Dicen los Van Van que La Habana quiere ser la capital más bonita de toda América Latina. Y ahí la lleva esta ciudad, sobre todo si nos asomamos a su Centro Histórico: la Habana Vieja.

Para conocerla hay que caminar entre sus calles adoquinadas, edificios históricos restaurados y casonas coloniales. Desde hace unas tres décadas la Oficina del Historiador de La Habana —algo así como el Fideicomiso del Centro Histórico en la Ciudad de México, una institución que lleva a cabo acciones y programas para revitalizar ese punto de la urbe— se ha encargado de la restauración de este lugar que es Patrimonio de la Humanidad. Y no lo ha hecho nada mal. Muestra de ello es la calle de Mercaderes que, se dice, quedó casi igualita a como estaba en el Siglo XVIII, pero en lugar de la imprenta, los comercios de tejidos de lana, lino, seda, plata y oro, ahora está llena de museos de todo tipo como el del tabaco, el de la armería, donde está el fusil que utilizó el Che Guevara; el del chocolate, la casa de la perfumería 1791 donde reproducen las lociones que se hacían en esa época. Hay algunos hoteles, restaurante y paladares, que son pequeños negocios cubanos donde ofrecen comida más auténtica, más cubana, algo así como las fondas en México.

Sin embargo, en San Ignacio, una calle paralela a Mercaderes, la fisonomía del Centro Histórico cambia. El adoquín de las calles está un poco suelto en algunos lados, hay edificios muy viejos, con paredes descarapeladas, se cae el olor verde, ocre y blanco pintado por los habitantes. Es una calle en proceso de restauración. En estos edificios históricos viven varias familias que han adaptado el interior dividiendo el espacio con paredes de madera para que ahí puedan habitar hasta diez familias. Pero éste es el encanto de la Habana: mirar a la derecha un edificio restaurado y a la izquierda uno viejo, de cuyos balcones cuelga la ropa y las sábanas blancas recién lavadas. Evidentemente no se ha arreglado toda La Habana Vieja. Falta dinero, sin embargo, la gente se siente orgullosa se su Habana Vieja

graffiti Habana Vieja

La calle San Ignacio habla mucho de la Cuba actual. Aquí uno puede ver que el graffiti es un movimiento que está penetrando muy fuerte en Cuba, o por lo menos en La Habana. Pero no son rayones para vandalizar; se trata de obras de arte donde se captura a veces a músicos cubanos con guitarra o tres, maracas, bongoes, con un estilo que recuerda al cubismo. Casi enfrente hay un negocio de ropa de lino o algodón, modesto, sin tantos aparadores ni adornos. La mayoría de los clientes son cubanos y pagan con moneda nacional. Es curioso porque a la vuelta hay otra sucursal de la misma tienda, con la misma ropa —guayaberas, blusas, pantalones—, enfocada al visitante, con precios de turista, es decir CUC, la divisa cubana que tiene un valor muy similar al dolar. En la tienda una guayabera cuesta 60 pesos cubanos, en la otra sucursal también cuesta 60, pero CUC.

Unos pasos adelante, una cafetería está casi invisible en una zona turística. Prácticamente sólo ingresa ahí la gente de la isla. No está prohibida la entrada a turistas ni mucho menos, lo que pasa es que no la ven. Es un local con poca luz, de primera vista no parece una cafetería como las que hay en otros lugares del mundo, con la gran máquina para expreso grande, refrigerador con cristal que guarda los pastelillos, mesas, sillas. Este es un local que tiene una barra de madera pegada a la pared, donde uno puede colocar los alimentos, así como bancos del mismo material sueltos. Unas tablas bien barnizadas, eso sí, dividen la cocina del comedor. Ahí se preparan sandwiches de jamón con mayonesa. En la barra donde se despacha hay varios garrafones de unos cinco litros de capacidad llenos de aguas de sabores, como limonada y tamarindo. Sólo dos pesos cubanos el vaso de 250 mililitros, más barato que una botella de plástico de medio litro, a 15 o 18 pesos.

Pasen y escuchen Crónicas de Asfalto radio internacional desde La Habana, una tierra que quiere ser la capital más bonita de América Latina.

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