Rumbo a Agua de Cadena, el oasis prometido

Después de caminar tres días desde Milpa Alta, por fin llegué al Ahuehuete, el árbol sagrado que da cobijo y agua a los peregrinos que van al ancestral santuario enclavado en las profundidades del municipio de Malinalco, en el Estado de México, y grande fue mi desilusión al enterarme que había vivido engañada. Aquél dicho que reza “Ni yendo a bailar a Chalma” era, en sentido estricto, falso, pues, de acuerdo con la tradición, no se baila en Chalma, sino justo a la sombra de ese árbol. Sin embargo, no me sentí defraudada; al contrario, llegar ahí había sido toda una prueba de resistencia y me entusiasmaba saber que estaba a punto de llegar a mi destino final.

La aventura empezó tiempo atrás, cuando conocí a Valentín, aquél hombre que, además de enseñarnos sobre albañilería y apicultura, nos había invitado a hacer una caminata de tres días. En aquel tiempo estaba por salir de viaje al país del sol naciente y, aunque la invitación me parecía atractiva, no se pudo concretar. Me reencontré con Valentín pocos días después de mi regreso a tierras mexicanas y le pregunté por aquella caminata que había sido pospuesta. Me dijo que estaba por realizarse otra, esta vez con rumbo a Chalma. Fue hasta entonces que entendí de qué se trataban las dichosas caminatas, eso que en mi cabeza tenía forma de expediciones de senderismo en realidad eran peregrinaciones. Curiosamente, al enterarme de la naturaleza de las caminatas, mi emoción se incrementó. Recordé con alegría aquellos ayeres como estudiante de sociología en los que iba a las peregrinaciones como parte de las actividades de trabajo de campo, y estuve más que puesta para la nueva aventura.

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Chalma-Arbol

La cita fue en San Pedro Atocpan, uno de los 12 pueblos que integran la delegación Milpa Alta, en el extremo sudoriental de la Ciudad de México. Ángel, mi pareja, decidió unirse a la aventura, así que el sábado 2 de enero, todavía con el año nuevo a cuestas, salimos corriendo de nuestro domicilio, en las inmediaciones de la estación Buenavista, con rumbo a la casa de Valentín. Ya pasaban de las 7 de la noche y debíamos estar en San Pedro a más tardar a las once. Abordamos el metro y trasbordamos un par de ocasiones para llegar a Taxqueña. Una vez ahí, buscamos el paradero de la ruta 81 con rumbo a la delegación del sur. La aventura ya había comenzado, era la primera vez que íbamos a la casa de Valentín en transporte público y, encima, de noche.

Pasamos por Xochimilco y la fortuna quiso que empezara a conversar con el señor que estaba parado a mi costado, quien también iba a San Pedro Atocpan, así que prometió avisarnos cuando llegáramos al lugar en cuestión. La ola de gente que subía al autobús nos separó pronto pero me mantuve al pendiente y él conservó su palabra de dar puntual aviso en la parada del pueblo.

Bajamos y le dimos las gracias. La indicación que teníamos era caminar por el empedrado, todo derecho, hasta llegar a la esquina de la casa de Valentín. Así lo hicimos. Fueron nuestros primeros pasos cuesta arriba de la noche, los primeros de muchos. En cosa de 20 minutos y sin sudar siquiera una gota, nos encontramos en el domicilio conocido. Nos sentíamos confiados y en forma, “varios de nuestros conocidos no hubieran aguantado ni ese tramo”, dijimos.

Valentín nos recibió con café, pan dulce y muchas historias. Él es de esas personas que siempre tienen una anécdota interesante qué contar. Después nos dio las últimas indicaciones para el viaje, eso incluyó un frasco con alcohol para cada uno y una dotación completa de miel en varias presentaciones, para tener suficiente energía en el trayecto.

Nos pusimos chamarra, guantes, gorro y bufanda, y salimos juntos pasadas las once de la noche. Teníamos dos opciones: tomar el camino corto, oscuro y solitario o el largo no tan oscuro ni tan solitario. Nos inclinamos por la segunda opción y empezamos a caminar cuesta arriba, en un camino oscuro, custodiado por perros que nos ladraban al paso.

Dejamos de ascender en línea recta porque el camino se volvía hacia la derecha. Fue entonces que vi las primeras luces y los primeros peregrinos, un grupo de siete jóvenes que se tomaban la fotografía del recuerdo. A partir de ahí, caminamos siempre acompañados por otros peregrinos. Eso me daba una sensación de seguridad. “Al menos, no será tan fácil asaltarnos”, pensé.

