Ya había pasado casi una semana desde que llegué y aún no probaba bocado de la contundente cocina inglesa. Creo que eso pasa en las grandes ciudades cosmopolitas, donde las cocinas y las culturas se entremezclan, hasta tal punto, que a veces no sabes donde comienza una y termina otra.

Ya no estábamos en Londres, nos quedábamos en casa de una señora en Wivenhoe, un pequeño pueblo localizado a una hora de la ciudad.

Al despertar —después de echarnos una manita de gato— caminamos por las calles, colmadas de casitas y pequeños negocios, todos antecedidos por jardines y jardineras, que en su mayoría, contaban con flores —moradas, azules y rosas— hasta llegar a ese curioso lugar.

Lo primero que puede ver fue una tiendita de productos delicatessen, que ofrecía alimentos insignia internacionales, tales como mermeladas inglesas, salsas de tomate italianas, curry indio y rajas mexicanas, entre muchos otros más.

En la esquina, con grandes ventanales que permitían ver a los comensales disfrutar sus alimentos, estaba esta pequeña casa de té, donde muros, mesas y sillas de madera blanca, acompañados de una alfombra de pared a pared, daban una sensación cálida y acogedora, casi como de estar en casa —bueno, en casa de la tía ricachona donde debes tener modales—.

Casa de té

Pocos eran los alimentos que ofrecían en la carta; sándwiches, desayunos completos y tés con scones de la casa —esos panecillo redondos que los escoceses aportaron a la cocina del Reino Unido—. Creo que también habían un par de bebidas y algunas ensaladas de fruta pero, como es evidente, no me causaron mucho interés.

Mi flamante guía decidió que ordenaríamos —todo en aras de darme un pequeño recorrido por lo mejor del lugar— dos desayunos ingleses, dos jugos de naranja y un servicio de té.

Llegaron los desayunos; mi cara lo dijo todo. Julio se apresuró en decirme que esa es comida de obrero, por lo que debía ser abundante para ofrecer la energía suficiente que se necesita para rendir toda la jornada laboral.

Al observar detenidamente mi plato, lucía bastante familiar: huevos fritos, una chuleta de cerdo alargada, frijoles, una salchicha asada, un tomate en mitades y un par de hongos, también asados, todo sobre dos panes —más gruesos de lo acostumbrado—.

Desayuno inglés

Pero en sus inicios no fue de esta manera. En el siglo XIII era una usanza de la alta burguesía inglesa —gentry— quienes buscaban mostrar la riqueza y calidad de su comida, ofreciendo este tipo de desayunos a sus invitados, cuando los acogían en sus espléndidas casas de campo.

Después, en la época victoriana, a causa de la Revolución Industrial y su capacidad de generar riqueza, esta pequeña élite fue poco a poco desplazada por una nueva clase emergente —la clase media adinerada—, quienes adoptaron muchas prácticas de esa burguesía en decadencia, entre estas el desayuno completo, para mostrar su nueva opulencia, considerando su consumo todo un evento social.

Ya diseminado este alimento, por su gran contenido calórico y abundancia, ahora sí, fue adoptado por las clases trabajadoras —obreras y rurales— para obtener la energía necesaria en su día a día.

Ahora, por el poco tiempo con que se cuenta de lunes a viernes, y la falta de movimiento en las jornadas laborales, el desayuno completo se ha convertido en una alimento de fin de semana para los ingleses, y una comida obligada para los visitantes, por lo que puedes encontrarla all-day en cocinas familiares, pubs, bed and breakfast, hoteles y restaurantes, convirtiéndose en la bandera oficial de la isla, pues escoceses e irlandeses —con sus propias versiones— también cuentan con este delicioso estandarte.

Comencé picando las yemas con los dientes de mi tenedor. Esa manera en que el líquido amarillo se desliza lentamente entre los demás alimentos, cubriéndolos y acariciándolos con su espesa sabrosura, me parece de lo más sensual en el mundo culinario.

Después probé la chuleta que no es chuleta, sino tocino. ¿En serio? Amé el tocino. Una porción doble del que conocemos normalmente, claro, con su orilla de “grasa mantequilla” —decidí nombrar de esta manera a la grasa que se derrite en la boca—.

Cerdo inglés

¡Frijolitos! ¡A huevo! Pero espera, estos frijoles son dulces, saben como… como… saben a frijoles con cátsup, raro. Pero al unirlos con lo demás me hace sentido ese sabor tan peculiar, pues ofrece un balance a tantos sabores salados, así como una textura que une los demás elementos.

Me costó trabajo partir la salchicha, tenía la corteza muy crocante. La carne en su interior era suave y granulosa, muy lejana a las salchichas extremadamente picadas que nos ofrecen en el supermercado, sino con un sabor y una textura contundentes.

¿Qué les digo de los hongos y los tomates? Eran como los recordaba.

Me encantó tener tantos elementos para jugar a probar. Primero huevo con tocino, ahora huevo con salchicha, después huevo, salchicha y frijoles, ahora frijoles, tocino y hongo…

El jugo me lo tomé de un trago.

Llegó el té con sus lindos panecillos, una jarrita con leche y dos potes de cerámica rellenos, el primero con mermelada de fresa y el segundo con nata —clotted cream, un producto lácteo de la zona sur-occidental de Inglaterra, específicamente de los condados de Cornwall y Devon—.

Dejé que mi guía comenzara para no regarla.

Primero sirvió el té en nuestras respectivas tazas, le puso un chorrito de leche a la suya y yo lo seguí al momento. Después tomo su scone, lo partió en dos, y a una de las mitades le untó la nata, seguida por la mermelada y la engulló como pato.

Hizo lo mismo con la otra mitad, por lo que me apresuré en tomar mi panecillo —no vaya a ser la de malas y me diera baje—.

Primero probé un pequeño pedazo con sólo un poquito de nata. Era tan untuosa, tan delicada, pero al mismo tiempo tan contundente. Después le agregue la mermelada. Le quitó todo el encanto. Así que a la segunda mitad le puse tal cantidad de nata que parecía cupcake.

Scones and tea

De nuevo mi cara lo dijo todo, o tal vez mi querido Julio ya me conoce demasiado. Antes de que pudiera decir palabra alguna me comentó que era imposible congelarla, pues se separaba —ya lo había intentado—. Mi corazón se volvió agridulce, tenía un júbilo exacerbado por haber descubierto esta delicia, pero con la sombría tristeza de saber que no existirá en mi vida diaria. Mi lonja y mi corazón lo agradecieron en secreto.

Terminaba de saborear mis panecillos mientras miraba por el gran ventanal la casa blanca de enfrente, que alumbrada por el bello sol de verano, bajo un despejado cielo azul, me regalaba un momento inolvidable. Perfecto.

Este entorno apaciguaba mi alma estridente, a la par de mis adentros que aún disfrutaban la comida degustada. Pero no todo era paz, las puertas rojo vibrante y las flores que vestían las jardineras de esa estupenda casa, me llenaban de felicidad y júbilo.

Ese momento sólo duró un instante.

Nos levantamos, pagamos, y con todo ese regocijo de satisfacción, nos tomamos de la mano para comenzar otro excelente día.

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