Su rostro hace resaltar lo cano de su bigote y de su escaso cabello. Es hombre de facciones recias y mirada firme. Porta orgulloso una camisola negra adornada con vivos tricolores; lleva un pañuelo al cuello y un sombrero rematado al centro con una gran flor roja. Es 5 de mayo en el Peñón de los Baños, una colonia, casi un pueblo que mira hacia el aeropuerto, al noreste de la Ciudad de México. Don Facundo se encuentra presto, pero en vez de rifle porta su chirimía, una especia de pequeña flauta de madera. Está listo para la batalla.

Son cerca de las ocho de la mañana. Me encuentro en la casa de don Facundo quien es el “mero bueno” de la Asociación Civil 5 de Mayo, instancia vecinal encargada de la organización del simulacro que conmemora la victoriosa lucha del ejército mexicano sobre las fuerzas invasoras francesas ocurrida allá en 1862.

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Los interiores de su casa y el patio parecen un hormiguero: hombres, mujeres y niños van y vienen entrecruzándose, alistándose para la representación: unos se acaban de caracterizar, otros limpian escopetas y cañones, y algunos más disponen lo necesario para la comida. De manera apresurada, los hijos de don Facundo se encargan de recoger las firmas y sellos de autorización por parte de bomberos y protección civil, y de repasar por última vez la ruta y las paradas de los contingentes.

Ya van 85 años de representaciones continuas de este pasaje épico-militar en el Peñón de los Baños. Gran parte de esta historia ha sido escrita por los familiares de don Facundo, como lo atestiguan las fotografías que conforman un gran mural colgado en las paredes de la sala. Al tiempo que toma una bebida color ámbar contenida en una botella de plástico de un litro. “Para aguantar”, dice don Facundo que me platica algunas anécdotas, como cuando iba a las orillas del todavía existente lago de Texcoco a comer ahuautle, los huevecillos de mosco, el llamado caviar mexicano; o cuando acompañó el descubrimiento, en 1959, de “La Mujer del Peñón”, que por muchos años se creyó el habitante más antiguo hallado en América.

Llega la hora del primer recorrido en las calles: de la casa de Don Facundo hacia el barrio del Carmen, para de ahí llegar hasta la escuela primaria Hermenegildo Galeana donde comienza oficialmente el simulacro. Los nacos, zacapoaxtlas o simplemente indios, son los más numerosos. Lucen calzoncillos largos y camisas de manta, sombrero de palma y huaraches. Portan un cacaxtle, que es una delgada rama atada en forma circular con un tejido doble que permite que funcione como morral o bolsa para las previsiones.

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Uno de los principales estandartes del contingente es negro y con letras doradas; se aprecia la leyenda: “Chirimía Facundo Rodríguez”. Se trata de una agrupación musical con una tradición de casi un siglo y está conformada por unas 10 personas. Don Facundo comenta que su padre y su abuelo ya eran chirimiteros. Una vez en las calles, don Facundo saluda y recibe saludos, es evidente que se trata de un personaje con autoridad, al igual que sus hijos y nietos, que también participan en la representación.

Además de la celebración, este 5 de mayo tiene para mí cierto dejo de nostalgia. Después de muchos años vuelvo al Peñón de los Baños, esa legendaria colonia. No me son ajenas las calles de sus tres principales barrios cuyos nombres se deben a las iglesias que hay en cada uno de ellos: Los Reyes, La Ascensión y Del Carmen. Viví y estudié la primaria en la Pensador Mexicano, colonia contigua al Peñón. En aquella época no faltaba e gandallita que molestaba a los demás y se amparaba en un halo de intimidación acompañado de la frase “soy del Peñón”, y por aquello de las dudas, nadie se metía con él.

Ya más grande, con los amigos de la cuadra, era toda una aventura “subir” al Peñón a los bailes callejeros que amenizaban los sonidos Fascinación, Arcoiris y La Conga. Eran los tiempos dorados donde el barrio de el Peñón fue bautizado como La Colombia Chiquita, debido a la cantidad de música de aquél país sudamericano que se tocaba en las calles. Después, más grande, comencé a trabajar en el taller mecánico de mi papá, ubicado en contraesquina del Parque del Niño Quemado. Fue ahí donde conocí el barrio bravo del Peñón y su famoso carnaval, del cual se dice a manera de máxima: “sin muertito no hay carnaval completo”, y es que frecuentemente en esta celebración se ajustan cuentas entre las bandas: “Los calaveras”, “Los Chenchas”, “Los Caballero”…

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Pero regresemos al 5 de mayo. La Chririmía de don Facundo, que incluye un teponaztle (un tipo de tambor hecho en un tronco de madera, grueso, con tres hendiduras en la parte superior cortados en forma de “H” y hueco por abajo), pone a bailar a propios y extraños. Los nacos y las nacas son los más entusiastas, pero los franceses también se dejan seducir por los ritmos. “¡¡¡Estos huaraches que traigo yo, la chirimía me los compró!!!” entonan jubilosos los músicos al tiempo que trotan zigzagueantes y cadenciosos. El ambiente festivo ya invade las calles del Peñón. Además, parte fundamental del ambiente sonoro a lo largo de toda la jornada festiva son las ensordecedoras detonaciones de cañones y escopetas. Muchos participantes que “ya se la saben”, traen algodones o tapones en los oídos; pero los más despistados se llevan algunos sustos o quedan aturdidos momentáneamente por la potencia de los disparos. De hecho, no es raro escuchar que “ya fulanito de tal se voló los dedos”.

