En algún momento de nuestras vidas más de la mitad de los habitantes de la Ciudad de México nos hemos transportado en microbuses, combis y taxis. De verdad. Según un estudio del Fideicomiso para el Mejoramiento de las Vías de Comunicación del Distrito Federal (FIMEVIC), casi el 60 por ciento, o sea, poco más de 12 millones de personas, viajamos a diario en este tipo de transporte. Y nos tenemos que aventar una odisea al abordarlos.

A veces hay que subir desde el paradero, animados o no por el cacharpo —ese sujeto gritón que indica el destino de la ruta, cobra y arrea a los pasajeros—. No es casual que en las bases de los microbuses se encuentre un altar a la virgen de Guadalupe; más de un pasajero se santigua frente a la imagen y luego entrega su vida al chofer. Viajar en micro en el DF es cuestión de valor.

Uno se tranquiliza cuando ve al conductor, con trapeador en mano, limpiando su unidad, con uniforme —algunos hasta usan corbata— y saluda en cuanto uno deposita las monedas para pagar el viaje. Pero cuando prende el autoestéreo y suena el reggaeton o el narcocorrido a todo volumen, uno sólo respira y vuelve a mirar el altar de la Guadalupana.

No falta aquel que quiere meter más gente de la que cabe en la unidad, el que pasa los topes a toda velocidad, como si fueran rampas, o el que va echando carreras con otro micro para agarrar pasaje.

Lo que si es agradable de viajar en microbús son los artistas urbanos. Antes subían los que tocaban rock urbano con su guitarra y pandero a los pies. Ahora se han agregado los muchachos que gustan del hip-hop. Traen una pequeña bocina que toca un loop —una base musical que se repite— y sobre él comienzan a improvisar sus rimas.

Sin embargo no todos los viajes en microbús son tan desastrosos. Sí hay conductores que se preocupan por los pasajeros, piden las cosas por favor, esperan a que baje la gente, respetan los semáforos en rojo y escuchan música a volumen moderado. El problema en muchos de estos casos son los viajeros, que quiere llegar rápido a sus destino o que desean bajar donde se le de su gana y no en las esquinas. ¡Qué la canción, a nadie se le da gusto!

Pásenle a Crónicas de Asfalto radio. Esquina bajan: viaje en micro, trole y metrobús.

Foto: Eneas De Troya flickr

Comments

comments