Decidí pasar las primeras noches de mi viaje a Japón en Asakusa, no por el ambiente tradicional que recuerda la era Edo (Siglos XVII al XIX) ni por el templo Sensoji, el más antiguo e importante de Tokyo, sino por algo mucho más mundano: fue en donde encontré el hospedaje más barato y mejor ubicado.

Impulsada por el deseo aventurero y las ganas de ahorrar unos yenes, tomé la ruta más económica desde el Aeropuerto Internacional de Narita hasta la estación de Asakusa, lo cual incluyó un trayecto con múltiples paradas y mi mirada divertida ante la presencia de unos turistas perdidos entre los que no estaba yo. Por desgracia, no conté con los más de 20 kilos que traía divididos en tres maletas ni con mi falta de pericia para cargarlos, así que en el último transbordo prácticamente arrastraba por el piso todo lo que llevaba encima, a riesgo de romper la lona de la mochila.

El trayecto de la estación al hotel se convirtió en un auténtico calvario. Caminaba unos metros y después paraba para descansar algunos minutos, tratando de sacar fuerzas del aire cálido y húmedo que me tenía sudando a chorros. Le pregunté a un empleado de hotel si estaba en el camino correcto. Me confirmó la ruta y seguí caminando. En la esquina de Asakusa 3 doblé a la derecha saboreando una victoria adelantada. Los metros pasaban, el calor me atormentaba y el hotel no aparecía. Me senté en un escalón y vi salir a un joven a quien le pregunté por el hotel. Él no lo conocía pero rápidamente sacó su teléfono celular y lo buscó. Me pidió que lo siguiera y me llevó a él. Sólo faltaban pocos metros.

En la recepción me atendió un joven que lució entusiasmado al encontrarse frente a una mexicana, rápidamente dijo las pocas palabras que sabía en español: hola y gracias. Sonreí por la bienvenida. Por desgracia, la reservación empezaba a partir de las cuatro y recién eran las dos. Dejé mi equipaje, pregunté por la tienda más cercana y salí dispuesta a comprar algo para comer y una toalla que me limpiara el abundante sudor (había visto que varios locales traían una colgada al cuello y lucía muy practica).

Asakusa-12-Deidad

No tuve que caminar demasiado. A pocos metros había un Lawson pero antes pasé frente a un pequeño altar que estaba en una esquina. Me llamó la atención por el color rojo de las cintas que suelen llevar los lugares de adoración. Al centro había un rectángulo con techo tipo oriental y adentro una figura de piedra cubierto por un paño rojo (fue el primero que vi de muchísimos en este tiempo). A sus costados tenía arreglos florales y arriba un par de banderas rojas con esvásticas blancas, que son símbolo del budismo, y la infaltable cuerda para tocar la campana y así invocar a los moradores divinos del lugar. Enfrente tenía una lámparita de piedra y en el lado izquierdo había otro pequeño altar con una figura de piedra más pequeña y de porte infantil, que para el caso portaba un gorro rojo y cubre cuello a juego. Me detuve un poco a mirarlo. Pensé en mi madre y en lo mucho que había estado pidiendo por mí en las últimas semanas. Tal vez no era la misma deidad, pero seguro podían pasarse el mensaje. Di las gracias a lo que sea que se le dieran las gracias. Seguí el camino hasta la tienda de conveniencia. Compré una bebida desconocida, un oniguiri (triángulo de arroz con relleno, cubierto de alga) y una toalla negra que usé de inmediato.

Salí de la tienda y busqué un lugar para sentarme y comer. Caminé sin pensarlo, siguiendo el flujo de la gente que me llevó a lo que supuse era un parque. Vi una especie de banco y me senté. Comí con ganas. Al terminar me levanté y seguí caminando, tras unos metros casi me voy de espaldas. Estaba nada más y nada menos que justo al lado del templo Sensoji. Más que el tamaño, me impacto la belleza; digo, es más grande la catedral de la Ciudad de México… pero no se trataba de eso, se trataba de la tradicional arquitectura que, desde donde lo mirara, me daba una imagen de postal, justo como las muchas fotos que ya había visto de él.

El color es ese que no termina de ser rojo ni empieza a ser café o naranja. Mi madre le llama “shedrón”, para mí está muy cerca del pantone 186. El típico techo de pagoda tiene filos dorados al centro, donde se une el techo a dos aguas, y en las orillas. Grandes puertas de madera con adornos dorados reciben a los visitantes de par en par. Para llegar a él, hay que subir una veintena de escaleras. El frontón está pintado con figuras simétricas con volumen en tonos beige y verde, además del mentado shedrón.

