A Coyoacán le entramos desde su pulmón, los Viveros. Y para no desentonar trotamos entre sus raras esculturas en piedra, como la que llaman “Otafuku, diosa de la ecología”, aunque dicho personaje japonés tenga que ver más con la felicidad que con las plantas. Este bosque creado por don Miguel Ángel de Quevedo, un hombre adelantado a su tiempo, es un lugar de sorpresas. No sólo entrenan los corredores (tan de moda ahora el running), también lo hacen, en un claro en el centro del parque, los toreros jóvenes, con sus capotes rojos y un toro falso hecho con una carretilla. Más adelante algunos niños se divierten en unos troncos a los que una mente juguetona les colocó ruedas y un volante. Uno queda a la expectativa, espera un ¡Yabba-Dabba Do!, pero Pedro Picapiedra no aparece. Sin embargo, se agradece al flashback a la niñez.

Luego hay que caminar y poner atención para redescubrir Coyocán: hay que pasar por la Capilla San Antonio Panzacola, en la calle Francisco Sosa, no para ver la obra arquitectónica, sino para presenciar que detrás del pequeño templo, en medio de la opulencia, los indigentes tratan de calentar sus alimentos en una fogata. La decadencia de la zona se nota desde el olor fétido que despide el Rio Magdalena, que luce sucio y gris.

Igual hay que poner atención al Templo de San Juan Bautista, a uno de sus muros, y buscar una imagen formada por la humedad y el desgaste que, hace como 30 años, decían que era la misma imagen de la Virgen de Guadalupe.

Y después, hacer parada en la plaza de Santa Catarina. Muy tranquila, con su templo del siglo XVI y sus dos restaurantes donde comen los turistas. Pero los que bien conocen la zona van por un taco de lambada, placero o hígado encebollado con frijoles Cardoso (por que llevan muchos chorizo) a la calle Melchor Ocampo, atrás de la iglesia, en una tiendita. Esos tacos de guisado derriten a cualquier paladar.

Pasen y escuchen. Crónicas de Asfalto: una probadita de Coyoacán.

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