Sucedió en Zona Rosa. Caminaba entre bares con música estridente. Las luces de colores me deslumbraban por momentos. Yo seguía caminando por inercia, siguiendo a mi amigo y guía que conocía el lugar mejor que yo, y baila en los tramos en los que la canción del momento inspiraba al contoneo. El alcohol en el torrente sanguíneo avivaba la sensación de euforia, guiada por la fiesta eterna de ese cachito de ciudad.

—¿Un lugar para bailar, jóvenes?

Decían hombres trajeados que mostraban la entrada del antro, como quien invita a descubrir la tierra prometida. Mi amigo los ignoraba, manteniendo la mirada fija al frente; imperturbable caminaba sobre Hamburgo. Yo, dando saltitos, me mantenía a una distancia prudente, como niña tras su padre. Dejamos atrás la enfiestada calle de Amberes y luego la ruidosa Génova. Los pasos de mi guía dieron vuelta sobre Copenhague. Tal vez se había cansado del ruido y la gente, tal vez sólo se había equivocado al doblar la cuadra. De cualquier forma, yo le seguí hasta una especie de callejón encantando.

Nos internamos en Oslo, ese lugar que nada tiene que ver con el resto. Habíamos caminado tan solo unos metros sobre Copenhague y parecía que los restaurantes coreanos habían creado un portal interdimensional que nos transportaba a una callejuela sombría y crepuscular. Y allá, a lo lejos, como invitación de ultratumba, sonaban acordes funestos que sólo podían conducir a una vorágine de oscuridad y terror. Dejé de seguir a mi amigo y me guié, como hipnotizada, por las notas musicales que emanaban de un lugar terriblemente irresistible.

3.-Cuadro-Skary

Gabinete de atrocidades: el Scary

No había cruzado el umbral y ya me sentía bienvenida. El murmullo musical tomaba forma y creaban el soundtrack perfecto para entrar ahí. La iluminación era tenue, pero suficiente para mostrar el rostro de Edgar Allan Poe en una trabe. Cuadros fascinantes de un lado, cuerpos destazados proyectados en la pared contraria, calaveras, velas derretidas, libros de H. P. Lovecraft y al fondo, como guiño sólo para iniciados, unas puertas rotuladas: Ghouls y Boils, justo como decía el descarnado anfitrión de “Cuentos de la cripta”.

Me senté en un banco con la inconfundible marca de la banda de metal Opeth y miré hacia el techo, sólo para encontrar que una gárgola me custodiaba. Había una pequeña tarima que hacía las veces de cabina, desde la cual se articulaban los estímulos auditivos. Entre cortes, una potente voz femenina protagonizaba una cortinilla que nos decía que estábamos en el Scary Witches. Esa misma voz interrumpió mi agasajo sensorial para darme la carta. La leí intrigada. Había cosas realmente extrañas como unos fantasmas (brócoli capeado con sal, limón y salsa), una tal catrina (café con crema, chispas de chocolate y un poco de tequila), cerveza Poe (en honor al macabro escritor), una bebida Bloody (cerveza con chamoy) y hasta algo llamado Cthulhu (boots y cerveza).

—¿Quién le pone Cthulhu a una bebida? —pensé contrariada—, ¿tienen idea de cuántas horas he discutido con mis amigos por la correcta pronunciación del nombre de este ser salido de la cabeza de H. P. Lovecraft? ¿Realmente alguien se animaría a pedirla sabiendo el drama que su pronunciación implica?

Mis pensamientos fueron interrumpidos por el amable guía que, por fin, sonreía.

—¿Qué te parece? —preguntó emocionado, como niño que muestra a otro su juguete favorito.

—Está chido —dije sin prestarle demasiada atención. En ese momento todo mi ser estaba exaltado.

Seguí leyendo la carta. La sorpresa se incrementó cuando vi que además de comida y bebida, había libros, discos y artículos varios de algo que llaman “Tiendita del horror”. Se acercó de nuevo la misteriosa y delgada mujer de edad indescifrable para tomar la orden. Pedí una Poe, ese escritor nunca me ha decepcionado.

5.-Calavera

Trajeron las bebidas cuando sonaba Bauhaus. Yo miraba absorta la película de horror que se reflejaba en la pantalla. Fue una buena noche. Al final, cuando salimos, lo que más me extrañó del macabro hallazgo es que no hubiera darketos, de esos con picos y pintados. La banda ahí no era “esa” que uno esperaría ver en un lugar con ese lúgubre ambiente. Por el contrario, era una mezcla heterogénea de personas, jóvenes estudiantes al lado de señores, personas leyendo solitarias y grupos animados, parejas de treintañeros que charlaban y cantaban, según les apetecía.

El lugar no tenía esa atmósfera recargada, sucia y marginal de otros del estilo. Era la elegancia victoriana del terror. Una mezcla rara de café, bar, restaurante, galería, en la que se escucha darkwave, gótico, metal, punk, elektro, horror, death rock, dark cabaret, etéreo y varios consentidos del rock. En la que, además, se proyectan películas de horror, videos, conciertos y documentales. Donde lo mismo puede poner música un joven cualquiera que quiere compartir su selección con todos los presentes, como escuchar en vivo a la banda de metal sinfónico Apocalyptica.

Mucho después entendí porque le llamaban “Gabinete de atrocidades”, cuando me hablaron del Wunderkammer (cuarto de maravillas) y del Kuntskammer (cuarto de arte), esos gabinetes de curiosidades de los siglos XVI y XVII en los que algunas personas mostraban colecciones de objetos extraños o raros, frutos de las exploraciones y descubrimientos de aquél momento. Lugares que se convirtieron en los “abuelos” de los museos.

