Precisa pero sin ganas dejé Atenas, que hasta el último momento se portó generosa conmigo. Al llegar a la estación del metro me di cuenta que no tenía cambio y el guardia —que además de guapo resultó ser piadoso— me pagó mi boleto con una sonrisa. Fui al aeropuerto y tras un corto vuelo aterricé en el pueblo de Fiumicino, en Italia. Luego de recoger mi mochila, y siguiendo las indicaciones de mi amiga italiana Linda, me subí en uno de esos camiones que por un máximo de cinco euros te llevan a la ciudad, a Roma. Ésta es la forma más barata de hacerlo y debo decir que esa información fue muy oportuna pues pronto descubriría que la llamada Ciudad Eterna es una suerte de Disneylandia para los adultos, en la que los precios modestos brillan por su ausencia.

La vida de esta metrópoli se extiende a través de tres milenios y ha sido el objeto de inspiración de novelas, películas, series y variadas investigaciones arqueológicas para entender mejor sus orígenes, desarrollo y la caída del imperio que aquí se erigió. Su historia es vasta y se refleja en sus empedradas calles, plazas, edificios medievales, fuentes barrocas, museos y sus más de 900 iglesias. Porque Roma es excesiva y a mirada del visitante encontrará mucho de todo: gente, motos, montones de inmigrantes atendiendo los restaurantes, vendiendo souvenirs, hablando en todos los idiomas para que les compres alguno de los sobrevalorados servicios turísticos que ofrecen. Y también hay muchas tranzas. En Roma los timos están a la orden del día; los hay de todos los giros, tamaños y para todo tipo de presupuesto así que aunque seas un viajero modesto no te sentirás discriminado en este sentido, ya que Roma siempre encontrará la forma de meter las manos en tus bolsillos.

3.-Roma

Lo que sí es cierto es que, ya sea que te armes con uno de los pases de visitantes disponibles para los turistas o que decidas caminar sin rumbo, esta ciudad te mantendrá ocupado del amanecer hasta que la oscuridad pinte sus calles. Tanto que para hablar de todos sus atractivos se necesitaría un libro entero. A mí me impresionaron tres lugares pero antes me gustaría hacer algunas aclaraciones para que, si van a Roma, puedan hacer como los romanos.

Si a Roma fueres…puede que no te enamores

Cuando se trata de enamorarte de un lugar pasa lo mismo que con las personas; no es sólo una cuestión de belleza, tiene que haber una atracción derivada de una comunicación a un nivel más profundo que, pese a ser intangible, se percibe muy claramente. Dicho lo cual haré una confesión: Roma no me conquistó. No es que carezca de encantos, de hecho le sobran y quizá ese es el primer punto en el que somos diferentes. En los últimos años me he orientado a hacer de mi vida algo más sencillo y Roma es todo menos eso.

Para empezar descubrí que todo turista debe de pagar una cuota por noche en la ciudad ¡simplemente por estar ahí! la cual puede ir de tres a siete euros dependiendo el tipo de hospedaje que se use. Eso es sólo el principio. Lo siguiente es que cualquier caminata te expone a estímulos sin cuartel porque los turistas llegan en hordas y aquellos que ofrecen sus servicios también, y sus métodos no escatiman agresividad. Las multitudes son una constante ya sea en las calles, el transporte, los bares, restaurantes o monumentos. La comida resultó cara y no me impresionó. Una de las opciones más accesibles es la pizza al taglio —o por rebanada— cuyo sabor y calidad son precisamente los mejores. Por otro lado, algo que me pareció útil con respecto a las comidas fue el ritual del “aperitivo” que aprendí gracias a Gualtiero —un romano que además de ser un viajero empedernido se gana la vida jugando poker en línea—, que consiste en ir a un bar, pedir un trago y tu “aperitivo”; eso te dará permiso de ir a la barra y servirte del buffet. Lo cual puedes hacer cuantas veces quieras aunque te hayas terminado tu bebida.

