Rubén aún recuerda aquel día cuando tenía 14 años, ese campamento con su tío Jaime y sus primos. Fue ahí cuando conoció las entrañas de la Mujer Dormida y se enamoró de sus senderos, sus bosques, sus contrastes y de esa dulce ilusión de llegar a la parte más alta.

Su interés cada vez fue aumentando. Comenzó a leer sobre alpinismo hasta convertirse en todo un experto en la planeación y preparación para un viaje a las alturas, desde qué equipo habría de utilizarse hasta rutas y tiempo estimado.

A pesar del pronóstico dado por los médicos unos años atrás —una estenosis aortica de nacimiento que impedía a su corazón trabajar al ritmo normal—; a pesar de la enfermedad congénita, nada le impidió materializar sus sueños.

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A los nueve años tuvo su primera intervención a corazón abierto. La válvula aortica debía ser más grande, la de él era de tan solo ocho milímetros, justo ahí donde el corazón bombea y manda la sangre a todo el cuerpo. Así transcurrieron los años y a los 21 llegó para él una prótesis de 21 milímetros que podría cambiarle el panorama de su mal cardiaco.

Con anticoagulantes de por vida, sin poder practicar algún tipo de ejercicio y mucho menos actividad física de alto impacto, Rubén estaba condenado a sólo realizar caminatas, pues el desgaste corporal podría hacer parar la maquinaria.

Durante su convalecencia de aquella cirugía pasaba su tiempo, casi ocho horas de lectura diaria, buscando el antídoto que lo hiciera levantarse e ir a escalar la montaña. Leyó todo sobre su padecimiento, hasta encontrar una estrategia que pudiera hacerlo estar en movimiento. Se convenció de que sería capaz y así fue.

La decisión ya estaba tomada: conquistaría la cima de aquella montaña que le robó los suspiros:

“No es el escalar una montaña, es el haber superado una enfermedad cardiaca congénita para poder hacer todo esto”.

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Comenzó con caminatas, trotes ligeros, corriendo de poco en poco. Al paso del tiempo ya corría más de cinco kilómetros sin parar y sin tener ningún estrago físico por el esfuerzo.

Por ahí del 2010 conquistó su primera cima: llegó al punto más alto del volcán Iztaccíhuatl. No fue nada fácil:

“El Izta es una montaña muy complicada que presenta rutas muy duras, algunas de las más complicadas de todo Centroamérica, y aunque te vayas por la ruta sencilla necesitas una buena condición física, necesitas una buena aclimatación. Entonces es una montaña a la que hay que respetar mucho. No por nada mucha gente ha sufrido accidentes que han sido incluso mortales. Es una montaña muy bonita porque al ser de cinco mil 200 metros no representa un riesgo mortal en cuestión de altitud, pero sí te puede dar mucha experiencia en el sentido de que puedes escalar en roca, en hielo, en la ruta tradicional, que es un senderismo la mayor parte”.

Sin embargo, para Rubén Arellano ya no era suficiente. Quería algo más alto y más grande. Le siguió, entonces, la montaña más alta de Centroamérica: el Pico de Orizaba, con más de cinco mil 600 metros de altura. Le mostró que para conquistarlo no sólo era necesarios la condición física y el esfuerzo; se requería más que eso: había que aprender a sortear los obstáculos que la montaña pone, como la altura y la sensación térmica que llega a ser entre diez y 12 grados bajo cero.

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Luego de escalar el Pico de Orizaba, en el escalafón personal tenía que llegar al siguiente nivel: el Mont Blanc, la montaña más alta de Europa Occidental, esa que une a Francia, Italia y Suiza. Tan imponente y enigmática a la vez.

Escalar cuatro mil 800 metros de altura no era nada fácil, pero tampoco imposible. Comenzó a planear la expedición con toda precisión. Tenía contemplado desde las rutas, las condiciones climáticas, los albergues, el equipo y la mejor época del año, porque su primicia siempre ha sido que “a una montaña no debes ir a ver qué pasa; a una montaña tienes que tener una planeación que sea perfecta, porque de ella depende si regresas con vida o no”.

Durante seis meses corrió cinco días a la semana entre ocho y 20 kilómetros, aunado a la rutina de pesas, eso le daría toda la fuerza y resistencia para soportar el clima y las adversidades del camino.

