Dicen que los primeros chilangos entraron por la TAPO (la Terminal de Autobuses de Pasajeros de Oriente). Eran nuestros abuelos cuando aquel paradero era la vieja estación de tren. Venían de Veracruz, Puebla, Tlaxcala, Chiapas, Tabasco, Oaxaca. Luego nacieron nuestros papás y fuera de la ciudad decían que esa generación era grosera, gandaya, alburera, naca… Eras del la Ciudad de México y te miraban feo, te negaban el servicio. Los chilangos de lo peorcito que había en México. “Mata a un chilango y haz patria” decía una frase.

Tuvieron que pasar tres generaciones para que la palabra chilango dejara de ser despectiva, ofensiva, un sinónimo de indeseable y se convirtiera prácticamente en el gentilicio de quienes vivimos en el Distrito Federal. Hoy la tomamos como nuestra, somos chilangos y no nos da pena, al contrario exaltamos nuestro origen.

Así como los habitantes de otras ciudades, los chilangos tenemos nuestras costumbres: se camina con prisa aunque no haya tal; recorremos cinco kilómetros en una hora porque siempre estamos atrapados en el tránsito vehicular; se come mucha grasa en los puestos localizados fuera del metro; en los baños públicos una señora raciona el papel higiénico porque si lo deja dentro seguro no duraría más de una hora; se desayuna tortas de tamal; cuando hay una desgracias le tendemos la mano a la gente.

Rescatamos del archivo de Crónicas de Asfalto este programa en el que el profesor Jesús flores y Escalante, fallecido hace un par de años, y el Dr. Pablo Dueñas, ambos cronistas, escritores y estudiosos de la cultura popular mexicana, nos explican, luego de un baile callejero en las calles del Centro Histórico, quiénes somos los chilango.

Bienvenidos. Esto es Crónicas de Asfalto: Así somos los chilangos.

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