Plaza del Popolo

Plaza del Popolo

Lo único relativamente gratis que me dio Roma fue el agua de sus fuentes, que están en todos lados y se puede beber, pero considerando que ya pagaba una cuota sólo por estar ahí no parecía del todo un regalo. Según yo, las ciudades también tienen un espíritu y el de Roma no ha perdido su crudeza. Todo cuesta y a veces sentí que la relación costo-beneficio dejaba mucho que desear. Por ejemplo, si quieres sentarte a comer o tomar un café en un bar —porque un bar en Roma es un café— tienes que pagar por la mesa y si no pones atención a este detalle puede que “el caldo te salga más caldo que las albóndigas”. Además, como en cualquier lugar turístico, los precios son especialmente elevados pero Roma es descarada. Me dio la impresión de que ahí los visitantes no eran considerados personas, sino vacas que ordeñar.

Los timos son otro tema muy amplio y para cubrirlos todos probablemente necesitaríamos escribir un manual, que no terminaría de ser del todo efectivo pues estos se renuevan en cada oportunidad. Y la autoridad no es del todo útil al respecto, pues es tan común que lleguen turistas a denunciar el robo de dinero, carteras, documentos, la venta de pases falsos y otras cosas que la policía llega a portarse como si fuera culpa de los visitantes.

Campo de Flores

Campo de Flores

A pesar de todo, los viajeros seguimos yendo a Roma porque es imponente y hay mucho que ver. Por ejemplo, si estás en el Panteón de Agripa, originalmente construido para venerar a los dioses paganos, y caminas unas cuadras, te encontrarás la Plaza Navona en cuyo centro podrás ver algo de arte barroco representado por la Fuente de los Cuatro Ríos, diseñada por Gian Lorenzo Bernini, la cual está coronada por un obelisco que el emperador Domiciano mandó a construir a Egipto. Si caminas al extremo norte de la plaza encontrarás la decimonónica Fuente de Neptuno y en el extremo sur la Fuente del Moro, a la cual Bernini también contribuyó al añadir el moro y el delfín. A unos pasos de dicha plaza se encuentra el Campo de Flores que es otra explanada donde en otros tiempos solían realizarse ejecuciones públicas, razón por la cual en el centro está la estatua del filósofo Giordano Bruno, quien acusado de herejía fue quemado en este lugar en el año 1600.

Y esto es sólo por dar un ejemplo de lo que te encuentras al caminar sólo unas cuantas cuadras.

Los que van a morir te saludan

El Coliseo y los más de 250 anfiteatros construidos en todo el imperio romano se volvieron el símbolo por excelencia de esta cultura. Para comprender sus orígenes debemos retroceder hacia el año 72 de la era común, pues fue entonces que el emperador Vespasiano inició su construcción en el mismo lugar donde Nerón —el anterior gobernante del imperio— se había edificado un suntuoso palacio. El objetivo del llamado Circo Máximo era apaciguar los ánimos de una población que tras el suicidio de Nerón, en el año 68, se había sumergido en una serie de guerras civiles.

Actualmente sólo queda un tercio de la construcción original, que en sus mejores días logró albergar a 50 mil espectadores y que aún ahora atrae a casi cuatro millones de visitantes al año. Entre ellos me encontraba yo, dispuesta a explorar las ruinas de un lugar que fue testigo de sofisticadas y sangrientas formas de entretenimiento. Bajo el sol del verano y sus cielos azules inicié un recorrido que me llevó a saltar de manera continua entre el pasado y el presente. Así fue como constaté que a pesar del paso del tiempo se sigue necesitando un boleto para ingresar, sin embargo la diferencia radica en que antes los espectadores entraban directamente a una serie de puertas numeradas del uno al 76 y que dependiendo de la categoría gozaban de menor o mayor comodidad; ahora se requiere un boleto que cuesta 12 euros, es válido por 48 horas e incluye el acceso al Coliseo, el Foro Romano y el Palatino. Las filas para obtenerlo son alucinantes, por lo cual es más conveniente ir primero al Foro Romano donde las filas son más cortas y comprar ahí el boleto para después entrar al Coliseo.