Entre los preparativos faltaba sólo un pequeño detalle, el dinero. Necesitaba cerca de 40 mil pesos para cristalizar la aventura. Se empeñó en recaudar el monto a como diera lugar. Hizo una campaña de donación en las redes sociales y vendió playeras entre sus conocidos y amigos para juntar el monto. No hubo que hacer más. En 24 semanas ya tenía el dinero. Un día de agosto ya estaba en un avión con destino a Ginebra, Suiza.

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Sus pies tocaron el paraíso de Chamonix, en los Alpes Suizos, entre el cinturón blanco de la cordillera que contrastaba con el ambiente armonioso de las cabañas y calles empedradas. Sólo tomó un día de descanso y al siguiente comenzó la expedición. Subió a través del teleférico, la única vía para iniciar la escalada.

Al abrir la puerta del transporte vio la montaña. Ahí estaba, toda para él y él para ella. Se puso el equipo de alpinismo, los crampones y el piolet, la mochila, los víveres y la ropa para resistir el frío. Fue en ese momento que tuvo un pensamiento:

“Sentí incertidumbre y hasta temor, porque dices, estoy solo en la montaña más grande de Europa, vamos a ver qué condiciones me voy a encontrar, qué retos voy a tener”.

Decidió ir solo. En el horizonte no había otro mexicano, aunque sí varios alpinistas franceses, italianos, alemanes y de otra parte del mundo. Pero él siempre solo.

Las distancias se iban haciendo cada vez más largas, incluso llegó un momento en el que se vio sin compañía y se sintió abandonado en la montaña, en medio de la noche y en medio de la nieve. Ahí encontró uno de los grandes obstáculo, una fractura en aquella montaña:

“Era un agujero que de profundidad no sé cuánto tendría, simplemente se veía completamente oscuro; y de ancho tendría a lo mejor unos cuatro o cinco metros. Entonces la veo y sigo avanzando. Cuando yo paso esta grieta, cuando logro sortearla, digo: esta montaña tiene que ser mía. Las grietas eran de mis mayores temores y ya vi que puedo pasar estos obstáculos, entonces tiene que ser mía”.

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También el cansancio, la falta de oxígeno por la altura, la diferencia de horario y la densidad de la nieve, ya estaban haciendo efecto en su cuerpo. Pero dar la vuelta nunca fue opción.

A cada paso la montaña más alta de Europa le mostraba sus enigmas, su belleza y sus secretos, sólo faltaban 15 minutos para llegar a la cima. A pesar de las condiciones adversas continúo caminando. Su gran motivación en esos momentos críticos era “que mucha gente en México estaba pendiente de lo que yo hiciera y muchos estaban al pendiente en sus casas y que estaban seguramente deseosos de que yo bajara de la montaña y les comunicara vía internet que había conquistado la cima. Aunque era el único mexicano en la montaña, me sentía muy respaldado por muchísima gente de mi país”.

A paso muy lento llegó a la cima, con un viento ensordecedor y una temperatura de menos 20 grados. Pudo saborear la gloria, mirar el horizonte y sentir el mundo a sus pies.

Llegó a la cima del Mont Blanc. Conquistarla y estar en su parte más alta fue sólo cuestión de instantes, esos momentos únicos en los que pudo descubrir que no existen las fronteras ni entre las naciones ni entre uno mismo; que el ser humano es tan sólo una pequeña parte del universo:

“Es más bonita incluso. Incluso la sensación de cuando estás a punto de llegar y cuando llegas y miras alrededor. Y creo que ahí se acaba la magia y lo demás es ponerse las pilas para poder regresar”.

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Fue tal vez en ese momento cuando sintió que el gran secreto de las alturas se le había revelado, se dio cuenta que “no es conquistar una montaña, es conquistarte a ti mismo a través de la montaña; es conquistar tus temores, es conquistar tus sueños. La montaña no es un enemigo al que tengas que someter, la montaña es una compañera con quien tú vas trabajando de manera mutua para poder explorarte a ti mismo”.

A sus 34 años, Rubén se considera tan solo un escalador más que busca seguir su propio camino y su propio sendero. Ya ha conquistado el Mont Blanc, ahora le espera el Monte Aconcagua, una montaña en la provincia de Mendoza, en el oeste de Argentina, tal vez la segunda cumbre de mayor altura de América. Bien dicen que la fe mueve todas las montañas, pero el corazón las conquista.

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