Asakusa-9-Templo

Después de tomar algunas fotos de ese lado, subí y entré al templo. La cantidad de personas era abrumadora. Turistas y locales, muchos de ellos en yukatas, compraban los artículos que vendían a tan sólo unos pasos para lograr los favores de los dioses. Entre sonidos de monedas que caían en una gran alcancía y flashes de cámaras que retrataban a jóvenes sonrientes, el lugar me pareció todo, menos un templo. Incluso creo que era algo mucho más cercano a un mercado o a un centro comercial, uno muy lindo, eso sí.

Miré un poco las pinturas del techo y salí exactamente del otro lado. Estaba en el templo más importante de la ciudad y sentía muchas cosas, menos paz. Tomé fotos desde esa perspectiva. Bajé las escalinatas y me fui hasta el rincón en el que había menos gente. El panorama cambió. Me detuve en un riachuelo artificial lleno de coloridas carpas que danzaban junto a un puente de piedra. Miré otros templos mucho más pequeños que aquél, con sus incensarios parecidos a un pozo de los deseos al frente. Caminé entre pequeñas figuras de piedra con ropajes rojos.

Asakusa-Carpas

Tras descansar, saqué a mi coneja exploradora para tomar las fotos del recuerdo. La coneja es un recurso a modo de pretexto para tener fotos de mí, sin salir a cuadro. Con cuidado, colocaba a la coneja en el borde de un altar y sacaba la foto. Un anciano vestido de azul estaba haciendo un recorrido similar. Los dos, alejados del bullicio turístico, nos presentábamos ante las entidades, hacíamos una reverencia y mostrábamos nuestras figuras acompañantes. El suyo era un Buda diminuto.

Al cruzarnos, el anciano me sonrió e hizo una ligera inclinación. Yo le correspondí con el mismo gesto. Finalmente, con la pagoda de cinco pisos a un costado, me animé a pedirle una foto a señas, a falta de mejor recurso. Él aceptó complacido. Tomó a la coneja con una mano, a su Buda con la otra y posó alegre para la cámara. Cuando me regresó a la coneja, agradecí y le hice una reverencia. Pensé que ahí terminaría el episodio pero no. El anciano me entregó su Buda, me colocó con la pagoda de fondo y me pidió mi celular para sacar una foto. Yo me sentí abrumada y apenadísima, intenté negarme. Le dije: no, you, you. Y él sólo respondía: yu, yu. Y me pedía el teléfono para sacar la foto. No me quedó más remedio que posar a pesar del rubor que inundaba mi rostro. Esas fotos son mis favoritas hasta el momento y llevó más de mil…

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Me despedí con reverencias y “arigatos”, él me correspondió con una sonrisa y siguió su camino. Entonces vi a un par de jóvenes vestidos con yukatas sentados en un lugar cercano. Me acerqué a ellos y les pedí una foto con la coneja. Ellos aceptaron gustosos.

Después de la sesión fotográfica, vi que todavía me faltaba mucho por recorrer, pero ya pasaban de las cuatro y me urgía instalarme en el hotel. Caminé por donde supuse podría llegar al edificio en cuestión. Pasé por un corredor comercial que me gustó mucho por su colorido y variedad de artículos. Poco después, llegué al hotel. Era momento de descansar.

El resto del templo y del rumbo

Esa noche regresé a la zona del templo, tratando de buscar un buen lugar para apreciar los fuegos artificiales del hanabi. Esta vez entré por la puerta grande y no hablo en sentido figurado: se trata de la puerta de Kaminarimon, una estructura con una enorme linterna roja que cuelga de ella. En los costados hay figuras que la guardan. Eran parecidas a las que vi en cierto anime (con su versión en película) y temí que cobraran vida en ese momento.

Después de la puerta caminé por un corredor que me condujo de nuevo al templo principal. Hice una parada técnica para cenar, tras lo cual reanudé el recorrido. Volví a pasar la pagoda de los cinco pisos y, según yo, di un rodeo para evitar el corredor de la tarde. Aunque me había gustado mucho, quería conocer otros caminos. Así lo hice, aunque la variación no fue demasiada. Regresé al hotel pasadas las nueve de la noche.

Mi cuerpo todavía no se ajustaba al horario nipón así que me desperté en la madrugada. Tomé un bañó con vapor incluido y salí del hotel a las ocho de la mañana. Mi primer encuentro culinario con el lugar, el día anterior, no había sido muy positivo: se trató de unas alitas “hot”, que de hot no tenían nada, vaya, ni calientes estaban; así que tenía la esperanza de cambiar la situación para el desayuno.