“Mientras exista el Coliseo, existirá Roma, cuando caiga el Coliseo, caerá también Roma; y cuando caiga Roma, caerá también el mundo…”.                                                 Venerable Beda.

En la inauguración de este anfiteatro no se escatimaron esfuerzos pues el emperador Tito —hijo y sucesor de Vespasiano— inundó parte del lugar para representar una batalla naval. Y si en la actualidad quieres adentrarte en la profundidad de sus entrañas —en cuya oscuridad se albergaban animales y personas— tampoco habrás de escatimar dinero, pues sólo se puede hacer en horarios establecidos y pagando un costo adicional.

Mientras caminaba entre los pisos de arcos superpuestos del Circo Máximo aprendí que aquí el espectáculo empezaba temprano con la presentación de los participantes, posteriormente seguía la cacería de animales, que frecuentemente era acompañada por una escenografía relacionada con el lugar de origen de las bestias. Más tarde, a la hora de la comida, los condenados —que podían ser esclavos, delincuentes, prisioneros de guerra o cristianos— entraban a la arena, desarmados, desnudos y listos para ser devorados por animales. Entre una y otra cosa había malabaristas, magos, acróbatas y representaciones de mitos antiguos. Finalmente, todo culminaba en las peleas de gladiadores quienes tenían orígenes variados: algunos eran prisioneros de guerra y esclavos, otros hombres libres en busca de fama y fortuna. Los restos de las barracas de los más prominentes aún pueden ser observadas entre la Via Labicana y la Via de San Giovani.

4.-Coliseo-Interior

Hice un recorrido por la circunferencia del anfiteatro, abrí y cerré los ojos tratando de imaginar un día en la vida de este recinto donde ocurrieron actos de violencia para los que no existen palabras, con el fin de entretener a las masas. Miré a la gente sonreír y tomarse fotos desde todos los ángulos; entendí su excitación pues yo como ellos vine desde un lejano punto del mapa para mirar Roma, su presente y sus ruinas con mis propios ojos. No pude evitar pensar en la gente que aquí exhaló su último aliento y que seguramente nunca imaginó a un montón de turistas tomándose selfies alegremente en el mismo sitio donde ellos enfrentaron una inmisericorde muerte entre los gritos de una multitud que celebraba al ver correr los ríos de sangre.

El Foro Romano

Con frecuencia cuando la gente me pregunta por mis viajes me faltan las palabras para contarlo todo, no sé si empezar por los lugares, las personas, las costumbres, la comida, las experiencias concretas que tuve o el viaje interno que experimenté en relación a esas cosas y eventos. Estoy segura que esto le pasa a muchos viajeros que, como yo, siguen trotando mundos en su mente aún tiempo después de haber vuelto a casa y quienes con frecuencia vuelven a emprender travesías a sabiendas de que nunca podrán verlo todo. Es justamente ese sentimiento de presenciar algo inconmensurable, complejo e inaprensible lo que me invadió cuando me paré frente al Foro Romano.

Este sitio fue el centro de actividad del antiguo imperio. Aquí los políticos decían sus discursos y los ciudadanos escuchaban, los comerciantes realizaban negocios, las prostitutas se hacían de clientes y también tenían lugar las actividades religiosas. Actualmente se pueden contemplar los vestigios de alrededor de 50 sitios entre templos, basílicas y edificios que datan de diferentes siglos y se funden unos con otros, debido a que al paso de las generaciones se fueron construyendo nuevos monumentos sobre las ruinas de los anteriores.

