El Centro de Tlalpan no pierde su sabor pueblerino. El kiosco en al centro de la Plaza de la Constitución, al lado una fuente y al fondo la delegación o el edificio de gobierno, que hace unos 100 años era el palacio municipal, porque Tlalpan, o mejor dicho el antiguo poblado de San Agustín de la Cuevas, fue la capital de Estado de México. Por su plaza se pasean los personajes: el bolero, la señora que vende tacos, el muchacho que vende papas fritas en su vitrina blanca con ruedas, los chicos con ropa holgada y grabadora que bailan rap, el teporocho que habla sólo, la señora que exagera en su arreglo y que también habla sola, el artesano que vendes sus casas de madera con tamaños que van desde la que cabe en una maqueta para la escuela, hasta la que es para muñecas, todas con chimenea y techo de dos aguas.

A un costado de la parroquia y convento de San Agustín de la Cuevas se ubica otro templo, aunque dedicado a una actividad más secular: La Jalisciense, la cantina más antigua del rumbo, con 140 años de historia. Conserva la tradición de estos establecimientos: pocas mesas, música de banda, al fondo los parroquianos juegan cubilete y los tragos bien servidos con el toque exacto para que no sepa sólo a alcohol o al saborizante del mezclador. En esa casa nació Renato Leduc, quien era un visitante asiduo, así lo narran unas fotos colgadas en las paredes donde se ve al poeta abrazando al dueño. Pero La Jalisciense es más recordada porque era, casi casi, el centro de operaciones de Armando Jiménez, el Gallito Inglés, el cronista del albur y el populacho. Incluso llegó a presentar algunos de sus libros en ese lugar.

No muy lejos de ahí, sobre la calle de Congreso, hay un humilde gimnasio para entrenar box, cuya entrada está ocupada por una tienda improvisada. El lugar es sencillo, de barrio, su techo es de lámina. El ring parece que entró con calzador porque el sitio es muy pequeño, pero lo suficientemente como para hacer algunos rounds y que el entrenador pueda moverse abajo del ring soltando gritos e indicaciones a su pupilo. Ese coach es Juan Fabila, quien hace 60 años le evitó una vergüenza todavía mayor al deporte mexicano al ser el único atleta en traer una medalla —de bronce— de los Juegos Olímpicos de Tokio en 1964.

Pásenle a Crónicas de Asfalto radio y denle una escuchada a las historias nacidas en el viejo barrio de Tlalpan.

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