Tomamos la carretera y caminamos, atentos a los pocos vehículos que nos encontrábamos. Dejamos atrás San Pedro Atocpan y nos adentramos en San Pablo Oztotepec, donde vi un montón de tiendas abiertas, a pesar de que pasaba la media noche. Ya Valentín nos había advertido sobre eso:

—Si tienen hambre o sed, no se preocupen, en el camino hay tienditas abiertas.

Poco después de una hora ya estábamos en las calles de San Salvador Cuauhtenco. Cada vez había más peregrinos en el camino, también más luz y música que nos acompañaba. Fue entonces que vi el primer sitio de comida para peregrinos. Valentín nos llamó para que nos acercáramos a una mesa en la que había un señor deteniendo una jarra de plástico y un montón de vasos desechables.

—¿Quieren un cafesito y un pan? Tomen, con confianza —dijo el hombre.

Yo estaba un poco confundida. Valentín nos había dicho que regalaban comida en el camino, pero yo no sabía si éste era uno de esos lugares o debíamos pagar por los insumos. La duda quedó resuelta rápido. El señor repartía café a diestra y siniestra. Una señora vigilaba las ollas inmensas de peltre azul que mantenía la bebida caliente.

—Ande, llévese un cocolito para el camino —le dijeron a Ángel.

Esos fueron los primeros cocoles y el primer café gratis del recorrido. Yo evito el café porque me hace daño y el cocol de anís nunca ha estado entre mis panes favoritos, pero en ese momento, después de caminar poco más de una hora, a media noche, con un frío tremendo, los alimentos habían caído muy bien. También vi por primera vez una fila de nichos y estandartes, dispuestos ordenadamente en la calle. Le pregunté a Valentín y me explicó que los peregrinos los llevan cargando hasta Chalma y me contó de aquella vez que a él le había tocado cargar un nicho, pero se había perdido y terminó en la cabecera municipal de Ocuilan.

Chalma-Cristo-Cerro

Pasando la una de la mañana ya estábamos en San Francisco Tlanepantla. La llegada a Xochimilco nos daba aliento, estábamos cada vez más cerca de la carretera federal a Cuernavaca. Hasta ese momento, el recorrido sólo había sido una caminata nocturna entre amigos, acompañados por otros tantos grupos que, cargando Cristos y radios, pasaban a nuestro costado.

Un puente subterráneo que apestaba a orines fue la antesala a lo que se convirtió en una prueba de resistencia física sin parangón. Topilejo fue mi primer desliz. Era una pendiente inclinada de subida en un asfalto mojado por una fuga de agua que encontramos casi al final de ese tramo. Esa subida no iba a detenerme ¡a mí, que había escalado el monte Fuji! Efectivamente, no me detuvo, pero el apoyo incorrecto y la pésima técnica me cobraron la factura horas después. En ese momento, mantenía el orgullo, sonreía, respiraba sin dificultad y evitaba a toda costa que Ángel o Valentín se dieran cuenta del esfuerzo que me estaba costando. La charla de Valentín ayudaba mucho. Fue entonces cuando supe que había hecho su primera peregrinación a Chalma pasados los 12 años; aquella vez, había empezado a beber desde que salió de su pueblo, el entusiasmo que brindan las experiencias nuevas a un adolescente avivó las ganas por el alcohol y justo en Topilejo él ya estaba completamente ebrio. Tuvo que hacer el resto del camino en un odioso estado de cruda. Fue así como aprendió a no beber en las peregrinaciones.

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A las tres horas de camino se terminó la tortura de aquella pendiente y llegamos al segundo “puesto de atención al peregrino”. Ahí daban café y tacos de carnitas, ¡tacos de carnitas! Así se inauguró el segundo penar del camino: la carne. No me considero a mí misma vegetariana, pero mi dieta es mayormente a base de vegetales y evito la carne porque me causa estragos. Ahí estaba yo, después de caminar de subidita por tres horas, muerta de frío y hambre, sin poder comer lo que ofrecían. Vi con envidia cómo Valentín y Ángel se comían sus tacos, mientras yo me concentraba en no hacer pipí. Pregunté por un baño a las mujeres que daban café a los peregrinos:

—Uy, no, aquí no hay. Haga allá adelantito, en el monte.

