Juana llegó acalorada del trajín del transporte público. Venir desde el sur de la ciudad y tomar distintos transportes para llegar a la Fundación Salvati, al oeste de la Ciudad de México, muy cerca de la esquina de Constituyentes y Reforma, indudablemente la cansaba. Pero aquel día era especial. Tenía la sensación que después de ese día ella no volvería a ser la misma.

Juana fue diagnosticada con cáncer de mama a principios de año, además de los severos efectos de la enfermedad en su salud, un día se levantó y vio que ya no tenía cabello, que su piel se marchitaba y sus cejas se caían. No era para menos, esa era sólo una parte de las secuelas que las cuatro quimioterapias.

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Imaginemos por un momento que un día nos notifican que tenemos cáncer. Sí, de cualquier tipo: próstata, mama, pulmón, colon, etcétera. Asimilar que todo en nuestro cuerpo esta mal por dentro, pero también por fuera.

¿Qué pasaría si de un momento a otro ven que el cabello, las cejas y las pestañas se caen en tan sólo una semana como efecto colateral del tratamiento? ¿Cuál sería la reacción?

Ya estaba todo dispuesto, Claudia García, consultora de imagen, la estaba esperando con una enorme sonrisa y con aquella mirada de bienvenida que a cualquiera le da certeza y seguridad que todo estará bien por más que el mundo se derrumbe.

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Condujo a Juana a una habitación cálida. Había un ventanal por donde se escapaban algunos rayos de sol, las paredes eran color pastel y un letrero atrajo de manera inmediata la mirada de Juana: “Ojalá y tus acciones reflejen tus sueños, no tus temores”.

En la enorme mesa estaban dispuestas seis pelucas de diversos colores, formas y estilos: rizadas, lacias, rubias y pelirrojas. También ya estaba abierto aquel artefacto que a toda mujer vuelve loca: un neceser con maquillajes, brochas y lápices. Frente a todo este arsenal había una caja repleta de mascadas de todos colores y tamaños.

Temerosa se quito la peluca que traía mal puesta. Verse al espejo con el cabello ya un poco crecido luego de los estragos de la quimioterapia le resultaba difícil. A sus 64 años, no había tenido acercamiento con una asesora de imagen y mucho menos en esas circunstancias, pero tenía entendido que lucir presentable es la mejor medicina para vencer la depresión.

Veía las pelucas con recelo, se probaba una y otra; hizo el mismo ejercicio varias veces, se miraba al espejo con insistencia hasta que decidió quedarse con la que traía puesta. Pero esa peluca ya era distinta, estaba peinada de diferente forma y le hacia ver como si se tratara de su cabellera natural.

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Llegó el momento de probar maquillajes, su mirada era como la de una niña ante un juguete nuevo, prestaba atención a todas las indicaciones y consejos que Claudia le hacía sobre el tono, la textura, la aplicación del rubor y el delineado de la ceja. Todo el ritual lo hizo con una perfecta disciplina. De vez en cuando se miraba al espejo, pero era de otra forma; era como si el maquillaje le regalará gotas de seguridad, de alegría. Fueron más de dos horas de transformación. Juana pronunciaba repetidas veces:

—Me siento mucho más segura de mi misma, como dar la cara en la calle. Pero ustedes no han padecido esto. Usted camina, a veces la peluca se me va de lado, siempre debo estarme viendo en el espejo y luego no puedo. Necesita uno la seguridad y (con este cambio de imagen) me siento más segura de mi misma.

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Para una mujer con cáncer de mama como Juana, y como a la gran mayoría de sus compañeras, no existen las palabras para describir ese duro golpe a su feminidad. Ver cómo en tan poco tiempo el cabello, las cejas y las pestañas se caen y con ello también la seguridad, el amor propio, las ganas de vivir.

El impacto, sin duda, es devastador. Y lo peor es salir a la calle, hacer las actividades cotidianas y sentir las miradas inquisidoras de la gente en el mercado, en el transporte público, en la fila de las tortillas.

Claudia García Peña, una de las pocas asesoras de estilo para mujeres con cáncer en el país, es consultora en imagen personal certificada en Estados Unidos por Conselle Institute of Image Management, especializada en consultoría y promotora de consultoría en Oncoimagen, en México, para apoyar la imagen y calidad de vida de las mujeres en quimioterapia.

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Se involucró en este proyecto por la enfermedad de un familiar:

—Hace 12 años, mi cuñada, la esposa de mi hermano, tuvo cáncer de mama. Fue el primer caso que tuvimos en la familia, porque nadie más la había padecido, y se trataba de la persona más sana de la familia. Entonces, yo siempre consideré que la consultoría en imagen no era un recurso frívolo, sino que ayudaba a incrementar la autoestima de estas mujeres.

Ejerce esta especialidad desde 2008. Sabe que normalmente a las personas que llegan a los tratamientos que supondrán la pérdida de cabello, cejas y pestañas, y esto redunda muy fuerte en la pérdida de la autoestima. Pierden muchas cosas en el camino. Ella les da la esperanza de que saliendo de ahí van a volver a sentirse bien y recuperarán su imagen.

Bellas-3—El trabajo es maravilloso cuando les ayudas a que puedan volver a verse en el espejo. Uno de los temores más grandes de las personas cuando entran a un tratamiento oncológico es la pérdida del cabello, cejas y pestañas; eso a veces puede ser más fuerte que la pérdida de una mama o de las dos.

Entre todas sus pacientes, Juana ha sido un reto debido a que al padecer esta enfermedad y perder su cabello sufrió un impacto verdaderamente fuerte: sintió un robo a su identidad, a su imagen; sobretodo ir por la calle con un estandarte de estoy enferma. La gran recompensa fue ver a una Juana salir de ese cuarto con una sonrisa y los ojos brillosos de emoción a tan inminente cambio.

Para Juana maquillarse ha significado el cambio en todos los sentidos. Ahora puede caminar con la frente en alto en esta batalla, a veces tranquila, a veces turbia, pero siempre con una consigna: no rendirse.

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