Elegante, colorida e imponente es la calle principal de la Blanca Mérida; el Paseo Montejo es sinónimo de detener el reloj para retroceder unos años en el tiempo. Suena algo poético pero nos hace pensar en eso. Aunque hoy en día es un lugar moderno —cuenta con bancos, plazas, centros de convenciones y demás—, encontrar vestigios de la cultura maya en plena calle al recorrerla le da un toque mágico.

El pasado fin de semana volé a Mérida —lo confieso nunca la había visitado— y lo que era un viaje de trabajo se convirtió en un grato descubrimiento de nuestra cultura. Al bajar del avión y poner un pie en este lugar, la brisa combinada con un clima templado me cautivó Al abordar el transporte que me llevó al hotel noté que la vida del yucateco es tranquila, puesto que al llegar la noche (en este lugar se oscurece entre 5:30 y 6:00 pm) la actividad baja considerablemente.

De noche en Mérida

Mientras avanzábamos veía a nuestro paso algunas construcciones, unas eran haciendas con enormes patios y otras más edificios perfectamente construidos, con un estilo totalmente europeo. La noche ya había caído y el calor casi no se sentía. Fue así como al llegar a la zona hotelera decidí caminar y conocer. No hay mejor viaje que el que uno hace a pie.

Paseo Montejo es la avenida principal y es llamada así en honor a Francisco Montejo, fundador de la ciudad de Mérida en el año de 1542. Esta avenida tiene una mezcla entre centros comerciales y tiendas de autoservicio, bancos y antros que comparten la acera con construcciones que datan del Siglo XIX. Aquí las casas son de techos bajos, con pórticos, un espacio para poner la mesedora y así ver pasar a la gente, a la vida. Muchas de estas casas hoy ya están descuidadas.

—¿De quien es está casa? Se nota que ya es vieja.

—Uyyy, sí, si que lo es. No se exactamente de que año, pero toda la gente que tenía mucho dinero vivía en el Paseo Montejo, —dijo un joven que caminaba tranquilamente por la calle.

Paseo Montejo 3

Seguí y el clima ayudaba, la fresca noche permitió que viera con precisión los monumentos que estaban iluminados con esas luces led de colores, algunos en morado, unos más en azules y otros simplemente con luz blanca. Para los turistas un paseo obligado es el que se da en las calandrias —una especie de carruaje jalado por caballos—. Así que decidí tomarlo: 30 minutos ni uno más, ni uno menos.

“Señorita… la llevaré a conocer lo mejor del paseo Montejo. No se va a arrepentir”.

Y este hombre, al cual le llamaremos Juan (porque a él le gusta que lo llamen así), con más de 60 años, no mintió. Mientras avanzaba el caballo, con un trote lento que hacía que el aire circulara y moviera mi cabello, me contaba historias. Una de ellas al llegar al elegante y exquisito Palacio Cantón, una construcción renacentista de estilo italiano la cual, en verdad, deja a cualquiera con la boca abierta.

Paseo Montejo 2

Este edificio fue construido en la época porfiriana y se nota. El general Francisco Cantón Rosado fue gobernador de la entidad y amante de la cultura europea, por lo que las columnas y bordes son vistosos, los detalles en oro combinado con mármol en distintos tonos hacen que sea soberbio. Hoy en día el Palacio Cantón es sede del museo de antropología de Yucatán.

Seguimos nuestra ruta, siempre escuchando de fondo el clop, clop que hacen las patas de los caballos al caminar. Y llegamos al Monumento a la Patria, una enorme pieza artística tallada totalmente en piedra.

“Está es una verdadera joya señorita: le presento el Monumento a la Patria”.

Construido en la década de los 50, este sitio es la representación de la historia de nuestro país, desde la fundación de Tenochtitlán hasta la primera mitad del siglo XX, conjugado con detalles yucatecos (las formas y figuras en verdad están hechas con exactitud). Es un lugar obligado para bajar o cruzar —porque el monumento forma una glorieta—. Por supuesto los turistas se toman la famosa selfie.

Foto: Alexis Sánchez Flickr

Foto: Alexis Sánchez Flickr

—¿Qué tal el monumento? —Le pregunto a una parejita de no más de 20 años.

—Está padrísimo, nunca había visto algo que nos explique tan bien la historia. Además, ¿ya viste la cara del guerrero?, hasta parece de verdad —dice la chavita que no soltó jamás a su novio.

Y es que otra característica del Paseo Montejo son las “sillas de los enamorados”, unas bancas en las que un asiento está frente a otro. Dicen que en los años 50 los chavos se sentaban ahí para platicar con sus hermosas damiselas; así las veían y nada los distraía. Por supuesto, el color de las sillas es blanco igual que el de la tierra en esa zona. Hay que destacar un detalle: pese a que en muchas partes del país los rayones, mal llamados grafittis, forman parte de la decoración de las bancas, aquí no es así; se siguen manteniendo intactas.

Foto: Sr. Jesus Flickr

Foto: Sr. Jesus Flickr

De pronto algo rompe con la vista de la zona. Parecen unas ruinas. Entonces le pregunto a Juan:

—Señor, ¿y esto qué es?

—Ah, eso lo encontrará por toda la ciudad. Son bases de chozas o tal vez pirámide. Se conservan y no se construye nada sobre ellas.

Son apenas pequeños montículos de piedras blancas que el tiempo ha consumido.

Sigo escuchando el clop, clop del caballo cuando me percato que mi tiempo en la calandria casi se termina. Juan decide acercarme a la zona hotelera. Mientras me despido me cuenta que es bueno saber sobre los monumentos de la ciudad porque, además de las zonas arqueológicas —mundialmente conocidas—, Mérida está fundida entre la historia de ocupación española y la magia del mundo maya. Y eso ningún sitio del país tiene.

“Señorita, muchas gracias por dejar que le contara sobre mi Mérida”.

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