—La locura, mi carnal, todos queríamos ver al tocayo Bowie —platica David mientras se pasa la mano por el cabello largo que descubre un rostro moreno atravesado por las lineas de expresión convertidas en arrugas, que delatan sus 42 años—. Imagínate, por esos años apenas habían permitido los conciertos chonchos en el DF. Por fin habían llegado Pink Floyd, Jimmy Page y Robert Plant, los Rollings Stones, Peter Gabriel, Deep Purple; tardecito todos pero ya podíamos decir que ahora sí moriríamos en paz después de haber visto a los clásicos.

El acento cantadito de David sale cuando habla de rock, de los clásicos, como le llama a lo compuesto hasta finales de los 80.

—Nel, no tenía lana. Acababa de regresar a la escuela, a la universidad. Vivía con mis papás, vendía pulseritas y dijes y tocaba el bajo con mis compas. Teníamos una banda en Ecatepec y pos no nos pagaban en el café donde tocábamos. Entonces pos no tenía dinero para el concierto del David Bowie. Pero quería ir, era el último genio del rock, hasta el mismo John Lennon lo había dicho.

Foto: Observe The Banana/VisualHunt

Foto: Observe The Banana/VisualHunt

Era octubre de 1997. David estaba decidido a ser parte del Earthling World Tour, la gira con la que David Bowie presentaba el disco del mismo nombre ese año. Así que empezó a pedir una cooperación a sus compañeros de la universidad, los taloneaba, pues; hizo más pulseras para vender y pidió dinero prestado a un primo. Al final David juntó el dinero. Nada más que cuando fue a comprar los boletos las entradas ya estaban agotadas. No era el único en esa situación; su amigo Quique estaba igual. Ni pensar en la reventa, apenas habían conseguido para una entrada barata. Ya les estaba llegando la resignación cuando Quique se enteró que uno de sus vecinos estaría trabajando en el concierto, casualmente recogiendo las entradas.

—Ya me dijo el vecino que nos hace el paro —le planteó Quique a David— entonces nomás hay que conseguir unas copias chingonas de los boletos. Préstame algo de la lana que tienes.

David no supo como le hizo, el chiste es que ese jueves 23 por la tarde Quique llegó a la universidad con dos boletos. Eran muy parecidos: morada la franja superior, verde con morado en la parte del talonario y blanco el resto. Lo único diferente es que eran de papel grueso y no de esa cartulina laminada con la que se hacían entonces los boletos.

—Sí pasamos, güey. Ya me dijo el vecino en que entrada estará. No va a haber pedo.

Como a las cuatro de la tarde dejaron la escuela y a las cinco llegaron al Foro Sol de la Ciudad de México, que entonces era el Foro Autódromo Hermanos Rodríguez. Se formaron en la larga línea de personas y esperaron a que se abrieran las puertas. Estaban nerviosos. No sabían qué sucedería si alguien descubría que llevaban boletos falsos. Pensaban que tal vez terminarían en el ministerio público o que los golpearían los de seguridad.

La fila comenzó a moverse y el nervio de los dos muchachos también. En la primera puerta un hombre les pidió que mostraran los boletos. Así lo hicieron pero sin dárselos. El sujeto sólo hechó una rápida mirada y los dejó entrar. De inmediato buscaron al vecino. Lo vieron al fondo en donde estaban formados otro par de chicos. Hacia allá corrieron. El vecino los vio, no hizo ningún gesto, tomó los boletos de papel y los cortó. David y Quique estaban dentro.

Foto: Facebook Carlos Alberto Audelo Miranda

Foto: Facebook Carlos Alberto Audelo Miranda

Cuando ya cantaban victoria otro elemento de seguridad los interceptó. Venían de la universidad, no habían tenido tiempo de ir a sus casas; debían dejar las mochilas en la paquetería. La chica que atendía el lugar les sonrío, les pidió las mochilas y los boletos para anotar el número y así pudieras recogerlas después. David y Quique no tenían salida. En cuanto la mujer tocó las entradas detectó algo extraño.

—Como que están raros sus boletos, ¿no?

—Pos no. Así nos los dieron —dijo David con una sonrisa nerviosa que ella confundió con coquetería. Y eso no le gustó.

—Mira estos boletos —la mujer dio los papeles a un compañero.

—Son falsos.

—¡¿Cómo que son falsos?! —fingieron sorpresa los muchachos. ¿Qué otra cosa podían hacer?

El hombre llamó a un elemento de seguridad. David y Quique sudaban frío. Por su mente pasaba una película: no terminarían la universidad e irían a la cárcel por falsificación, pero antes tendrían que pasar por el regaño y castigo de sus padres, la vergüenza familiar… pero lo que más dolía era estar a nada de ver a David Bowie.

Foto: ssoosay/Visualhunt

Foto: ssoosay/Visualhunt

El de seguridad los condujo fuera del recinto, donde se encontraba su jefe. Les quitó los boletos y los rompió en su presencia.

—¿Cómo los obtuvieron? —preguntó el jefe de los vigilantes.

—Acá afuera nos los vendieron en la reventa —dijo Quique con un gesto asustadizo.

—Uy, chavos, los chamaquearon —y los dos elementos de seguridad rieron por la ingenuidad de los estudiantes—. Ni modo muchachos. Para la otra compren en taquilla. Ya váyanse.

David y Quique se quedaron un rato afuera del lugar. Vieron cómo la fila desapareció y cómo llegaban algunos asistentes a la carrera antes que iniciara el concierto. Pasadas las ocho de la noche, luego de que Control Machete y los ingleses de Erasure fungieran como bandas abridoras, escucharon un rugido. David Bowie apareció en el escenario y casi 35 mil personas lo ovacionaban.

—¡Hola! —dijo en español.

El rugido se hizo más fuerte y enseguida sonaron los primeros acordes de Quicksand. David y Quique imaginaron una luz tenue que iluminaba la delgada figura de Bowie antes de acercarse al micrófono y comenzar su concierto. Los muchachos escucharon la canción completa y después, con la frustración a cuestas, caminaron hacia el metro.

—Ya, güey —dejó escapar Quique mientras palmeaba la espalda de su compañero—. Ni pedo. Ahora lo vemos para la otra que venga.

Pero David Bowie no volvió más a la Ciudad de México.

Comments

comments