Ya regresamos de vacaciones y fuimos a pedir nuestros regalos con los mismísimos Reyes Magos. Desde hace un par de años fueron expulsados de la Alameda Central y ahora los encontramos en la explanada de la delegación Cuauhtémoc, entre juegos mecánicos, puestos de tacos de suadero, pambazos, alitas de pollo adobadas al carbón y uno que otro bar de banqueta.

Pero los Reyes no nada más son magos. También le hacen el resto del año al rockanrol, al electricista, a la albañilería, a cualquier oficio que les deje para adquirir los juguetes que piden los niños la noche del 5 de enero. No es fácil cumplir la ilusión de los hijos propios y ajenos. Para nada.

Y como dicta la tradición, también comimos rosca de reyes, con esas tiras de fruta cristalizada que provocan un orgasmo de sabor. Pero cuidado, porque después de la experiencia orgásmica puede llegar un niño y con él la promesa de unos ricos tamales un mes después.

Crónicas de Asfalto en busca de los Reyes Magos. Que lo disfruten.

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