El monte en cuestión empezaba unos metros adelante, en un sendero terroso y oscuro que nos llevó a cruzar la carretera federal a Cuernavaca. El tramo era particularmente oscuro y solitario. Por primera vez en el camino, tuve miedo. Sabía que hay personas que aprovechan las peregrinaciones para asaltar a los incautos; si había alguien cazándonos, ese era un lugar excelente para ejecutar el plan. Tuvimos que apretar el paso para acercarnos a un grupo que estaba adelante, del cual sólo alcanzábamos a ver las luces de sus linternas. Más adelante, vi una camioneta de vigilancia. Un hombre con un chaleco fosforescente nos preguntó en tono amable si todo estaba bien. Respondí con un sí aliviado y caminamos de prisa, rebasando algunos grupos.

Entramos a un terreno distinto, lo supe por los pies que se hundían ante los pasos. La dureza del asfalto había quedado atrás. En ese momento ya tenía un extraño dolor en las entrepiernas que no me alcanzaba a explicar y sentir el mullido colchón de arena me alegró. Pensé que sería un tramo agradable. Pensé mal. Lo que veía como una ventaja pronto se me puso en contra. A las cuatro de la mañana era la mezcla perfecta entre un polvorón y un taco sudado. Lo único bueno era que Valentín había encontrado un lugar adecuado para hacer pipí.

Chalma-Camino-plano

Al camino de arena se le agregó otra complicación: piedras sueltas en subidas escarpadas. Ángel no llevaba lámpara, haciendo muy difícil su ascenso. Valentín tuvo que aflojar el paso para esperarnos, me mandó por delante y esperó a Ángel para iluminarle el camino. Yo seguí caminando, esquivando piedras y matorrales, sin apartar la vista del piso. Al final de una subida intensa, decidí voltear para ver a mis compañeros de viaje. No estaban. Me quedé ahí parada. Sólo veía luces que se aproximaban y desaparecían. Después de unos diez minutos, que a mí me parecieron eternos, al fin los pude ver.

Seguimos caminando los tres juntos. El arenal cuesta arriba cambió por un camino también arenoso pero sin elevación. Eso nos permitió respirar un poco. Yo estaba tan sudada que parecía que mi chamarra estaba llorando. Ángel y yo escuchamos un zumbido fuerte y continuo, ¿qué sería? ¿Insectos? ¿Alguna caída de agua? Le preguntamos a Valentín:

—Son las torres —dijo señalando hacia arriba—, miren cómo se ve la electricidad corriendo por los cables.

Fue hasta ese momento que caí en la cuenta: el camino arenoso ahora estaba lleno de torres de alta tensión. Si parabas un poco, podías ver luces verdes que parecía que danzaban entre los cables. Pero no nos detuvimos demasiado tiempo. Aflojar el paso implicaba enfriarse y convertirse en estorbo en un camino bastante transitado. La música de los peregrinos ayudaba. Varios grupos tenían un encargado del radio, se lo colgaban al cuello y ponían música a todo volumen. Nos tocó escuchar desde salsa y cumbia, hasta reguetón, pasando por algunos nostálgicos que escuchaban a José José a todo volumen y hasta alguno que otro roquerito añejado que escuchaba a Nirvana.

Ya pasaban de las cinco de la mañana. El sueño, el cansancio y el hambre empezaban a hacer mella en Ángel y en mí, Valentín todavía estaba optimista y esperaba llegar a Agua de Cadena hacia las ocho de la mañana, pero todavía estábamos a muchos cerros de distancia.

Seguimos caminando. Mis dolores habían menguado y ahora sólo tenía frío y cansancio. Hubiera dado lo que fuera por una ducha caliente para quitarme de encima tanto polvo y sudor. Mantuve la idea como una promesa que me daba aliento.

Empezó a clarear cuando tuvimos que saltar un par de cercas de alambres de púas. Me extrañó ver esos obstáculos en pleno camino de peregrinos. Por primera vez me detuve a pensar que tal vez esas tierras tenían dueños y que esos dueños tenían que bancarse el paso de los peregrinos porque quizá ese camino estaba mucho antes de que esas personas se hicieran de las tierras. Me acerqué a Valentín para preguntarle por el alambrado.

—No sé —dijo y se encogió de hombros—, tal vez tienen ganado y no quieren que se les vaya.