Asakusa-rio-14

Caminé de nuevo sobre la calle de Asakusa. Esta vez estaba vacía y lo disfruté. Me detuve a contemplar algunos detalles. Llegué al río Sumida y me paré a admirarlo. Vi que se podía estar más cerca bajando por unas escaleras, pero no encontraba la entrada . Seguí caminando y cruce la calle. Era la entrada a un parque y, también, el cruce peatonal para las escaleras. Fui a la orilla del río Sumida. Me tomé un tiempo para estar ahí y reanudé mi caminata.

Como todo estaba cerrado me tracé una nueva meta, llegar hasta la Tokyo Skytree, la torre de radiodifusión con restaurante y mirador incluidos. Caminé derecho, siguiendo la estructura enorme. Opté por una versión tranquila y sin vehículos. Llegué hasta la meta sin ver ni siquiera un pequeño café en el que pudiera saciar mi hambre. Miré el mapa turístico del lugar para ver qué otras atracciones habían por el rumbo: un par de templos, un parque y ríos secundarios. Me dirigí hacia Asakusa Dori, la calle que conectaba todos los puntos que quería visitar.

Asakusa-panecillos

Justo cuando me resigné a pasar hambre, los establecimientos de la zona empezaron a abrir. Ya eran más de las nueve. Me detuve en una tienda de galletas y bizcochos. Sus productos eran muy llamativos. No sabía si eran deliciosos, pero al menos eran bastante bonitos. Los bizcochos estaban organizados con esmero en sus paquetes de celofán. Muchos de ellos tenían figuras pintadas, por ejemplo, simpáticos kappas de caricatura (los kappas son criaturas mitológicas del folclore japonés, una especie de mezcla entre tortuga y niño), también tenían con figuras de la torre y con coloridas estampas. El dueño notó mi interés y me animó a pasar. Así empezó una extraña conversación de cerca de media hora. Cuando supo que era de México me cantó el coro de “Bésame mucho”. Me explicó que a sus padres les gustaban los boleros y los escuchaba desde pequeño, aunque esas canciones es lo único que sabe de español. También me contó que ese negocio había sido de su padre y de su abuelo, que se remontaba hasta el siglo XIX y que lo habían tenido que remodelar tras el terremoto y tsunami de 2011, en el cual varios de sus vecinos perdieron la vida. Me despedí sin ganas de dejar a Nobuyoshi-san. Le regalé unos cacahuates japoneses y le expliqué qué eran. A él le pareció muy gracioso y me regaló unos auténticos cacahuates japoneses, que son algo así como el primo exótico de los nuestros. Tienen distintas coberturas y tamaños. Les adicionan otros complementos. Cuando los comes, no sabes a qué sabrá el siguiente porque cada uno tiene su sabor.

Seguí mi camino y en la siguiente cuadra descubrí una panadería que llamó poderosamente mi atención Hasta ese momento, no había visto tal variedad de pastelillos y aperitivos salados, todos ordenados prolijamente y con una presentación intachable. Pero lo que me hizo decidir fue aquél que también tenemos en México, una especie de cono de pan con distintos rellenos. La razón es más bien boba, pero significativa para mí: uno de mis animes favoritos, Lucky ☆ Star, empieza con una larga disertación entre un grupo de amigas sobre cómo se come ese pan. Siempre me había preguntado si sabía igual que el de mi país. Ahora lo tenía ahí enfrente. Tenía que probarlo. Entré y compré mi preciado desayuno. Lo comí en las bancas dispuestas afuera del local para dicho propósito. El barquillo en cuestión estaba relleno de chocolate, el pan no eran tan dulce como en mi tierra, pero el sabor se complementaba muy bien con el dulce en su interior el cual, a diferencia del de allá, era bastante, tanto que casi me sobró al final, cuando ya estaba por terminarme el pan.

Con la energía renovada, seguí con los puntos de mi ruta. Los ríos estuvieron bien, sin palmas. Si acaso destacaban los vitrales que adornaban los barandales. Llegué al primer templo del recorrido. Sin el mapa, jamás hubiera pensado que eso era un templo, parecía más bien una casa con pendones. Después llegué al otro templo. Ese sí que tenía facha de serlo. Muchísimo más pequeño y modesto que el que había visitado la tarde anterior, pero mucho más agradable y familiar.

