Desde que uno sale del metro Tepito el barrio lo recibe con notas de salsa, guaracha y demás ritmos tropicales. Todos hemos escuchado hablar de Tepito, el barrio bravo. Acá hasta al más “broncudo” se le bajan los humos. Al barrio se le respeta. Si alguno se pone “loco” acá se le corrige a cocos.

Prácticamente no hay habitante de la Ciudad de México que no haya comprado algo en su tianguis: ropa, pantallas, estéreos, discos de acetato, perfumes, colchas, muebles, alcohol: “que te doy güero yombina o tinta china”. Hay que caminar por la avenida Del Trabajo, sobre la calle donde antes se vendían chácharas, no cosas de segunda mano, hay que aclararlo, sino esos objetos que ya mucha gente considera basura pero que uno como coleccionista urbano les ve su verdadero valor. Hoy aquí ya se vende de todo, hasta productos de belleza, celulares, pasta de dientes, jabón para platos, medicinas, sartenes, herramienta.

Se dice que Tepito siempre ha sido zona de comercio, desde la época de la gran Tenochtitlan. Pero no
tuvieron el gran poder económico que alcanzaron sus vecinos los pochtecas de Tlatelolco. Por tal razón tuvieron que crear su propio mercado. Durante el virreinato y buena parte del México del siglo XIX, Tepito, por su ubicación en las afueras de la ciudad —o sea a unos ocho minutos del actual Zócalo capitalino—, empezó a poblarse de mesones a los que los arrieros llegaban para vender sus mercancías. Muchos de ellos se quedaron a vivir en el sitio e instalaron negocios propios. En el siglo XIX, se montó un “baratillo”, bisabuelo del gran mercado actual, que vendía la mercancía más barata que en el mercado de Tlatelolco. Mucha de ella, al igual que los ropavejeros de hoy, la conseguían los comerciantes en los barrios mas opulentos de la capital azteca.

Pásele a lo barrido. Esto es Crónicas de Asfalto radio: bravo el barrio, bravo Tepito.

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