Entre las construcciones emblemáticas, no sólo del Centro Histórico, sino de la Ciudad de México, hay una que por mucho tiempo significó la entrada del país a la modernidad: la Torre Latinoamericana. Fue diseñada por Augusto H. Álvarez, el mismo que proyectó el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México. Inspirado en el rascacielos Empire State de Nueva York, Álvarez decidió cambiar el plan original de levantar un edificio de 25 plantas por un rascacielos de 44 pisos. Y aunque ya no es el edificio más alto de la ciudad, si es uno de los más conocidos.

En la Torre se concentran oficinas, centros de entretenimiento, un restaurante, un par de museos (uno de ellos guarda la voz de Jacobo Zabludovsky narrando la ciudad destruida tras el terremoto de 1985) y el mirador, su mayor atractivo. Arriba, en la azotea, el viento circula con mayor libertad, golpea la cabeza, alborota el cabello. Desde cualquier punto se puede apreciar la panorámica de la urbe, pero uno se acerca a la orilla, se asoma al vacío para apreciarla mejor. Desde esa altura se reconocen puntos simbólicos de la urbe: al norte el templo de la Basílica de Guadalupe, al sur la Calzada de Tlalpan, al poniente el edificio conocido como el pantalón en Santa Fe, y al oriente la cúpula de la terminal de autobuses de San Lázaro, todo rodeado por montañas y cubierto por un manto gris de contaminación

Luego, inevitablemente, uno saca un par de monedas, las coloca en alguno de los catalejos que abren la mirilla para, desde ahí, buscar la casa. Llega entonces una sensación de triunfo y reconocimiento al encontrarla. Se le dice a los amigos, a la novia, que se asomen y vean la azotea del hogar, que no muevan el aparato, que no vayan a perder la ubicación. Pero los amigos y la novia mueven el aparato para buscar sus hogares y observar los tinacos de agua y el piso rojo por el impermeabilizante desde la azotea más alta del Centro Histórico.

Bienvenidos a Crónicas de Asfalto radio. En la Torre… Latinoamericana.

Comments

comments