Para Clauzzen, la creadora, eso es el Scary, un lugar que aísla el terror, la fantasía, la extravagancia y las banalidades inusuales en cuatro paredes.

2.-Cuadro-Skary

Radio en vivo, el sueño de Clauzzen

Clauzzen Hernández es el genio detrás del Scary. La asociación con el nombre completo del lugar no es coincidencia. Desde hace muchos años, sus amigos le llaman bruja. También, desde hace muchos años, su fascinación por la cultura de horror la ha llevado por senderos misteriosos. El momento clave se remonta a su época colegial, cuando estaba a la mitad de la carrera de Ciencias de la Comunicación, fue entonces que la estación Rock 101 hizo un casting para jóvenes talentos. Ella estuvo entre los diez ganadores. El premio era estar una hora al aire en sábado. Clauzzen escuchó a los que le antecedieron en el turno y notó que siempre les ponían un locutor de la estación y que la participación de los ganadores era mínima. Cuando fue el suyo, ella estaba decidida a hablar y así lo hizo. Aprovechó la oportunidad para conocer a los locutores de la estación y para proponer un programa pero no se lo aceptaron. En su lugar, le ofrecieron cubrir el turno de las dos a las seis de la madrugada y ella aceptó entusiasmada. Así terminó la carrera.

Una vez que concluyó sus estudios, se incorporó a Rock 101 como locutora de tiempo completo y logró que aceptaran su proyecto para programa que entonces se llamó Gaveta 12. Tras la última emisión de Rock 101, en 1996, pasó por Órbita y Óxido, hasta que hizo de Reactor su puerto de llegada con Hexen: El libro negro, reencarnación de “Gaveta 12”, inframundo radiofónico que se abre cada jueves a las once de la noche.

Pero de algo tenía que vivir y no sería como locutora. Así, se dedicó a trabajar en disqueras, incluso llegó a ser directora de marketing internacional. Y tal vez su carrera hubiera seguido en ascenso, pero se aburrió. Decidió dejar la confortable seguridad de un empleo fijo y correr suerte con sus sueños.

A Clauzzen le encanta Alemania, particularmente Berlín. Ahí hay una gran cantidad de “hoyitos”, pequeños bares artesanales con mucha personalidad local. La radio, su gusto por lo oscuro y por los barecitos de Alemania le dieron forma al sueño que llamó Scary.

Claussen y Mike

Claussen y Mike

Fue entonces cuando montó “el primer” Scary en una casona vieja, sin drenaje, pero con niña fantasma, en el Centro de la ciudad. Pero no en el primer cuadro que es tan popular. No. Fue en un modesto domicilio aledaño, ubicado en la calle de Luis Moya esquina con Ernesto Pugibet, entre tiendas de lámparas y artículos para baños.

En el primer Scary conoció a Mike, quien ahora es su mancuerna creativa perfecta. Ellos, junto con la mamá de la joven locutora y buena parte de su familia, montaron el sueño. Fue complicado por el tamaño del inmueble y sus deficiencias de infraestructura, pero ese no fue el problema. Sucedió que los dueños del lugar no les renovaron en contrato y el sueño se interrumpió antes de cumplir dos años.
Clauzzen no se dio por vencida y, apoyada esta vez sólo en su madre y Mike, emprendió la búsqueda de un nuevo lugar. La fortuna la llevó a encontrarlo en la calle de Oslo, número 3, en la Zona Rosa. El sitio estaba en ruinas y tenía cuatro años de abandono. Además, era mucho más chico que el Scary anterior. A pesar de ello, el encanto de la ubicación —que después llamaron “callejón de las brujas”— y la atmósfera del lugar —que antes había sido un café en el que leían la mano tan atinadamente que hasta la fecha llegan algunos despistados a preguntar por el servicio— le hicieron decidirse por él.
Se montó un Scary mucho más íntimo y apegado a la idea original. Algo mucho más artesanal, como la restauración de marcos que Mike y Clauzzen compran en mercados de pulgas; las pinturas en las puertas del baño, a cargo de Mike, quien deleita con una catrina enorme en el de mujeres y un gran rostro de Lovecraft en el de hombres; como la silueta del muerto en el piso, a manera de escena del crimen, que cumple la noble misión de mantener despejada esa área; como los Spooky Matches, cerillos en presentación negra que surgieron de esa repulsión de la locutora por los amarillos… En fin, un lugar en el que cada detalle ha sido pensado y creado especialmente para ello.

4.-Escena-del-crimen

El duo llevó los detalles a cada propuesta y estimulación sensorial del lugar: a la barra de bebidas y comida, a la programación de música y películas, a la dinámica con los clientes.

Para ella, Scary es la versión en vivo de lo que es Hexen, su programa de radio, pero de una forma mucho más interactiva. Por eso la selectiva congruencia en la programación o las cortinillas; pero va más allá al poner en práctica otras actividades que no hace al aire, como los juegos con los asistentes, quienes eligen una banda favorita de dos propuestas para pasar un concierto completo del ganador o cuando cada mesa da una propuesta de cinco canciones. En fin, la actividad llega tan lejos como la imaginación y las posibilidades les permiten.

El sueño de Clauzzen aún no termina, todavía tiene que hacer otras cosas para vivir y no puede dedicarse de tiempo completo al proyecto que en sí mismo es muy demandante; además, el Scary todavía es una aproximación de lo mucho que puede ser. Eso no le quita la sonrisa, ni las ganas. Por el contrario, sigue buscando detalles que enciendan a los demás, como poner alguna rola del grupo que lleva un cliente cualquiera en su playera. Así es como ella convierte las pesadillas de muchos —fantasmas, zombies, vampiros, brujas, monstruos— en una agradable estimulación sensorial a través del terror.

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