin, los cocoles!” y gente que te ofrecía la prueba del delicioso pan a cada paso: “ándele, marchanta, pruébelo, sin compromiso”. Pero siempre hay compromiso, porque después de la prueba pregunta “¿Cuántos le doy?” y el pan es tan bueno y uno es tan débil que termina comprando un par de bolsas.

Foto Columnas Flores

Tomados de la mano, Ángel y yo caminamos cuesta arriba, entre puestos de escapularios, rosarios, crucifijos e imágenes de la última cena que, no sé por qué estaban llenas de brillos de colores. Pasamos de largo los puestos de juguetes tradicionales de madera, donde vendían tortilladoras de princesas, trascabos, camiones y ambulancias; y los puestos de comida y bebidas preparadas. El pueblo era una gran fiesta, con cuetes que tronaban cada tanto, con música a todo volumen y gente que reía y platicaba, sentada en bancas de madera que estaban sobre la banqueta.

Atravesamos el patio en el que correteaban algunos niños y en donde se habían dispuesto algunas mesas en las que unos señores jugaban cartas. Caminamos junto al nacimiento que tenía una serie musical y llegamos, al fin, a nuestra habitación. Por primera vez en tres días, podríamos descansar al fin. Los villancicos de la serie que alumbraba el patio nos arrulló y a lo lejos un hombre ofrecía gelatinas, gelatinas de sabores, lleve sus ricas gelatinas de sabores.

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