Lo bueno de ese tramo es que ya no había subidas, el camino llano ahorraba algunos dolores. Lo malo es que todavía estábamos lejos de Agua de cadena y eso implicaba que tendríamos que caminar de día, con el sol a cuestas.

Decidimos parar un poco a descansar. Nos sentamos en una barda aledaña. Detenernos salió contraproducente, el cansancio y el frío nos pegaron de lleno, así que decidimos seguir caminando. Más adelante, el cielo empezó a pintarse de colores. La oscuridad que hasta ese momento nos acompañaba dio paso a unas nubes amarillas con azul que resaltaba los cerros y los árboles que se recortaban en el horizonte. Ese amanecer en algún lugar de El Ajusco ya justificaba por sí solo la caminata nocturna. Seguimos avanzando, esta vez despacio, tomándonos nuestro tiempo para disfrutar el paisaje. El cielo pintó un par de cerros de rosa. Los miré y sonreí, a pesar de tener el gorro lleno de escarcha, resultado del sudor congelado.

Chalma-amanecer

Con luz de sol fue que empecé a ver algunos señalamientos, pedazos de cartón medio descoloridos con una flecha y escrito “Chalma” en medio. Nada más. No sabías dónde estabas o cuántos kilómetros faltaban, sólo podías saber que Chalma quedaba “hacia allá”, y hacia allá caminamos.

Valentín nos contó entonces de aquella vez que había ido a la peregrinación acompañado por algunas amigas, en el grupo iba un niño de no más de diez años; al principio, el niño preguntaba si faltaba mucho “para el cerro bendito”, después fue el “cerrito” y al final fue “el mendigo cerro”. Eso debía darme una idea de la cantidad de cerros que estábamos por cruzar, pero nunca he sido muy avispada para esas cosas.

—¿Ves ese cerro? —me dijo Valentín señalando más allá de los árboles pintados de rosa—, pues pasando eso ya estamos en Agua de Cadena.

Respiré aliviada, pensando que eso significaba que estábamos cerca. Pronto llegamos a lo que sería la primera subidita de esa mañana. Estaba escarpado, más que todo lo anterior, o, al menos, así es como yo lo vi. Ya eran las siete de la mañana, no habíamos dormido, yo sólo había merendado un par de panes y cafés, y habíamos caminado toda la noche. Me sentí rebasada.

—Ya no puedo —le dije abatida a Ángel, intentando subir el cerro sin caerme.

—¡Claro que puedes! —replicó—. Si subiste el Fuji, puedes con esto. ¡Ganbaru! (palabra japonesa que sirve para dar ánimos en una situación que requiere esfuerzo y perseverancia).

La palabra activó algo dentro de mí. Recordé a mi amiga vietnamita, Trang, dándome una palmada justo antes del último tramo para alcanzar la cima del Fuji. Ángel tenía razón, si había podido con eso, podía con un cerrito. Seguí subiendo, sacando fuerzas del orgullo. Al fin llegamos a una meseta. Ahí había un puesto de comida y una tienda austera. Nos sentamos sobre unos troncos, alrededor de una fogata. El fuego ayudó a que entráramos en calor. Un niño se acercó a avivar el fuego.

—¿Dónde estamos? —le pregunté.

—No sé —me miró extrañado, como si fuera una pregunta muy rara. Le repitió la pregunta a gritos a una de las mujeres que atendía el puesto de comida. “Xalatlaco”, dijo la voz—. Xalatlaco —repitió mecánicamente el niño.

“¡Vaya!”, pensé, “ya estamos en el Estado de México”. Llevábamos nueve horas caminando y todavía estábamos muy lejos de la tierra prometida llamada Agua de Cadena, aquél paraje en el que, al fin, podríamos descansar.

Lamenté que ahí no hubiera uno de esos lugares en los que daban comida y bebida gratis a los peregrinos porque ya tenía mucha hambre. Lo que sí había era un helicóptero dando rondines por la zona. Valentín nos explicó que era porque ahí tenían muchos problemas con la tala ilegal.

Después de descansar por unos 15 minutos y comer un par de cucharadas de miel, continuamos el camino con un poco más de ánimo. Al fin nos encontramos con unas personas que daban al paso naranjas, mandarinas y dulces. Tomé lo que me estiraron y seguimos andando. A lo lejos se veían unos caballos:

—¡18! —gritó Valentín.

—¿18 qué? —pregunté.

—18 caballos… no, espera… son 20.

