Dejé a las siete de la mañana la casa de mi novia, un poco desconcertado por una situación que no contaré aquí, pero que me llevó a caminar sin rumbo fijo, meterme a una cafetería, luego a otra y seguir caminando hasta llegar a una cantina en la Condesa.

Al entrar, un anciano sentado con una botella de cerveza vacía y un caballito sin tequila, frente a otro ruco inexpresivo, me llamó: “¡Ven, ven!” -me mostró su reloj Nivada que tenía en su muñeca izquierda- “dame lo que quieras por este reloj, así de cuates, para poder seguir chupando. Tengo 80 años, ¿para qué quiero este pinche reloj? Mejor me tomo otra cerveza”.

Ratas-3

Pero yo no traía ni el suficiente dinero para esa atractiva oferta y me daba cierto pudor aceptarle ese reloj, así que le dije: “Yo le invito una cerveza, este reloj es suyo”.

No quiso. Yo me fui a una mesa al otro extremo. Una hora después se acercó de nuevo y me dijo: “De cuates te doy el reloj”. Y se lo quitó para ponerlo en mi mesa, luego se fue al baño y regresó con la misma cantaleta, pero cuando vio que yo estaba decido a aceptarlo sin dinero de por medio comenzó a regaterar: “¿Cuánto traes? ¿Trecientos?”. Le dije que no alcanzaba esa cantidad. El viejo se retiró un poco decepcionado por mi tonta decisión. Más adelante lo vendió a ese precio a otro cliente de la cantina. El ruco me miró desde lejos como asumiendo que mi decisión de no comprárselo era una gran pendejada.

Tomé algunas cervezas mientras escuchaba la conversación de un “arquitecto” en otra mesa, quien se sentía muy chingón. Traía su celular y una tableta, bebía con la felicidad que sólo un cretino puede tener en este mundo. Esperé a que fuera la hora de la botana para no tener que ir a buscar de comer a otro sitio y así pagaba las cervezas y los alimentos por el mismo precio.

Condesa 9

Después de un par de horas de estar en la cantina, pagué la cuenta y fui en busca de un café donde sentarme a leer un rato para sacar de mí pensamientos funestos y trágicos. Y así fue.

Un par de cuadras más adelante llegué a una esquina donde había una cafetería al aire libre. Me senté. Leía un libro, leía otro, algunos pensamientos intentaban distraer mi lectura, de pronto también alguna mujer andando por ahí trataba de revivir mi mirada triste, perdida. Pero llegó un momento en que los libros capturaron totalmente mi atención, hasta que los otros clientes comenzaron a decir que había una rata.

Y efectivamente estaba ahí, viva, a unos metros, bebía agua de un charquito ubicado en medio de la banqueta, a plena luz de día, en la colonia Condesa de la Ciudad de México. Nada la movía. Era, pensé, una rata citadina.

Extrañamente el mirarla detenida ahí, tranquila, me hizo verla de otra manera, incluso dos mujeres que pasaban por el lugar se detuvieron para tomarle fotografías. La rata, sin embargo, seguí bebiendo agua, pero cuando empezó a caminar como si fuera a meterse al local donde estábamos, comenzaron los nervios. La rata cojeaba y decidió tranquilamente irse a una jardinera. Todos observábamos sorprendidos. La rata al final resolvió bajar la banqueta y desaparecer.

Terminé mi café, cerré los libros. Era momento de seguir mi camino. En esta ciudad las ratas pueden estar en cualquier lugar.

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