Entre las ceibas —el árbol fundacional de la capital cubana— y las palmeras, se refugia la Plaza de Armas de la Habana Vieja. Ahí los habaneros llegan en las mañanas a hacer algo de aerobics, a sentarse y comer cacahuates envueltos en un cucurucho blanco, a disfrutar a veces de un concierto, a refugiarse de los rayos del sol. Para los turistas es el lugar pintoresco donde pueden conseguir algún objeto antiguo, lo que en México llamamos chácharas, como posters de la película “Vampiros en la Habana”, fotos del Che, de Fidel, de Camilo Cienfuegos; álbumes de estampas de la Revolución, monedas, billetes de tres pesos —qué parecen recién salidos de la fábrica— con la cara del Che, relojes, cámaras rusas y libros usados que no bajan de 10 dólares, un tanto caros para los precios de las librerías cubanas donde con l mismo dinero pueden adquirir 10 libros.

A un costado de esta plaza, sobre la calle Obispo, se encuentra un rincón que a veces pasa desapercibido. Es un sitio que uno bendice que exista cuando la temperatura rebasa los 34 grados centígrados: la Casa del Agua la Tinaja, donde don Pedro Oropeza, detrás de una barra de madera, garrafones de cerámica blanca y una pared que cuenta en fotos su historia como aguador, reparte sin parar vasos con agua de manantial filtrada con los métodos utilizados en la Colonia. Antes de él lo hicieron decenas de personas más, desde 1554, cuando la gran crisis de agua potable provocó que en la ciudad hubiera decenas de expendios similares. Hoy éste es el único que queda. Don Pedro reparte agua por una moneda, la que sea; a un hombre que da de beber no se le niega una.

Al caminar por las calles de este centro histórico uno también encuentra muchos perros callejeros que entre los vigilantes de los museos y la Oficina del Historiador de la Habana decidieron adoptar para esterilizarlos, vacunarlos, bañarlos, ponerles una placa y darles trabajo como guardianes. De esta forma los hacen parte del patrimonio de la ciudad y le dan la vuelta a una ley prácticamente condenaba a muerte a estos animales.

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A un costado de la Plaza Vieja, otro punto emblemático de La Habana, se encuentra el Museo del Naipe, uno de los cinco recintos en su tipo en todo el mundo, que resguarda desde cartas que jugaban los abuelos cubanos, hasta la baraja española diseñadas por Salvador Dalí.

Y entre el arte y la cultura popular uno también se topa con los “chulos” y las “jineteras”, el padrote y la prostituta, uno de los motivos por los que muchos turistas suelen viajar a La Habana. A menos que uno tenga cara de cubano difícilmente escapará de algún ofrecimiento.

Denle click al player y escuchen Crónicas de Asfalto desde La Habana Vieja, donde un hombre calma la sed de cientos, un museo despierta al tahúr que uno lleva por dentro y la prostitución regresa a todo viajero a la realidad latinoamericana.

¡Qué lo disfruten!

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