Un sábado fuera de la estación Buenavista del metro es peculiar. No está el hombre de saco y corbata apresurado por llegar al trabajo o la chica estudiante con lentes de pasta que sale de la Biblioteca Vasconcelos. El sábado es para el chavo con ropa negra, botas de plataforma y chamarra con parches; para el chico viste con gabardina negra, de terciopelo, y maquillaje que haga ver su morena piel blanquizca; la chica con el corset morado y labios negros; el muchacho con pantalones a cuadros sostenidos por tirantes; los skates que desafían a la gravedad al hacer girar sus patinetas por unos segundos en el aire y caer de nuevo en ellas.

Los sábados son para la diversidad, las diferentes tribus urbanas que se apropian de la calle Allende y sus alrededores, en la colonia Guerrero. Son los sábados del Chopo.

Al Tianguis Cultural del Chopo le costó trabajo encontrar un lugar fijo. Nació en 1980, a las afuera del Museo del Chopo, en la calle Enrique González Martínez, en Santa María la Ribera, a propuesta de la periodista y escritora Ángeles Mastretta. Luego el espació ya no fue suficiente y un estacionamiento en Insurgentes y San Cosme, en la colonia San Rafael sirvió de refugio: de ahí al Casco de Santo Tomás, el estacionamiento de la Facultad de Arquitectura de Ciudad Universitaria y en el quiosco morisco de la Alameda de Santa María la Ribera. Hasta que encontraron su lugar: la calle de Allende, entre Sol y luna. Si, así como eclipse.

Pese al tiempo, aun se mantiene el trueque, la expectativa por encontrar un disco de colección, una playera con estampado de algún álbum clásico, un monedero hecho con PET, una flor fabricada con papel y, por qué no, una hamburguesa vegetariana antes de entrarle al slam que se arma frente a la banda que toca en el foro abierto.

Al final, luego de salir del tianguis, en una de las casas de Allende, tomar una cerveza, sola, en michelada o con anís, como las que ingería Charlie Monttana.

Esto es Crónicas de Asfalto: Vámonos de tianguis al Chopo.

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