La colonia Doctores es una zona que ha enriquecido la cultura popular de la Ciudad de México. Aquí un zapatero creó la primera máscara para los gladiadores de la lucha libre; aquí los juerguistas de los años 50 terminaban la noche degustando un caldo de gallina frente a la antigua estación de tranvías de Indianilla; aquí se estableció uno de los más antiguos expendios de tepeche, en el mercado Hidalgo.

Y desde hace unos siete años se agregó otro sitio en el número 15 de Doctor Olvera, la misma calle donde hicieron su primera tocada los Apson, ese grupo de rocanrol con el que mi madre cantaba apasionada :“Por qué se fue, por qué murió, porqué el Señor me la quitó…”. Es el Museo del Juguete Antiguo.

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Se distingue entre todos los locales que venden materiales para electricistas por su vitrina, parecida a la de una farmacia de barrio, que guarda trenes rojos, una motoneta de pedales, camioncitos de construcción, una lonchera con Pancho Pantera al frente, camiones cuyos pasajeros son los playmobil, y una antigua bomba de gasolina que sirve como exhibidor para pequeños despachadores de juguete. La puerta está a un lado, antes de pasar al enano de gorro verde y camisa amarilla que parece indicar a los autos el camino hacia el estacionamiento.

Luego de subir unas escaleras empieza la magia. En un instante uno es transportado a la niñez. Hay juguetes por todas partes, tantos que uno se siente abrumado y no sabe por donde empezar. De un lado están los carritos de metal con los que se jugaba carreterita; las marionetas con cuerpos de guante y las cabezas sonrientes de Don Ramón, la Chilindrina, el Chapulín Colorado y otros personajes creados por Roberto Gómez Bolaños. Si uno mira hacia abajo verá al Pato Donald, un changuito con sombrero, un elefante de circo y un calvo de nariz de bola, todos con un tambor o platillos, cual si fueran una banda de guerra que salió de la colección del Tío Gamboín. También aparecen los luchadores de plástico duro y juegos de té, esos con rebaba que se vendían en el tianguis y el mercado.

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Voltea uno la cabeza y ve que grandes robots guardan en su estomago de cristal otros robots de metal, fabricados a mano en los 50. Y para no romper con la ciencia ficción, allí están varios platillo voladores hechos con lámparas de un quirófano de mediados del Siglo XX. Sus focos han sido sustituidos por lentes que hacen ver más chicos o grandes a Astro Boy, al bebé astronauta, al cohete espacial de la NASA, al marciano de plástico verde, al C3PO que ha perdido el dorado del rostro y ahora se mira en color negro por estar gastado de tanto jugar.

Pero quien se lleva la atención en este mundo de más de 40 mil juguetes es la máscara monumental del negro que alguna vez estuvo en el Salón Colonia, el mítico sitio la Obrera donde emperifolladas damas y caballeros que le tiraban a ser dandis se daban cita para bailar danzón. Está aquí con esa sonrisa que se comía al pianista en turno y su diente dorado, que ya quedó descarapelado porque la gente lo raspaba creyendo que se trataba de oro.

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Las abuelas miran las muñecas de sololoy con nostalgia, los adolescentes lo hacen con sorpresa, pues no conciben el mundo sin tecnología; y los niños van de un lado a otro con ansia, dan de gritos y jalan al abuelita para que mire esa cocinita. Aunque este lugar es como un chiste cruel para los pequeños, porque no pueden tocar los juguetes. Qué frustración.

Y las exclamaciones no paran: “Mira, yo tenía ese cuando era niño”, “Con ese muñeco jugaba así o de esta otra manera”, “Uy, ese me lo trajeron los reyes”, “ Siempre quise tener ese He-Man pero nunca me lo compraron”, “Ese lo tenía mi primo”.

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Luego de recorrer dos salas y un sótano lleno de juguetes, de dibujar a cada rato una sonrisa de oreja a oreja, de revivir los recuerdos de la niñez y de abrazar por momentos la nostalgia, uno se queda con la reflexión del ingeniero Roberto Shimizu, quien empezó esta colección cuando apenas tenía 10 años: “Para mí el juguete tiene más valor cuando está jugado que en una caja sellada. Puede que cueste más si está cerrado, pero si no lo abriste cuando te lo compraron, se te pasó tu niñez y ya no jugaste con él. El chiste del juguete es jugarlo y hasta despedazarlo. Eso quiere decir que sí cumplió su función”.

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