5.-Foro-Romano

El primer golpe de vista dejó mi mente y mi mirada saturadas y confundidas por el popurrí de ruinas que tenía enfrente. Había columnas de estilo corintio indicando el Templo de Castor y Polux; un par de muros a medias insinuaban las basílicas de Julia y Emilia; por otro lado pude ver el Templo de Saturno que resultó la tercera encarnación de dicho santuario, reconstruido después de un incendio, lo cual atestigua una inscripción que dicta: “El Senado y el pueblo de Roma restauró lo que el fuego había consumido”.

También pude ver el arco de Tito, construido para conmemorar sus victorias contra Jerusalén y bajo el cual los judíos no pasaban pues para ellos era un símbolo del inicio de la diáspora. Otro edificio señalaba la Curia Hostilia, donde el Senado se reunía a discutir. Más allá estaba el Arco de Septimio Severo detrás del cual se encontraba el Capitolio. Para cualquier lado que volteara parecían brotar más y más construcciones que representaban todos los estilos y tiempos. Además de que la pequeña pero atestada zona de ruinas estaba rodeada por la actual Roma, que descaradamente lucía su pomposa arquitectura como muestra del espíritu excesivo y ambicioso de la ciudad.

La basílica de San Pablo Extramuros

Después de unos días en Roma me sentía atiborrada de todo, las ruinas, el arte, las cúpulas, las iglesias, las plazas, la gente, la necesidad de alimentar su insaciable ambición con euros y euros que nunca parecían suficiente. Con ganas de alejarme del ruido me dirigí a una de las cinco iglesias más antiguas de Roma: la Basílica de San Pablo Extramuros. Para llegar ahí decidí caminar por la avenida Ostiense, que hasta el Siglo III de nuestra era fue un gran cementerio. Al posar mi vista sobre un edificio, cuya fachada estaba cubierta de pinturas de carros amarillos, muy llamativos, descubrí también el vigilante rostro de Alexis Grigoropoulos, un chico griego de quince años cuya muerte a manos de la policía desencadenó una serie de disturbios.Su historia la conocí en el barrio de Exarquia, en Atenas. Lo tomé como una buena señal y no pude dejar de sentir que poco a poco los lugares por los que pasaba empezaban a encontrar sus propios hilos conductores, para tejer una historia que me tenía reservadas sorpresas tan inesperadas, que por más que intentara no podría vislumbrar.

Tras una larga caminata pude avisar la basílica, pero decidí hacer una pausa para tenderme bajo en árbol en las áreas verdes que se encuentran a un costado y aprovechar para quitarme los zapatos y disfrutar de los maravillosos rayos del sol. Además sabía que mis pies agradecerían el descanso pues esta basílica es sólo superada en tamaño por la de San Pedro en el Vaticano, del que ambas son propiedad. Unos días después visitaría la Santa Sede y podría comparar la grandiosidad de ambas, pero hasta ese momento la Basílica de San Pablo Extramuros fue una de mis visitas preferidas en Roma, pues al estar un poco alejada del circuito central de turistas no estaba tan llena de visitantes. Entre sus columnas, altos techos y altares encontré justo lo que necesitaba: paz.

2.-Basilica-de-San-Pablointerior1

Esto resultó interesante para mí porque pese a estar en contacto con el catolicismo, la religión predominante en México, no soy una practicante de esa fe; sin embargo, siempre he apreciado el poder entrar a los sitios de culto y disfrutar del silencio que estos ofrecen para mi práctica personal de introspección y meditación.

Durante mi viaje gocé del pacífico silencio en catedrales, mezquitas, templos budistas y jardines, y todos ellos me otorgaron la oportunidad de hacer una pausa para entrar en contacto con ese otro lado de la vida del que nacen visiones, intuiciones, realidades y sueños.

Esta breve pausa fue la perfecta antesala para mi visita el país más pequeño del mundo: el Estado de la Ciudad del Vaticano.

Fotos de la auto

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