Ángel se unió al conteo de caballos. Era complicado porque se movían y estaban muy juntos en un grupo. A veces decían que eran 19 y otras tantas 21. Al final se pusieron de acuerdo, los últimos 4 conteos habían dado 19; 19 caballos serán. Paramos unos instantes para tomar la foto que diera constancia de que el conteo estaba correcto.

Entramos a lo que Valentín llamó “columpios”, que no eran más que subidas y bajadas entre el monte. Después de eso, la gloria: Agua de Cadena. Ya ni siquiera pensaba en Chalma. Chalma estaba muy lejos, era una idea lejana y desalentadora, era mucho mejor enfocarse en llegar al lugar en el que podríamos comer y descansar.

Chalma-cruces-Peregrinos

Las subidas continuas hacían que perdiera el aliento y me dolieran las piernas. Asombrada, veía pasar a mi lado a hombres y mujeres caminando con agilidad, sin la menor muestra de cansancio. Su paso era rápido y ligero, incluso para quienes cargaban Cristos, que envolvían con vendas para poder llevarlos a cuestas, como si de una mochila se tratase. También llevaban cajas de madera, que eran casi tres cuartas partes de su estatura. Vestían mezclilla, tenis de tela, incluso zapatos o botas acolchadas con suela delgada que en nada contribuían al agarre en el terreno. A pesar de eso, avanzaban con aparente facilidad, como cabras en el monte.

Ángel era como ellos, después de la dosis de azúcar, empezó a subir de prisa y sonriendo. Yo bajé el paso, sabía que podía subir, pero también sabía que no podía hacerlo a ese ritmo. Necesitaba descansar cada tanto para agarrar fuerzas y continuar. A mí las subidas siempre me han costado mucho trabajo. Valentín se esperaba conmigo, me acompañaba en el ascenso y descansaba a mi lado, creo que lo hizo sólo para no hacerme sentir mal.

Pasamos uno, dos, varios columpios. En cada uno estaba la promesa de Valentín de que ahora sí, en serio, después de eso estaba Agua de Cadena. Pero no era así. Yo perdí la esperanza, sólo caminaba cuesta arriba por inercia y de vez en cuando veía a Ángel que se paseaba alrededor, como perro jugando, y me gritaba “¡ganbaru!”.

En una de tantas, escuché a un señor cantando detrás de mí:

—Señor de Chalma te pido, te ruego, que me ayudes a subir la subida…

La súplica me dio mucha risa. El pleonasmo me pareció casi poético. Tal vez esa era la clave para aguantar el recorrido: tener fe. Así que yo también le canté al Señor de Chalma que ayudara a “subir la subida”.

—Te apuesto que ésta es la última subida —me dijo Valentín con tal seguridad que dudé. Me negué a apostar pero le quise creer porque mi cuerpo estaba llegando a su límite. Eran ya casi once horas caminando de manera continua y no sé cuánto tiempo había pasado desde la última vez que había dormido bien.

Valentín se equivocó y yo lamenté no haber apostado. Flaco lamento el mío, eso implicaba que tenía que seguir “subiendo subidas”. Dos columpios más adelante, al fin la planicie con la promesa de un merecido descanso se extendía ante nosotros. Allá, a lo lejos, estaba Agua de cadena.

—Se parece a La Marquesa —dijo Ángel.

Tenía razón, el cielo azulísimo con unas grandes nubes blancas alumbraban un camino ancho, mitad tierra, mitad pasto amarillento, rodeado por un bosque de coníferas. Y allá, al final, un humo gris que se erigía como promesa de un merecido descanso.

—Bueno, ¿y por qué se llama Agua de Cadena? —le pregunté a Valentín.

—¡Ah! Es que antes había unos troncos que estaban puestos uno tras otro por los que bajaba el agua y parecía una cadena. Pero ahora ya está el agua entubada y no se ve.

Traté de imaginar ese paraje años atrás, con los troncos y el agua recorriéndolos. La imagen fue interrumpida por una ambulancia que pasó a nuestro costado y un camión.

—¡Mira! —dijo Ángel señalando la ambulancia—, ¡podemos pedir analgésicos!
Y buena falta que nos hacían. Sólo había llevado un par de aspirinas y las habíamos tomado en el camino.

