“La esperanza no existe”.

Visitar Alemania siempre fue un sueño que, afortunadamente, cumplí hace unos meses: conocer su cultura, tradiciones y por supuesto el tema del que todo el mundo siempre ha tenido curiosidad… un campo de concentración.

A 30 minutos –aproximados- de Munich se encuentra Dachau. Hoy luce como una hermosa provincia donde todo es verde, el clima es agradablemente templado y el silencio hace que escuches claramente el correr del agua. Pero esto no siempre fue así.

Aquel día en sí fue triste, puesto que en la lejanía me enteré que mi “amado perruno” había muerto y aunque mi corazón estaba destrozado por tal suceso, decidimos tomar el auto y llegar a esa parada obligatoria.

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Al llegar al campo se puede pensar que estás en el lobby de cualquier museo. Las guías del sitio tratan de hablar un incipiente español (en realidad sólo podían decir México) y en las paredes te dan una breve historia del lugar, pero nada te prepara para lo que tus ojos verán.

El sol era bastante fuerte y quemaba como en pocas ocasiones, un clima que jamás hubiera imaginado en el viejo continente. Aún así caminé hacia una reja negra con el nombre del campo labrado: ARBEIT MACHI FREI. Al ingresar un desolado patio te recibe y con él una sensación extraña difícil de explicar en ese momento.

Arbeit-Machi-Frei

Con el piso cubierto por graba blanca, el reflejo del sol se siente como un espejo y aunque quieras esconderte de él no hay forma de hacerlo; era una de las primeras torturas para los habitantes del campo. A unos cuantos metros de la entrada se encuentran unas habitaciones conectadas entre sí, las cuales hace más de 70 años eran comedores y salones.

Dachau fue el primer campo de concentración construido en 1933 y sirvió como prototipo para hacer los demás. Al principio, la gente que llegó a este lugar no sabía a ciencia cierta el por qué estaba aquí; lo único que tenían claro era que habían sido trasladados al lugar en camiones de militares. Los primeros pobladores fueron empresarios, políticos y artistas judíos, al paso del tiempo llegaron mujeres, niños, alemanes opositores al führer y homosexuales.

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Portada

Al caminar por esta primera sección del campo se ven paredes en mal estado y unas vitrinas, las cuales tienen fotografías, escritos y planos de lo que fue Dachau. Aquí al entrar hombres y mujeres perdían absolutamente todo: dinero, prestigio, sus empresas ylo principal: la dignidad. Aunque para muchos de nosotros pueda parecer tonto, sus únicos tesoros eran su uniforme y sus cubiertos; si los perdían la vida se volvían aún más complicada porque recibirían un castigo inminente.

“Aquí no hay distinción de clases… todos somos iguales… es decir, nada”.

Esa es una de las frases que se ve en uno de los diarios de los prisioneros. Era la única forma en la que se podía desahogar el alma. Los trabajos era forzados, en el campo se tenía la fábrica de jabón —en la que casi todo mundo laboraba— y los más pequeños cargaban en carretillas todo tipo de objetos —basura, fierros e incluso muertos—.

Para cruzar al otro lado del patio se pasa frente a un monumento de cuerpos entrelazados, los cuales representan a las personas que murieron en el lugar —la gran mayoría de ellos sin nombre puesto que los soldados nazis quemaron todo tipo de evidencia—. Junto a él escuchamos algunas historias, como la vez en que los prisioneros jugaron fútbol contra los nazis.

“Ganarle a los nazis en el fútbol fue lo único que nos hizo sonreír”.

Al llegar a los dormitorios, las historias contadas en otros relatos sobre los judíos en los campos de concentración se quedan cortas al ver la realidad en la que estos hombres y mujeres vivían. Las camas tienen un ancho aproximado de un metro y en es pequeño espacio donde apenas si cabe una persona.Ahí la policía nazi metía a cuatro individuos. Las literas eran de madera con cuatro pisos hacia arriba, no tenían colchón ni cobijas; en verano el calor era insoportable, pero en el invierno la gente moría de hipotermia.

Si en los dormitorios la privacidad no existía, en los baños menos. Las regaderas parecen fuentes de metal por las cuales salían pequeños chorros de agua combinada con óxido. No era raro ver que ahí los prisioneros se suicidaran colgados (muchos por desesperación , otros por desesperanza). Pero si hablamos de los sanitarios, en un solo cuarto habían 12 escusados, uno frente a otro.

