El cabello raso y cano se funde con el color de la pared. Porta su anillo matrimonial en el dedo meñique, no en el anular, de la mano izquierda. Las manchas en la cara y manos, las arrugas, la flacidez de la piel que cuelga del cuello y los lentes ayudan a hermanar a un hombre con su edad. Rebasa la séptima década y es evidente que los años no sólo han dejado marcas en la epidermis, también en la psique. Lo sé porque su lenguaje verbal se complementa con el corpóreo cada vez que enfatiza algo, cita a algún autor o habla de su obra. Su fraseología es culta, rigurosa de las normas lingüísticas, usa sinónimos, da respuestas ágiles y tiene buena dicción. Se llama Armando Fuentes Aguirre y le dicen Catón.

El pseudónimo se lo impuso el director de un diario para el que publicó en sus primeros años de escritor. Para Catón la severidad con la que actuaba aquél personaje de la antigua Roma y la censura que ejercía con sus colaboradores, no se parecen en nada a su temperamento benévolo y tolerante con los defectos de su prójimo. Su concepto de tolerancia lo traslada a un ámbito más mundano: el humor.

Su primer libro lo leyó a los cinco años. Se titula: El Filtro de los Califas, de Emilio Salgari. “El mísero catalán había sido sorprendido mientras digería una copiosa cena, servida en el mismo lugar donde había tomado el hachís, y sin recibir explicación alguna fue brutalmente empujado hasta la cueva de la torre, donde se encontraba ya el caballero de Santelmo”, se lee en el Capítulo I. La venganza de Amina , del citado libro. Cuesta juzgar que a los cinco años se tenga la lucidez para comprender algo tan rebuscado. Pero si él lo dice hay que creerlo.

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Foto: Jorge Rodríguez

De cuna humilde —su padre era empleado de oficina— tuvo lo necesario para vivir y algo más: libros. Sus padres eran devotos lectores y su influencia fue crucial para que adquiriera el hábito de la lectura. Tras siete décadas de vida, aún recuerda la fecha del primer texto que escribió: 8 de julio de 1948, a los 10 años. Su gusto por la literatura comenzó al mismo tiempo que su inquietud por escribir en un periódico. Su primer columna se llamó Entre Usted y Yo. A partir de ese momento no ha parado de firmar para diversos diarios del país. Mirador, De política y cosas peores, Manganitas y Presente lo tengo Yo son los títulos que conforman un ramillete de textos de opinión.

Sus columnas se caracterizan por incluir apodos de personajes —con defectos muy particulares— que mezclados con frases picarescas, antecedidas por sucesos políticos y sociales del país, le imprimen un estilo singular. Catón confiesa que su columna Mirador era muy leída, pero no llegaba a un sector de la población femenino ni juvenil. Así que pensó en incluir un toque de hilaridad. Un ejemplo viene a mi mente: en su columna De Política y cosas peores a un chiste de Babalucas —uno de sus personajes más nombrados en sus textos y que, él mismo ha confesado, tiene un tinte autobiográfico— le suceden los efectos de la Reforma Educativa: un anecdotario histórico de lo que para él era la educación antes de Díaz Ordaz y, por supuesto, su punto de vista.

Catón ha desarrollado un estilo particular, reconocido a partir de la creación de personajes arquetípicos afectados por las grandes paradojas nacionales. “A los mexicanos se nos da muy bien lo pícaro: sabemos de la doble intención, y de la triple y cuádruple. Pero también hay otro lado de la vida, el de las cosas profundas que nos mueven a la meditación acerca de lo que somos, acerca de la hermosa aventura de vivir”, explica en el prólogo de su más reciente libro Cuentos de todos (y de otros también), en el cual aglutina a casi todos los personajes que ha creado.

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¿Cuál es la génesis de estos personajes? Él lo explica así: “Una vez escribí la historia de dos hombres que conversaban sobre una chica de cascos ligeros y uno le dice a otro: ‘Oye, ¿realmente sabes si esa muchacha es tan ligera como dicen?’ El interlocutor responde: ‘Mira cómo será de ligera: ¿cuántos tipos conoces tú que se llamen Homobono? Pues ella ya lleva tres en su lista de amores’. Recibí tres mensajes: dos de personas que se llamaban Homobono y otra que su padre se había llamado así y protestaban porque estaba ridiculizando injustamente su nombre. Entonces decidí inventar mis propios nombres. Nadie va a protestar si digo que una madura señorita soltera se llamaba Himenia Camafría o Celiberia Sinvarón o Solícita Sin Pitié o que un hombre flojo o perezoso se llamaba Ovonio Grandbolier o que un ejecutivo de empresa se llamaba Don Algón. De ahí que invente mis propios nombres. Se ha convertido en una parte que atrae mucho a los lectores”.

