Di vuelta en la cama con cuidado. Coco, mi gato flojonazo, siempre duerme sobre la cobija, en el hueco que se forma entre mis piernas. Raro, esta vez no estaba. Entreabrí los ojos y la claridad me hizo levantar de un salto.

—Maldita sea, seguro es tardísimo.

Busqué en mi mesa de noche el celular pero no podía encontrarlo.

—¿Por qué no sonó la alarma?

Después de revolver la cama, descubrí el aparato debajo de mi almohada. Al desbloquearlo me di cuenta de que si había sonado…

—Corre, mamá, es tardísimo y ya sabes como se atasca, grité desesperada.

No fueron más de 10 minutos, pero me pareció larguísimo el camino.

—¿Entonces qué quieres? Yo quiero mejillones, unos calamares baby, sierra para ceviche y unos cuantos camarones —le dije a mi mamá, quien sólo asintió con la cabeza para volver a su libro.

—Yo aquí te espero, ya sabes que no me gustan las multitudes —respondió.

Me bajé del coche y hasta ese momento reparé en el monstruo de olor a mar.

Aún no era tan tarde pero el estacionamiento ya estaba atestado de vehículos. Los diablitos pasaban de un lado a otro, como en una danza sincronizada, y los carritos de supermercado, adaptados como puestos comerciales, llevaban un buen rato esperando a la clientela; ofreciendo jugos, cuchillos, ollas de aluminio y cobre, así como tacos de suadero, longaniza y bisté de pollo.

Caminé por el río vehicular y subí por la rampa. Me topé de frente con un cerro de jaibas atadas; camarones rosas, azules y otros cuantos grisáceos, todos brillantes y de diversos tamaños; también había costales de ostiones, que como pedazos de piedras esperaban en su dura carcaza ser consumidos con un poquito de limón y salsa o, tal vez, con un poco que espinaca y queso, al estilo Rockefeller.

Ostiones

—¡Auch, fíjese! —me quejé mientras me sobaba el tobillo.

El golpe de una bolsa de mandado con rueditas me despertó del trance en el que me encontraba. Era un hombre pequeño, de ojos de rayita, cuerpo delgado y estatura media. En este lugar, es común encontrarse personas asiáticas que no tienen cuidado al caminar y que difícilmente se disculpan porque no hablan el idioma.  Él sólo me miró y continuó su camino.

Comencé a deambular por el pasillo y no podía dejar de observar detenidamente la gran variedad de peces, mariscos y personas que encontraba bodega tras bodega. Huachinangos rosados, atunes azulados, truchas arcoíris, pulpos violáceos; hombres maduros de brazos gruesos y fuertes, jóvenes de muecas coquetas y piropos comprometedores, señoras de voz potente que invitan a comprar en tono materno y con tintes arrabaleros. También había caballeros de voces aterciopeladas que, con la delicadeza y maneras de un dandy, confiaban en la calidad de su producto, más que en una retahíla dominguera.

—Uy güerita, los mejillones están bien sabrosos a pesar de ser congelados, y son chilenos. Pero si los busca frescos, allá en la bodega 35 los encuentra de seguro.

Caminé como 500 metros, apenas estaba en la bodega 6 cuando comencé el recorrido. De nuevo pude deleitarme mirando los enormes salmones que brillaban con la resolana del día nublado; los pequeños acociles, tan rojos y con tantas patas, que no pude más que imaginar mi impresión si llegara a encontrármelos de frente en el agua —obviamente en medio de un remojón en alguna poza, lago o laguna—; los pequeños charalitos que comúnmente encontramos secos y que, en su estado natural, son resplandecientes como feroces balas de plata, representan para mi imaginario una historia de captura casi imposible.

En mi andar veía costalitos de rejilla plástica verde llena ostiones, unos grandes, otros más pequeñitos, pero en ningún lugar divisaba mis mentados mejillones. Almejas chocolatas sacaban las lenguas rojo intenso de sus enormes fauces —en comparación con las almejitas para caldo—, como burlándose de mí. Todo me decía que no los encontraría.

De repente los vi. Como si fueran un cardumen de mejillones, en su redecilla, todos encimados —aunque sabemos que no es la manera en que viven o se cazan—. Estos también parecían piedras, pero piedritas de río, negras y relucientes, de forma ovalada, que me esperaban con impaciencia —o por lo menos es lo que deseaba pensar, por que yo sí que estaba un poco desesperada—.

Compré sólo un kilito, pues rinden bastante. De regreso, después de tanta caminata, ya había visto donde comprar lo demás, así que me detuve por mis camaroncitos, la sierra picada y, a falta de calamares baby, carne de jaiba.

—¿Me trajiste pescaditos? —me dijo mi mamá, mientras aventaba su libro al asiento de atrás.

—¡Vamos a comerlos en el puesto! —le dije suplicante—, no seas así.

Con mi mandado hecho y unos centavitos de sobra, nos dispusimos a echarnos unos pescaditos rebosados, ya saben, de esos que, con salsa botanera y jugo de limón, son la tentación de chicos y grandes.

Pescadito

Se bajó del coche y camino a mi lado y ambas nos sentamos en los bancos de plástico dispuestos en el arrollo vehicular del estacionamiento, justo a espaldas de las bodegas.

Pedimos uno y uno. Los comimos lentamente por que estaban muy calientes. Los acababan de hacer y el aceite aún no se temperaba. Eso no nos importó. Los filetes se deshacían en la boca, estaban frescos y la fritura recién hecha. Un deleite de verdad. Pedimos otra ronda igual y partimos hacia el coche.

Mientras regresábamos por Aztecas, me preguntaba por qué no comencé a ir antes. Tal vez fue por el aire de inseguridad que le han dado con las historias que cuentan de ella; quizá por la comodidad de encontrar en el mercado, el súper mercado, restaurantes y tiangüis los productos del mar; o simplemente por la flojera de ir tan lejos o evitar las multitudes —que veo difícil escapar de ambas molestias en esta ciudad—.

Sinceramente si he de aconsejar un centro de abastos interesante, barato y con un gran potencial visual, es La Nueva Viga, ubicada en la antesala de la Central de Abastos, pues siempre es una aventura. La gente, los productos y el ambiente representan México, su mestizaje y su cultura.

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