Cuando realizamos este programa buscamos entrar a alguno de los estadios mundialistas que tiene la Ciudad de México para vivir, como todo aficionado común y corriente, la experiencia de disfrutar de este espectáculo. Pero a lo largo de nuestro recorrido descubrimos que lo mejor del futbol no esté en una cancha con pasto bien recortado, ni dentro de una mole de concreto con capacidad para miles de personas.

Nos dimos cuenta que el verdadero ambiente del futbol se encuentra afuera del estadio, en la porra que llega con tambores, trompetas y cantos a apoyar a la escuadra que se ama, a veces, por herencia familiar, por la identidad escolar o por razones más mundanas como el diseño de una playera; en los coloridos puestos ambulantes que venden banderas, tazas, peluches y demás mercancías alusivas al equipo; en los tacos y tortas de pastor o cochinita pibil, energía pura para aguantar dos horas de tensión, de levantarse del asiento cuando se falla un gol, de gritarle injurias al arbitro; en la cerveza que se bebe en una escandalosa trompeta de plástico antes del ingresas al inmueble.

Sin embargo, no es necesario entrar al estadio para ver buen futbol. Para eso hay que dirigirse a las tantas chanchas desperdigadas en la ciudad, esas que no tienen bien delineadas las marcas que la delimitan, que no tienen asientos para la familia que va de porra, que no tiene el pasto bien recortado; bueno, ni siquiera tiene pasto. Y que decir de la cancha de banqueta, esa con porterías hechas con mochilas o piedras de asfalto, que a veces es invadida por un auto que provoca que el partido se suspenda momentáneamente al grito de “¡Tiempo, viene carro!”. Es ahí, en esas canchas, donde un tipo apodado Calabazo es el crakc, nadie lo detiene cuando corre con el balón, lo esconde entre sus pies, parece que baila con su adversario que es vencido cuando una finta hace que se tropiece con sus propias piernas. El premio para el equipo ganador al final del partido es una torta de jamón con huevo y una caguama de cerveza bien fría, o agua de jamaica si se es menor de edad.

No importan los puntos, tan codiciados en el futbol profesional; no importa que no se tenga equipo porque ahí se arman con los que lleguen; no importa que nadie gane un peso por jugar; ni siquiera importa el marcador —al final siempre hay un “gol gana”—, porque aquí se juega algo más importante que el dinero: se juega el honor.

Pasen a lo barrido. Esto es Crónicas de Asfalto: una cascarita banquetera.

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