Desde hace como ocho años avenida Reforma, desde la calle Julio Verne, a la altura del Auditorio Nacional, hasta la calle Victoria, casi llegando a la Basílica de Guadalupe, se cerró los domingos para los automovilistas de la Ciudad de México. Y sí, es molesto cuando uno solamente anda en auto. Eso que le cierren las calles para que la gente se monte en una bicicleta no es de Dios, dirían algunos. Y no faltan esos pensamientos un tanto amenazantes: si llevo un enfermo, y si se presenta una emergencia, y si mejor quitamos a los de la bicicleta de las calles, y si lo centro y me llevo al de la bici.

Pero un día, ya sin el coraje, uno decide tomar una bicicleta, acomoda el asiento: lo sube, lo baja un poquito, se mide para checar si está a la altura de la cadera y no quede o muy alta y que la rodilla no alcance a flexionar cuando está sobre el pedal, o muy corta que duela el trasero cada vez que se pasa un bache. Y a pedalear. Entonces uno entiende que se le debe respeto al ciclista que lo único que tiene para protegerse es un casco. Y uno ve la ciudad diferente. La Diana que parece ser adorada por decenas de personas que se postran con los brazos extendidos hacia ella, al hacer una de las llamadas asanas de la mega clase de yoga; o el Ángel que parece moverse al ritmo de la clase de zumba. Hasta el teporocho se avieta su baile para estar en forma.

Bici-2

Vemos a familias completas, todos uniformados; los que traen a la mascota a un lado, corre que corre, y los que la traen al “perrijo” —sí, el perro que parece hijo— en un remolque, como si fuera un niño. No faltan los corredores ni los patinadores, tanto en patineta como en patines en línea o en cuatro ruedas. Es gracioso ver que algunos creen que estamos en Miami porque sólo usan short y traen el dorso desnudo. Por un momento uno dice pues qué, el DF también puede ser como Miami, quién lo impide. Pero cuando el patinador voltea y lo primero que sobresale es la abultada panza chelera o la carne colgada en forma de lonja, uno regresa al país en vías de desarrollo que un somos.

Y si se poncha una llanta, la cadena se sale, los frenos no jalan o suenan como si fuera microbús que rechina cada vez que hace alto total, hay varios talleres a lo largo de la ruta que reparan esas y otras falles de la bici, por una cooperación voluntaria.

Si, la ciudad en domingo es bicicletera. Lo único malo es que entre semana una buena parte de los que utilizan este maravilloso invento se les olvida que también tienen reglas. No es raro encontrar al tipo que anda en sentido contrario a los vehículos, que se pasa los altos, que invade el paso peatonal; o la chica que va rodando sobre la acera, donde el peatón tiene el derecho de caminar. Y la mujer todavía se molesta porque uno no le da permiso. “Pos si por eso tienes la ciclovía”, dice una señora, enojada con razón. Parece que los ciclistas sólo exigen y exigen sus derechos, pero no son capaces de asumir sus responsabilidades y respetar al peatón.

Un buen amigo de Crónicas de Asfalto un día tuvo una epifanía: No puedes ser buen automovilista ni buen ciclista, si nunca has sido un buen peatón.

Pasen y escuchen Crónicas de Asfalto radio, celebrando el día mundial de la bicicleta.

Comments

comments