Dachau, al ser el primer campo de exterminio, sirvió como laboratorio, donde los científicos alemanes experimentaron con enfermedades como la malaria, tifus, tuberculosis y tifoidea. Los prisioneros eran inyectados y llevados a casas especiales (dentro del mismo campo) donde se observaba su reacción y la forma en la que morirían.

Baños

Al salir de este “campamento” (el único que sigue en pie) continuamos el recorrido bajo el fuerte sol que nos conduce hacia la zona más tétrica: los hornos de cremación. En Dachau, durante el primer año de operación, se registró una población de cuatro mil personas; para el año de 1941 la cifra oficial —dada por los nazis en el momento de la llegada de las tropas estadounidenses— fue de 20 mil; por este motivo comenzaron las famosas “limpias”.

A unos 700 metros de la zona de dormitorios esta la “lavandería”, conocida así porque cuando los soldados llamaban a los prisioneros se les decía que se bañarían y se les lavaría el uniforme. Este lugar está compuesto por tres cuartos fríos y húmedos hechos de ladrillos y con una vibra muy pesada. Hombres y mujeres eran obligados a despojarse de sus prendas en el cuarto número uno, esperaban unos cuantos minutos y las puertas de metal se abrían para llevarlos al cuarto dos, mejor conocido como la cámara de gases.

La cámara de gases es una construcción en la que no hay ventanas, el piso está inclinado y al centro tiene una pequeña coladera. Cuando poco más de 100 hombres entraban, las puertas se cerraban y se lanzaban grandes cantidades de gas, por lo que en menos de cinco minutos todos fallecían.

En el cuarto número tres están nada más y nada menos que “los hornos” —mandados a hacer por orden de Hittler emulando a los de una panadería— construidos en piedra con una pequeña puerta de metal. Los hornos trabajaban todo el día y fueron hechos para “destruir evidencia”, puesto que era la forma en la que no se tendría registro del número de personas que morían en el campo.

“Los días más raros son cuando ese olor llega… el aroma a quemado”.

Una vez que los cadáveres eran sacados de la cámara de gas, los soldados los pasaban a los hornos y ahí eran quemados a grandes temperaturas. Fue tanto el uso que se les dio que para 1943 se mandaron a construir nuevos y, por retorcido que suene, una vez que las personas morían los uniformes que dejaban eran reutilizados por los nuevos prisioneros que llegaban al campo.

Hornos

Tras caminar por esas habitaciones el sentimiento raro se explica: pese a que en un principio la gran mayoría de los que visitamos los campos pensamos que puede haber una presencia fantasmagórica o de lamento, la realidad es que lo que se siente es tristeza infinita por lo que la gente vivió. Aquí no importó si eras un niño o un anciano, todos entraban a la “lavandería” y morían de la misma forma. En el caso de las mujeres, algunas mientras estaban sanas servían como diversión y distracción sexual para los soldado, y cuando enfermaban su destino era exactamente el mismo.

Al salir de la “galera de la muerte” se ve una pequeña placa en la que se narra que al llegar el ejército americano se encontraron pequeñas montañas con cenizas. Nunca se removieron, se dejaron así para recordar el horror. La tierra mezclada con ceniza sigue intacta, pero hoy la naturaleza hizo que ahí las flores nuevamente salieran.

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Poco a poco y a un paso más lento del que llegué me alejo y vuelvo a pasar por los dormitorios, que hoy tan sólo son cascarones que guardan el recuerdo de la cruel utilidad que un día tuvieron. Mientras reviso en mi teléfono las fotos tomadas, la razón aún no me explica el por qué fue divertido para los nazis despojar a un ser humano de su integridad. Mis pies están quemados por el sol pero ahí es donde reflexiono:

“He estado caminando unas cuantas horas aquí y me siento mal ¿qué habrá sido de la vida de aquellos que habitaron este lugar? No había esperanza, ni fe”.

El 27 de enero se cumplieron 70 años de la liberación de los campos de concentración en Europa. Vimos ceremonias y discursos donde se contó parte del horror al que fueron sometidas millones de personas entre 1937 y 1945. En Alemania hay dos tipos de personas al tratar de hablar sobre la historia: los que siguen pensando que esto fue un complot para desprestigiar una ideología y los que simplemente no responden nada puesto que para ellos la época nazi es algo vergonzoso que se debe olvidar.

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