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Quizá la mayor atracción para sus asiduos lectores provenga de que él no describe a Babalucas ni a ninguno de sus otros personajes, sino que a través de ellos cuenta situaciones irrisorias, pero que bien reflejan la realidad mexicana. En 1994, previo a las elecciones presidenciales en las que contenderían Ernesto Zedillo, Cuauhtémoc Cárdenas y Diego Fernández de Cevallos, escribió en su columna: “Ya están listos los nombres de los observadores internacionales para el proceso electoral”. Ante la expectativa de un fraude, la lista de Catón incluyó a Otto von Frauden (Alemania), Chang Chu Yoo (China), Silvio Panada (Cuba), Elim Postor (Arabia Saudita), Pierre D’Elvotto (Francia), Akylos Transo (Grecia), T. Van Aestaffar (Holanda), Ghandi Sima Farsa (India), Abraham Urnas (Israel), Massimo Atraco (Italia), Tekito Tuboto (Japón), Mestafa Al-Botar (Líbano), Santiago de Trampinha (Portugal), Ivan A. Timar (Rusia), Ami Mewele Alomimo (Uganda) y Jo Dan Sen (Vietnam). En diversas entrevistas Fuentes Aguirre asegura que sus chistes no pretenden incurrir en el moralismo ni en el didactismo. “El humor no es para, es por…”

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Si alguien por morbo echa un vistazo al internet se dará cuenta de que escribe todos los días de la semana y los 365 días del año. En los diarios Reforma y Milenio escribe las columnas Mirador y De Política y cosas peores. En el primero firma con su nombre; en el segundo con su pseudónimo. Con gracia el columnista coahuilense comenta que hay quien no distingue que Armando Fuentes Aguirre y Catón son la misma persona y al desaprobar la picardía de sus chistes en su columna política le recomienda seguir el ejemplo del autor de Mirador, su vecino de columna.

Él dice que tiene “cuatro lectores”, pero sus columnas se publican en 156 periódicos nacionales e internacionales, así que el impacto que tiene en la prensa tradicional es muy amplio. El asunto se replica si se piensa en la nueva era digital, en la cual los medios en línea llegan a otras latitudes y a otras generaciones. Aunque muchos puedan asegurar que la forma de escritura de Catón es muy old school, y le cuestionen que —basado en su “sabio humor”— machismo disfrazado de chiste y promueva estereotipos, algo hace que Catón permanezca en el referente nacional como uno de los columnistas más leídos de México. Paradójico porque cuando le pregunto si tiene y le gustan las redes sociales me responde que no; sin embargo, hay una cuenta en twitter, @Caton_FA, que tiene 8,506 seguidores, en la cual no se ha publicado nada desde el 19 de enero de 2015.

“Me basta decir lo que tengo que decir a través de mis textos en los periódicos. Pero yo no soy de los que dicen que todo tiempo pasado fue mejor. Tampoco soy de los que dicen que todo tiempo pasado fue peor. Yo pienso que todo tiempo pasado fue igual, en todos sentidos. La naturaleza humana es permanente”, asegura el escritor. Me confiesa que a veces estas herramientas lo “asustan” porque “yo soy del tiempo de la máquina de escribir”, pero acepta que ahora hace el doble de su trabajo en la mitad del tiempo. No es partidario de leer los libros en las pantallas electrónicas: “al libro hay que acariciarlo, sentirlo, olerlo, tocarlo y disfrutarlo con los cinco sentidos porque también un libro se gusta, se huele, se mira, se toca y —enfatiza— se oye. La palabra del autor está ahí; hay que acariciarlo. Es un bello objeto”.

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La mirada de Catón se pierde en el horizonte, frunce el ceño y, sincero, argumenta lo que le preocupa de las redes sociales: “El anonimato, el encono, la sevicia, la perversidad con la que algunos se muestran en estos medios. Hay más de injuria, de insulto, de calumnia, de difamación, que de amor, compresión, tolerancia y benevolencia. Creo que los primeros degradan al ser humano, en vez de enaltecerlo”. Catón es un hombre piadoso y cada que habla enfatiza en “sacar lo mejor de nosotros”. Puede que en algunos párrafos mencione y dé gracias a Dios, pero más en un afán de pretender hacer el bien que de imponer un dogma religioso. “Todos compartimos la misma naturaleza”, dice y concluye su reflexión.

En el aspecto político una de las columnas más cuestionadas fue Amistad Perdurable, en la cual hizo evidente su posicionamiento sobre la detención del priista Humberto Moreira, en España, el 15 de enero de 2016. En dicha columna hizo el siguiente señalamiento: “Jamás diré yo mal de Humberto Moreira Valdés. Es mi amigo; lo ha sido desde que él era joven y yo aún no tan viejo. Amigo mío fue igualmente su padre, maestro inolvidable, y lo es también Rubén, su hermano, mi alumno ayer, gobernador de Coahuila hoy, de quien he recibido muestras de afecto que siempre voy a agradecerle. Nunca diré yo mal de Humberto Moreira, lo reitero, y menos ahora que ha entrado en una dolorosa vía que quién sabe cuándo terminará. He dicho muchas veces que escribo más con el sentimiento que con el pensamiento. Tácheme quienquiera de ser mal periodista: prefiero eso a faltar a la fe de un amigo, a ser ingrato o desleal”.

