El mercado de la Merced, el gran centro de abasto del centro de la Ciudad de México, nos recibe desde que salimos del metro, con ese techo formado por cascarones diseñado por el arquitecto Félix Candela Outeriño, el mismo que ideó el Palacio de los Deportes y el metro Candelaria, entre otras obras.

Desde que uno está en el metro llega mezcla de olores: cebolla, hierbas, ajo, verduras, frutas, grasa de quesadillas y tacos sudados, carne cruda. Al salir uno se interna en ese laberinto de puestos de ropa, zapatos, audífonos, películas porno, herramientas, mochilas, calzones, las jicaletas de colores y más.

A un lado de la famosa nave mayor de la Merced está el mercado de los dulces. Es el paraíso para todo niño que guste de las palanquetas, cocadas, las pepitorias de colores. Las ollitas, alegrías de amaranto, lo limones con coco y leche. Sólo hay que tener cuidado, porque en el menor descuido uno puede quedar rodeado de abejas. Donde quiera que uno voltea hay colores, azúcar, dulces que recuerdan la infancia, como los cartones con chicles. Despegas uno y abajo dice qué premio ganaste.

Cruzando la avenida Circunvalación está el barrio de la Merced, bravo para algunos, entrañable para otros. Ahí está la calle Talavera que desde 2011 se convirtió en un corredor turístico y la casa que da nombre a la vialidad, una construcción colonial que en algún momento sirvió como recogimiento para señoras casadas, a donde los maridos las llevaban cuando emprendían largos viajes; así no tenía que verse en la penosa necesidad de colocarles un cinturón de castidad. Ahí está la calle del Niño Dios, con sus as boutiques donde arreglan y visten a las figuras que representan a Jesús bebé, de yeso y pasta. Ahí, en la Merced, está la calle de la belleza, la pulquería del Recreo, un pedazo de Oaxaca en el DF en la calle de Santísima. Ahí esta la Santa Muerte y su competencia, San Judas Tadeo, ambos con sus devotos cargados de collares y mona de thiner.

Ahí en la Merced también está la zona de la prostitutas, que se pasan horas esperando que les caiga algún cliente. Para cubrirse del sol han ideado un sistema de sombra para no cargar tampoco el paraguas. En la malla de contención, sobre Circunvalación, colocan en fila las sombrillas abiertas, a Pero no sólo ellas se ponen debajo para que no les queme el rayo de calor y luz que despide el astro. También lo hacen los boleros y el hombre que les vende minifaldas, licras casi transparentes y su respectiva tanga, porque ellas bien saben que la que no enseña no vende. Ahí está también la doña que les cobra el uso de piso, con su libreta y una pluma que raya en el papel el nombre de la chica que ha pagado su cuota por pararse a trabajar. Ahí están, a pocos metros de la puerta de uno de los hoteles de paso, una docena de hombres entre 30 y 50 años viendo salir a las muchachas que acaban de despachar a algún cliente. Así, con la imaginación calman las ansias por poseer un cuerpo que, si bien no está del todo torneado, si es más joven que la mujer que los espera en casa.

Así es la Merced. Un barrio diverso, con sus toque de cultura, de mota y prostitución al mismo tiempo. Un microcosmos de la Ciudad de México.

Esto es Crónicas de Asfalto Radio. La Merced, un diamante en bruto.

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