Por fin llegamos a la primaria; a las afueras de ésta, una banda de guerra recibe al contingente. Al interior todos hacen una formación cuadrangular alrededor del gran patio para comenzar oficialmente la representación de la Batalla de Puebla. La directora de la primaria toma la palabra y da pauta a la ceremonia de Honores a la Bandera, no sin antes agradecer a los representantes de la delegación Venustiano Carranza, a los organizadores, a las diferentes escoltas, a la policía, a los elementos del Ejército Mexicano, y, por supuesto, a los vecinos ahora caracterizados de Benito Juárez, de Ignacio Zaragoza, de Manuel Doblado, del General Prim y de Juan Francisco Lucas, jefe de los zacapoaxtlas, así como de los generales franceses y sus tropas. Después de los Honores, el orador principal es don Facundo. Con palabras sencillas y pausadas agradece a la concurrencia por su participación y aboga para que esta tradición continúe por muchos años más.

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Saliendo de la escuela, combatientes y músicos recorren las calles principales del Peñón hasta llegar al barrio Del Carmen donde hacen una parada para realizar una representación de la batalla, que dura aproximadamente hora y media. Después de este primer combate, los integrantes de ambas tropas, mexicanas y francesas, se distribuyen, con una organización asombrosa, a diversas casas donde se les tiene preparada una comida, que en todo momento es amenizada por música.

Cerca de las cuatro de la tarde da comienzo el simulacro oficial. A escasas cuadras del cerro del Peñón, encima de un gran templete ya se encuentran los personajes principales, con micrófono y parlamentos en mano; es el momento en que se le notifica al presidente Benito Juárez que las tropas invasoras han desembarcado en nuestro país. Después, en una interpretación libre de este episodio de la historia de México, viene la lectura de los tratados de La Soledad —donde Inglaterra, Francia y España, los invasores aliados, reconocen al gobierno mexicano y se comprometen a no atentar contra la soberanía del territorio nacional— e inmediatamente después se registra la primer escaramuza entre mexicanos y franceses —quienes desaprobaron los acuerdos—. Así continúan los casi inaudibles parlamentos por largo tiempo, mientras abajo, un poco desinteresados de la conmemoración histórica, los demás participantes se encargan de pasarla bien. Ya se han sumado las bandas de tambora o sinaloense y aquello está convertido en una gran fiesta.

Al principio de la jornada la presencia de patrullas y elementos de la policía capitalina era considerable, pero a estas horas de la tarde, casi las siete, los guardianes del orden brillan por su ausencia. Como sucede cada año, la conmemoración histórica deviene en desmadre al amparo de las drogas y el alcohol que corren con singular alegraría. Entre Zacapoaxtlas, franceses y espectadores ya hay muchos que se encuentran “hasta su madre” de todo lo que se han metido a lo largo del día. Algunos apenas pueden mantenerse en pie o aguantar los culatazos de las escopetas.

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En medio de este ambiente suben los contingentes al cerro del Peñón para la ultima representación. En la punta del cerro se encuentra un radar del Aeropuerto, pero también existe una base militar. Desde abajo del cerro sólo se alcanza a ver algunos pisos de un edificio, pero estando en la parte de arriba se aprecia su verdadera dimensión porque los edificios militares están enclavados en el cerro y son de una muy buena extensión. Este día es el único del año en que se permite a los habitantes subir al cerro, en todo momento bajo la mirada vigilante de las decenas de soldados distribuidos alrededor de él.

Así, menos con una secuencia concreta y más con una impresión de caos, las tropas de ambos lados suben presurosas las empinadas laderas rocosas del cerro. Los sonidos de la chirimía y el teponaztle no cesan, al igual que el estallido de los cañones y los disparos al aire de las escopetas. Los nacos y nacas trepan, corren, gritan, bailan; la lucha cuerpo a cuerpo con los franceses no se hace esperar, y así continúan las hostilidades por unos 20 minutos, hasta que por órdenes de algún personaje, cesa la confrontación y todos comienzan a bajar.

Anochece y para muchos lo celebración ha concluido. Como todos los años, los del Peñón de los Baños ganaron la batalla, ya sean zacapoaxtlas o franceses. Mientras tanto don Facundo, que no empuñó más arma que su chirimía, se muestra orgulloso de haber conducido los destinos de la representación por un año más. Él ganó su propia batalla.

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