Las críticas entonces no se hicieron esperar: algunos periodistas cuestionaron su ética profesional. “El periodismo ejerce un rol fundamental para las democracias y por tanto debe usarse con responsabilidad. Lo que se dice o se escribe tiene influencia en la sociedad de distintos modos. Resulta nocivo para la democracia que se escriba más con el sentimiento que con el pensamiento”, publicó Vanguardia, réplica de un lector indignado. Ya antes había sido criticado por escribir otra columna en la cual hizo una abierta crítica a Andrés Manuel López Obrador.

Ortega y Gasset decía: soy yo y mis circunstancias. Catón cita al filósofo español recurrentemente. Nació el 8 de julio de 1938 en Saltillo, Coahuila, y es el segundo de los tres hijos que tuvieron Mariano Fuentes Flores y Carmen Aguirre. De niño deseaba ser torero porque las figuras taurinas en los tiempos de su niñez “eran lo máximo y famosísimas”. Confiesa que más que ser escritor le hubiera gustado ser un buen banderillero. A los 15 años, obtuvo la licencia de locutor de radio. Estudió abogacía, en la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad Autónoma de Coahuila, por que “era la única profesión que se enseñaba en su ciudad en la que no había números”, y según él “no tenía talento para las matemáticas”. Es maestro en Lengua y Literatura; maestro en Pedagogía por la Escuela Normal Superior de Coahuila y fue director del Ateneo Fuente y de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la misma Universidad. En los 80 fue nombrado cronista oficial de la ciudad de Saltillo y en 2003 la Universidad Autónoma de Nuevo León le otorgó el Doctorado Honoris Causa. Sabe Francés, latín y griego.

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Fuentes Aguirre es prolijo escritor de libros sobre personajes de la historia de México. Ha narrado historias sobre Juárez y Maximiliano, Hidalgo e Iturbide, Díaz y Madero, y Antonio López de Santa Anna. A este último lo describe como un “grandísimo truhán… Es el villano favorito de la historiografía nacional… Sin embargo, ni sus hechos fueron tan gloriosos como él creía, ni sus culpas tan grandes como sus enemigos hicieron creer a la posteridad. Pese a todo lo que se ha dicho de él, la verdad es que no se le ha hecho aún plena justicia, aunque quizá don Antonio debería agradecer esa omisión” .

En alguna entrevista realizada por el diario Reforma le cuestionaron cuál era su relación con el poder, ante lo cual respondió: “Procuro mantenerme, en lo posible, alejado de él”. ¿Y de qué depende eso de lo posible? refutó el entrevistador: “Depende muchas veces del respeto humano. El político es un prójimo y no podemos rechazarlo o despreciarlo por el hecho de ser político. Eso sería soberbia”, respondió.

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Fuera del asunto político, a Catón le gusta hablar de su riqueza interior. Cito la siguiente cavilación que hizo a propósito de la publicación de los hombres más ricos del planeta, en la revista Fortune. Se llama El Archimillonario. Ahí les va: “Me propongo demandar a la revista, pues me hizo víctima de una omisión inexplicable. En la lista no aparezco yo. Aparecen el sultán de Brunei y también los herederos de Sam Walton y Takichiro Mori. Figuran ahí también personalidades como la Reina Isabel de Inglaterra, Stavros Niarkos, y los Mexicanos Carlos Slim y Emilio Azcárraga; sin embargo, a mí no me mencionan… y yo soy un hombre rico, inmensamente rico… tengo vida, que recibí no sé por qué, y salud, que conservo no sé cómo. Tengo familia, una esposa admirable que al entregarme su vida me dio lo mejor de la mía; hijos maravillosos de quienes no he recibido sino felicidad; nietos en los cuales ejerzo una nueva y gozosa paternidad…”.

Septuagenario, el historiador saltillense ha dedicado parte de los años recientes a escribir libros sobre el significado de ser abuelo. El escritor parece entrar en comunión con la paz interior que deja saberse viejo y rodeado de seres queridos. Cuando le pido que hablemos del tema cuenta anécdotas de sus nietos y asegura que quiere llegar al final del camino con los suyos; aprender a perdonar sus errores y de los demás y que lo recuerden con afecto y cariño porque “quien vive en el recuerdo de alguien, en verdad no ha muerto”. Armando Fuentes Aguirre pide que le disculpen el atrevimiento de repetir lo que algunos comentan: que “soy el columnista más leído de México”. sólo para afirmar que de ser cierto esto, le gustaría más ser recordado como “el columnista más querido de México”.

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