Seguimos avanzando hasta un lugar donde había varios camiones de redilas estacionados a los lados. Los camiones tenían lonas con la imagen del Señor de Chalma y el nombre del barrio en cuestión. Nos acercamos al primer puesto que vimos. Valentín pidió agua. Nos ofrecieron pozole. Acepté encantada. Sirvieron el pozole en unos platos hondos de plástico. La grasa del caldo era tan espesa que se quedaba pegada al plato. Le habían puesto un poco de cabeza de cerdo pero a esas alturas ya no me importó. Le agregué limón, lechuga, rábanos y orégano. Ángel me pidió que le preparara el suyo, mientras él pedía un par de tostadas con queso y crema para mí. Hicimos cambio. Él me extendió las tostadas y yo le di su pozole. Lo comí con ganas. Estaba tibio y desabrido, la nata se pegaba a la lechuga. Podría decir que es el peor pozole que he comido en mi vida, y, sin embargo, el más delicioso y reparador. Nunca había agradecido tanto un plato de pozole como aquél. Lo acompañamos con agua de jamaica. Al terminar, dimos los trastes y las gracias.

Yo estaba intrigada: ¿quiénes eran esas personas que nos regalaban comida? ¿Por qué hacían eso? ¿De dónde salía el dinero? Las respuestas me fueron respondidas por uno de los señores que estaban en la siguiente mesa. Después del pozole y el agua de jamaica, seguimos avanzando y alguien nos ofreció tacos de bistec. Yo pasé de largo y Valentín también, sólo Ángel se detuvo y pidió un par. Mientras él comía, yo le preguntaba al encargado más cercano. Él me dijo que todos iban de Milpa Alta, cada uno de los barrios tenía su mayordomía y ellos se encargaban de recolectar el dinero para la peregrinación. También, decidían qué iban a dar y dónde se iban a poner. Se supone que cada lugar estaba ahí para atender a los peregrinos de su barrio, pero también apoyaban a todos los demás que pasábamos por ahí. Me pareció un gesto noble. Llevaba muchas horas de camino y no había comprado comida o bebida en todo el trayecto gracias a todos ellos.

Cuando Ángel terminó de comer, seguimos caminando. La siguiente misión era encontrar un lugar para dormir un poco antes de continuar con el viaje. Ángel vio la ambulancia y me pidió que me formara. Yo no estaba de humor para formarme, así que lo ignoré y seguí a Valentín. Él decidió esperar para pedir algo que nos ayudara a continuar el viaje.

Chalma-Sopes

Valentín vio un claro cubierto con una lona que lucía interesante para descansar pero al acercarnos notamos el montón de caca que había en toda esa zona. Y es que además de ser lugar para el descanso de personas también lo es para que reposen los caballos que van en la peregrinación.

Más adelante estaba el campo despejado, pero no tenía lona. Decidimos echarnos ahí, después de todo, también necesitábamos calentarnos un poco. Valentín y yo nos acostamos sobre el pasto. Él me dijo que me quitara las botas y las calcetas, y que me frotara con el alcohol que me había dado la noche anterior en su casa. Eso hice. El alcohol y la frotada penetraron en los pies cansados y se relajaron de inmediato. A pesar del esfuerzo, no tenía una sola ampolla.

Puse mi mochila como almohada y trate de relajarme y dormir un rato. Ángel llegó con un par de pastillas, gasas, vendas y una aguja para reventar ampollas. Él también se revisó los pies. Sólo cansancio. Intentamos dormir pero el viento estaba muy frío y teníamos los pies helados. Ángel pensó que sería conveniente ponernos los gorros en los pies, así se calentaban y al mismo tiempo que estaban fresquitos. Curiosamente, funcionó. Dormimos como una hora. El frío nos despertó. También Valentín que nos decía que era momento de retomar el camino.

Nos dimos otra friega de alcohol en los pies, nos pusimos calcetines y botas, y nos levantamos dispuestos a continuar el camino. Valentín se acercó a otro puesto y pidió un poco de agua. Nos ofrecieron sopa. La idea de la sopa caliente con ese frío me resultó muy atractiva y dije que sí sin chistar. Nos pidieron que cruzáramos la olla de sopa para sentarnos al otro lado. Obedecimos. Nos sentamos y también nos ofrecieron sopes. Aceptamos al unísono. Al fin, comida sin carne, fui feliz. Los sopes y la sopa se enfriaron pronto pero me comí todo. Sabía que iba a necesitar energía para llegar a nuestra siguiente parada de descanso: Santa Martha.

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