Los lances desde la tercera cuerda, las llaves que inmovilizan al adversario, los movimientos veloces, la resistencia para aguantar patadas y golpes, hasta los bailecitos y coreografías que se inventan los luchadores cada que suben a un ring tienen su origen en el gimnasio. Sólo hay que darse una vuelta alguno que esté ubicado en un barrio bravo, como la Merced. Desde que uno entra se escuchan los golpes en la lona producidos por las espaldas de muchachos y muchachas entre 15 y 22 años. A algunos les enseñan a entrar al ring saltando sobre la tercera cuerda, otros hacen músculos cargando pesas. Todos son supervisados por sus maestros, luchadores profesionales que los fines de semana se parten la máscara en gajos en las arenas.

En esos lugares, las arenas, la función de lucha libre no comienza cuando se encuentran en el cuadrilátero los gladiadores, sino en la calle. El color lo ponen las máscaras hechas con telas brillantes de tonalidades fuertes como verde, rojo, dorado; también los muñecos que idealizan el cuerpo bien esculpido de algún luchador que dejó el abdomen de lavadero muchos años atrás. Los artista urbanos han absorbido los elementos de la lucha libre para crear gorras que en la parte de enfrente tienen el diseño de la máscara y atrás la agujeta simulando que uno se sujetará la careta. Con esa misma idea hay algunas playeras y hasta pañaleros.

En cuanto uno pone un pie en la arena se siente un sobresalto en el corazón. Es emocionante porque algo importante está apunto de pasar. En el centro del lugar está el cuadrilátero, el único punto bien iluminado, como si fuera un nicho. Allí se enfrentarán estos hombres que encarnan el bien y el mal, mientras la gente compra a los vendedores papas fritas, tortas, la sopa instantánea, una, dos, tres chelas. Y es que mucha gente de la oficina, de la fábrica o del centro comercial donde laboran viene a ver las luchas. Aquí todos son iguales. Bueno, no tanto porque unos son rudos y otros técnicos.

¡Órale chango, te caes de hambre! ¡No chilles, no seas puto! ¡Con esa pinche panza parece que vas a tener perritos! ¡Rudo, rudo, pero chinga tu madre! Fuertes declaraciones del público hacia los luchadores que no se inmutan, al contrario, eso los enardece más. A los niños cuando pronuncian alguna de estas palabras prohibidas en casa las mamás los regañan con un: “ Este no es lugar para decir groserías”. Y entonces ,uno se pregunta, ¿y en dónde si hay chance de decirlas? Pues en la arena de lucha libre. Y ahí están los niños que también mientan madres, los adultos que no paran de burlarse del luchador expulsado del encordado con tremendas patadas en el pecho y el hasta el aficionado mudo que agita los brazos y nos enseña una forma de decir injurias con todo el cuerpo.

Éntrenle a Crónicas de Asfalto radio, de dos a tres caídas, al deporte de los costalazos.

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