El viento sopla fuerte y el cielo se dibuja gris. Si bien el desconcierto de esta metrópolis bipolar sigue presente, una pequeña llovizna no aleja a los transeúntes de las calles. Después de lo que ha pasado últimamente, se siente aún uno en una película de  Roland Emmerich.

Al caminar por el Centro se entiende el concepto de pertenencia. Un hombre que se arrastra sin piernas tras las calles; el organillero y su música; la risa de los jóvenes y la melancolía de los viejos; el trompo de pastor y su irresistible aroma; la familia; lo nuevo y lo antiguo; lo caro y lo barato. La mezcla que nos hace tan diferentes y a la vez tan iguales a cada uno de nosotros.

Me admira su belleza, me emociona su gente. Soy un turista de mi propia ciudad.

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Camino por la Avenida 5 de mayo. Mis manos se esconden en las bolsas de la chamarra y mi cuello busca calor en mi pecho. Una extrañísima sensación me invade al estar parado ante la esquina con Filomeno Mata. Me detengo, cierro los ojos y el aire me traslada a otra época en donde las carrozas son arrastradas por caballos y los sombreros y bigotes predominan.

Un joven vendedor ambulante grita por las calles: “Llévele, llévele, su predilecto, su único, su especial, pa´mantenerse al tanto, ¿Qué pasa con Huerta? ¿Dónde andan los malandros? Llévele, llévele, El Imparcial: su diario predilecto”, se acerca a mí “¿Quieres uno ‘güerito’?” La fecha marca 23 de septiembre de 1913. Muevo la cabeza para decirle que no al vendedor y sigue su camino.

Escucho fiesta detrás de los techos color vino y de las puertas de madera que abren y cierran sin cesar. Es la cantina de ‘los de abajo’ me menciona un hombre trajeado que pasea a su perro al verme inmerso en la duda entrar o no. Y entonces quedo ahí parado. Me llaman esos gritos de “¡Viva!”, esas guitarras tan alegres y el ruido de los platos, vasos y cubiertos que chocan entre sí: La Opera y su orquesta urbana se me hacen irresistibles, ingreso.

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No cabe un alfiler. Abundan los machitos y las milanesas en las mesas. ¿Qué celebran? ¿Qué planean estos hombres? Me pregunto. Y el silencio se hace cuando notan mi presencia. Todos me ven con ojos de pistola y salir de ahí ya es imposible: estoy acorralado. Un hombre de la mesa del fondo se levanta y grita, con tarro de cerveza en mano: “Identifícate, pinche güerito.” Yo, asustadísimo, no sé qué hacer, las palabras se quedan atoradas en mi garganta. “El centauro del norte piensa que eres un espía de Huerta y te vamos a tener que matar de ser así”, añade. “Habla, pendejo” me zapea un hombre detrás de mí. Balbuceo cosas que nadie comprende, me torno color tomate y las carcajadas retiemblan entre los dientes descuidados y malolientes de la mayoría de los clientes de aquel lugar. Entonces se levanta un hombre regordete con un cinturón de balas cruzadas en el pecho y un sombrero de color café a la ‘Indiana Jones’ y dice: “Ven acá, vamos a ver si eres hombre”

Camino hacía el sabiendo que mi vida corre peligro. “Justino, traite el tequila.” Justino deja la botella y dos caballitos (caballotes, más bien) en la mesa. Acto seguido, el hombre del bigote sirve dos tragos y lo azota ante mi persona. “Chúpale cabrón, de jalón y sin vomitar.” El aroma es violento, pero mis ganas de vivir son más por lo cual tomo el vaso y sin pensarlo me lo bebo. Cuando pasa la laringe, siento ganas de volver . Saco fuerzas de no sé donde. Aguanto y saboreo alrededor de mis labios los residuos del alcohol. Asiento la cabeza como vaquero del oeste.

Todos en silencio esperan la respuesta del hombre enfrente de mí. Él me analiza mientras se soba su imponente bigote. “¡Este cabrón si es de los nuestros!” y dispara una bala al techo que enciende la fiesta. Los abrazos, las canciones, más rondas de tequila, de cerveza. “¡Viva México cabrones!” “¡Viva la revolución!”, grita aquel hombre que llamaban Pancho. Sin embargo, no es el Pancho que movilizó al norte de México. Estoy seguro. A este le gusta el alcohol; aquel disfruta de las malteadas.

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“¿Quieres una mesa?”, me dice una chica abrigada y bajita de estatura. “¿Eh?”, no entendí bien ante el escándalo que hacían las bocinas de los coches. “Que si quieres pasar”, “Ah si”, respondo.

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Ahora La Opera es un lugar familiar. Ya no es de ‘Los de abajo’, ahora es de los de clase media-alta, los precios así lo exigen. Presume en su menú su historia y la presencia de todos los presidentes desde la época de Don Porfirio Díaz; sin embargo, no especifica la historia detrás del balazo del General Francisco Villa que permanece en el techo.

Ahora sirven más cosas. Pero los platillos favoritos siguen siendo los machitos y las milanesas.

Suena Tus pupilas del maestro Lara. Aún ambientan el lugar el mismo salterio, chelo y guitarra. Sus notas y el reloj de péndulo me traen la melancolía de los años, del tiempo, que no perdona y no olvida. De lo que se queda detenido.
Se acerca un rostro arrugado y con canas, de su bolsa saca la comanda y con su otra mano presiona la pluma que registra: “¿Qué va a tomar señor? ¿Un tequilita?” y me guiña el ojo. El nombre en su pecho dice Justino.

BarlaOpera.com

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