El tianguis está lleno de puestos con adornos tricolores: pelucas, sombreros, tiras de papel, pequeños chales, grandes medallones de plástico dorado con el escudo nacional, vestidos para niñas al estilo china poblana pero sin lentejuela. De un lado están las banderas, del otro los niños jugando con las trompetas. Y no puede faltar el puesto de cohetes. Son un clásico. Pero esto sólo es un preámbulo para la fiesta de a de veras, la que se da en cada plaza pública de México: el Grito. No importa en que situación se encuentre el país; el mexicano festeja la Independencia porque hoy puede, mañana quién sabe. Tal vez lo mate el hambre, el narco o un camión. Quién sabe.

Llegamos a una feria que se instaló por el rumbo de Aragón. Hay que subirse a los juegos mecánicos. Qué tal a ese que le llaman kamikase, que parece como si dos martillos se balancearan con mucha fuerza hasta dar unas vueltas en 360 grados o mantener a los valientes pasajeros algunos segundos de cabeza. No importa, aunque uno grite, sienta que el estomago y otras partes del cuerpo cambian de lugar, y a veces hasta baje llorando, siempre hará fila para subir otra vez.

No falta la casa con animales fenómenos, donde viven el borrego de cinco patas, el marrano de ocho y la serpiente de cuatro metros de largo. Vienen de varios países y aguantan el viaje porque están disecados. Tampoco puede dejar de ir a la verbena popular el señor que vende los huevos rellenos de confeti, que se aventó una buena labor. La cosa es complicada porque debe tener cuidado cuando vacía la clara y la yema para no romper todo el cascarón. Hace años los huevos se rellenaban con agua perfumada o de colores; ahora llevan harina y, a veces, no se le quita el relleno original.

Y la comida ¡qué cosa! Los buñuelos, esos grandes discos crujientes bañados con esa miel hecha de piloncillo; los pozoles y las tostadas de tinga; los hotcakes, las banderillas de salchichas capeadas con harina y las alitas adobadas. Hay tacos, pambazos, el pan de pueblo y hasta bebida exóticas como esa que llaman “nalgas de indio”, que la sirven en una copa con la forma de frondosas posaderas de mujer.

Sean bienvenidos. Esto es Crónicas de Asfalto y así se vive el Grito. ¡Qué viva México!

Comments

comments