Asakusa-Parque-acuático-2

Seguí la senda. Llegué a un parque con un pequeñísimo estanque. Vi cómo los niños jugaban ahí y los jóvenes se tomaban fotos. Al lado, había una especie de instalación artística en la cual se veía la Tokyo Skytree. Aproveché para sacarme una foto, como todos los demás que pasaban por el lugar.

Continué y encontré lo que llamaban “parque acuático”.“¿Cómo podía haber un parque acuático tan pequeño en medio de la ciudad?”, me pregunté. La duda fue aclarada puntualmente. El parque no tiene nada que ver con lo que yo tenía en la cabeza, se trata de arroyuelos en los que van las familias a pasar el rato y refrescarse. A diferencia de la tarde anterior, en este lugar la única fuereña era yo.

Decidí regresar a la zona del templo Sensoji, pero esta vez entraría por donde se supone que empieza el tour, es decir, por la estación Asakusa de la compañía JR, desde la cual se ve la gran cerveza, cuyo nombre es Asahi Beer Hall.

Camine admirando la grácil figura de los jóvenes-taxi, unos muchachos que ofrecen sus servicios transportando a las personas en pequeñas carrozas que son jaladas por su bastante firme anatomía.

Asakusa-Buda

Entré, ahora sí, por el principio, sorteando la marejada de turistas que hacían intransitables ciertos tramos. Después de la puerta de Kaminarimon hay una zona comercial en la que los turistas se vuelcan felices para comprar cuanto recuerdito se imagine. Pasé de largo las multitudes, no me detuve demasiado en los templos, me molesta tanta gente junta y, a decir verdad, yo lo que quería era ver esos rastros de Edo que dicen que tiene Asakusa.

Debo decir que fue la ignorancia la que me impidió apreciar el lugar en todo su valor. Como era la única parte de Tokyo que conocía, pensé que todo era más o menos lo mismo. Ahora que tengo puntos de comparación puedo decir sin lugar a dudas que Asakusa es, efectivamente, una antigüedad viviente.

Eso lo sé ahora, tras recorrer sus callejuelas, esas en las que no hay un montón de gente comprando cosas. Incluso tuve un simpático encuentro en el lugar. Vi la fachada y el menú, todo estaba escrito en japonés y por la modesta fachada se adivinaba que sería una grata experiencia local. No me equivoqué. Al cruzar el umbral, me recibió un amable matrimonio de japoneses que no hablaban ni jota de inglés. La comunicación fue complicada pero no imposible. Al final, me regalaron el yakitori que pedí (una especie de brocheta, las hacen de muchas cosas, incluso piel de pollo o hígado de res, pero en ese caso era un lugar especializado en cerdo, así que como lo único que vendían era eso, la broqueta también. Debo decir que para mí es el más delicioso que he probado en mi vida, no sé si es porque fue el primero que comí en Japón o porque fue gratis o porque, en efecto, estaba buenísimo) y té de la casa. Yo les regalé dos litografías de México. Nos despedimos gustosos. Eso reafirmó mi idea de que lo mejor de Japón es su gente.

Según yo, me faltaba visitar la zona artesanal. No fue poca mi sorpresa al percatarme de que se trataba del mismo pasillo por el que ya había pasado al menos unas cinco veces. Me dio risa mi nivel de ignorancia o distracción. Seguí recorriendo la zona. Quería exprimir lo que me faltara de Asakusa.

Asakusa-graffo

Tras el incidente de la zona artesanal, decidí prestar más atención y así fue como noté que el centro comercial del barrio se llama “Don Quijote” (después me enteraría que hay varios en otros lados de la ciudad). Morí de risa, y más risa me dio cuandovi entre sus cuatro pisos una repisa dedicada a la salsa tabasco y otra al tequila, además de una tímida columna de la que cuelgan sombreros tipo tejana.

Asakusa es lindo, pero es más lindo de noche, cuando el rumor de la multitud se aplaca un poco y permite respirar. Vi aquél pasaje, siempre atestado, ahora completamente solo y me encantó. Seguí caminando entre callejuelas oscuras hasta que me cansé. Entonces regresé al hotel.

A la mañana siguiente debía alistarme para mudarme a la residencia estudiantil. Quería desayunar en el primer lugar, a manera de despedida. Me equivoqué y entré una calle antes. Entonces llegué a una zona que no había visto, que incluía la estatua de algo así como un samurái y una tienda en la que venden katanas que uno se muere de lo chulas y lo caras. Sonreí. Asakusa es toda una caja de monerías, una máquina del tiempo que no tiene final.

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