Pisar el Centro Histórico de la Ciudad de México es caminar por el corazón del país. Ahí confluyen políticos, manifestantes, comerciantes, estudiantes, turistas, locales… recibe a todos con los brazos abiertos. De una calle a otra cambia el ambiente en que uno se mueve, no por el paisaje arquitectónico, sino por su actividad, como en la calle de la Soledad, detrás del Palacio Nacional, donde la gente consigue ropa para bebe, enfermeras, guantes y hasta vestidos de la Barbie con los vendedores ambulantes y fijos. La supuesta clandestinidad del ambulante, que paga un espacio a las autoridades sin rostro, es perseguida cada tanto por policías y granaderos que decomisan desde ropa, bolsas y mercancías de novedad hasta el barril del tepache y el carrito de jochos de tres por 18 pesos.

Los edificios del Centro, más allá del dato histórico, son una muestra de cómo la gente se apropia del espacio. Ahí está la Catedral Metropolitana, que en uno de sus costados aloja a los campesinos y demás migrantes, que en esta ciudad no tienen qué sembrar y sí una tubería que reparar, una pared que levantar, un caño que destapar, todo con un mal pago.

Lo mismo pasa en el Zócalo, la plaza principal en México, que se convierte, según quien llegue, en escenario para conciertos, en espacio para la manifestación, en terreno para alojarse con mantas, en el lugar donde James Bond tuvo su última aventura, hasta en estacionamiento de políticos —y sólo de ellos porque si a cualquier otro se le ocurre apenas pararse un momento, ahí sí llega de inmediato la grúa—.

Pasen y escuchen Crónicas de Asfalto radio, desde el Centro Histórico con brazos abiertos.

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